Capítulo 21
Nash
Bajé de mi hidroavión con una sonrisa en la cara, aunque aquella vez no se debía únicamente a la buena sensación que siempre me dejaba volar.
Desde dentro ya había visto a Kate acercándose por el embarcadero con pasos ligeros, y saber que venía a mi encuentro había conseguido que aquella sonrisa apareciera incluso antes de tocar tierra.
Habían pasado dos meses desde que nos conocimos de aquella manera tan poco convencional y, para qué engañarnos, empezando con bastante mal pie.
Sin embargo, aquello había quedado prácticamente en el olvido, aunque alguna vez había salido el tema durante una de nuestras muchas conversaciones y habíamos terminado riéndonos al recordarlo.
En esos dos meses habían ocurrido tantas cosas en mi vida que podría decir que habían sido más intensos que algunos años enteros.
Había terminado definitivamente con Sadie y estaba bien con aquella decisión.
Lo que llevaba bastante peor era el acoso al que me había sometido desde entonces.
Había llegado incluso a bloquear su número porque no se trataba únicamente de la cantidad de mensajes y llamadas que recibía.
Cuando vio que dejaba de contestarle, empezó a insistir todavía más y a cualquier hora, incluso de madrugada, como si el hecho de no obtener respuesta fuera una invitación a intentarlo con más fuerza.
Le daba exactamente igual el día o la hora.
Seguía empeñada en que volviéramos y se presentaba sin avisar en mi casa, en la empresa, en la de mis padres, en la de Winter o incluso en la de Owen y Aria.
Nos tenía a todos completamente hartos y lo peor para ella era que toda aquella insistencia solo conseguía provocar en mí el efecto contrario.
Tenía clarísimo que no iba a volver con Sadie, pero el cariño que todavía conservaba por ella después de tantos años compartidos había ido desapareciendo poco a poco debido a su actitud.
No había llegado a convertirse en odio, porque no podía sentir algo así por una persona que había formado parte de mi vida durante tanto tiempo, pero sí en un desagrado que aumentaba con cada nueva aparición o mensaje.
Unos días antes habíamos tenido una discusión bastante fuerte en casa de Winter y, al final, tanto mi hermana como yo nos vimos obligados a dejarle las cosas muy claras.
No fue exactamente una amenaza, pero sí una advertencia: o dejaba de comportarse de aquella manera y respetaba de una vez mi decisión o tendría que tomar otras medidas.
Al parecer, escuchar las palabras «denuncia por acoso» consiguió hacer más efecto que todo lo que había intentado decirle durante semanas, porque llevaba casi siete días sin molestarme.
Owen y los demás insistían en que no me confiara demasiado, ya que podía tratarse simplemente de una tregua antes de volver con más fuerza, pero de momento prefería disfrutar del silencio.
Aparte de todo lo relacionado con Sadie, el resto de mi vida iba bastante bien.
La empresa funcionaba de maravilla desde que habíamos reorganizado los puestos. Winter, Aria y Sally llevaban prácticamente todo a la perfección y yo podía dedicarme a aquello que siempre había querido hacer: volar.
Seguía haciendo viajes con pasajeros, aunque cada vez eran menos, porque cierta fotógrafa de pelo azul se había convertido en mi prioridad y todos los vuelos que podía reservarle me los quedaba yo.
Durante aquellos dos meses había empezado a sentir por Kate algo que jamás pensé que volvería a sentir por nadie desde que Mary desapareció de mi vida y ya no me daba vergüenza ni miedo reconocerlo, al menos para mí mismo.
Me había enamorado de ella sin buscarlo, sin que ninguno de los dos lo forzara y sin que yo pudiera señalar el momento exacto en el que empezó, pero era así y, sorprendentemente, estaba bien con ello.
Todavía no había dado ningún paso definitivo, aunque sí había tomado una decisión: no quería seguir conteniéndome ni esperando eternamente.
No pensaba plantarme delante de ella y declararle amor eterno a los cuatro vientos, pero sí necesitaba saber si aquello que estaba creciendo entre nosotros podía convertirse en algo más.
Kate tampoco había dicho nada directamente, aunque no hacía falta ser demasiado listo para notar cómo me miraba. Sus ojos no sabían mentir y yo estaba convencido de que sentía algo por mí. Lo que todavía necesitaba descubrir era exactamente qué.
También sabía que, cuando terminara su trabajo, tendría que marcharse, y aquella idea empezaba a desquiciarme.
Pensar que podía desaparecer de mi vida y que quizá no volviera a verla me producía una sensación que no me gustaba nada.
Aun así, quería creer que, si lo que sentíamos era suficientemente fuerte, encontraríamos alguna manera de hacerlo funcionar.
La sonrisa volvió a salirme sola cuando Kate se detuvo delante de mí.
Bromeamos unos minutos antes de marcharnos hacia el lugar que había pensado enseñarle aquella mañana.
El pequeño pueblo al que la llevé le encantó, exactamente como esperaba porque, después de dos meses, empezaba a conocerla bastante bien. Hizo cientos de fotografías, habló y rio con los habitantes y yo disfruté casi tanto observándola como ella descubriendo aquel lugar.
Cuando regresamos y detuve el hidroavión en el embarcadero, ninguno de los dos tuvo demasiada prisa por bajar. A veces hacíamos aquello al terminar nuestros vuelos: nos quedábamos unos minutos sentados en silencio, asimilando lo que habíamos visto y disfrutando simplemente de la compañía del otro.
Sin embargo, aquella vez noté enseguida que algo era diferente porque Kate cambió ligeramente de expresión y se puso seria antes de decirme que necesitaba hablar conmigo.
Sentí un nudo en la garganta porque lo primero que pensé fue que iba a anunciarme que su trabajo había terminado y que se marchaba, aunque conseguí respirar con algo más de tranquilidad cuando me aseguró que no era eso.
Quedamos en vernos aquella noche en su casa para cenar y hablar con calma y, después de acordarlo, el ambiente entre nosotros cambió de nuevo.
Nuestras miradas volvieron a quedarse enganchadas como tantas veces había ocurrido durante aquellas últimas semanas y, en esa ocasión, no pude resistirme más.
No pensé ni dudé. Simplemente hice lo que llevaba demasiado tiempo deseando hacer, la agarré, tiré suavemente de ella hacia mí y busqué sus labios.
Durante una fracción de segundo pensé que podía apartarse, empujarme o quedarse inmóvil sin responder, pero ocurrió justo lo contrario. Kate me besó con las mismas ganas que yo a ella.
El beso no fue tranquilo, aunque tampoco desesperado. Fue intenso, pasional y lleno de todas aquellas ganas que ambos llevábamos semanas conteniendo.
La sujeté por la cintura para acercarla todavía más y ella deslizó las manos hasta mi cuello. Todo iba exactamente como llevaba demasiado tiempo imaginándolo hasta que sus dedos llegaron a mi nuca y algo dentro de mí se detuvo al notar cómo tamborileaba suavemente con ellos sobre mi piel.
Era un gesto sencillo, probablemente inconsciente, algo que cualquiera podría haber pasado por alto, pero a mí me golpeó de una manera completamente distinta porque solo una persona había hecho aquello conmigo: Mary.
Desde nuestro primer beso, siempre que me rodeaba el cuello con las manos movía los dedos de aquella forma contra mi nuca.
Era una manía suya, un gesto pequeño que yo había llegado a reconocer incluso sin verla y que, en ese preciso instante, consiguió que todo aquello que llevaba semanas apareciendo en mi cabeza sin que quisiera prestarle verdadera atención empezara a encajar.
Las palabras de Kate que me habían recordado a Mary, determinadas miradas, su manera de sentir los vuelos, el «siempre» que había pronunciado aquel primer día, ciertos gestos que me resultaban extrañamente familiares y esa sensación constante de estar con alguien a quien, de alguna manera, ya conocía.
No era que Kate se pareciera a Mary ni que ambas compartieran determinadas costumbres. Eran la misma persona.
La certeza me cayó encima como un mazazo porque, aunque había cambiado muchísimo físicamente durante aquellos quince años, su pelo azul, los tatuajes, su cuerpo adulto y todo lo vivido habían transformado a aquella adolescente que yo conservaba congelada en la memoria.
Debajo de todo eso seguía estando ella y su esencia era exactamente la misma.
Entonces llegó el siguiente golpe, todavía más fuerte. Su nombre completo apareció de repente en mi cabeza con una claridad brutal: Mary Kate Miller.
Joder, ¿cómo coño no me había dado cuenta antes? ¿Cómo podía haber pasado dos meses delante de ella, hablando, riendo, volando juntos y sintiendo que cada vez había más cosas que me resultaban familiares sin llegar a unirlas?
Me aparté bruscamente y Kate abrió los ojos desconcertada.
—¿Nash?
Intentó acercar una mano hacia mí, pero retrocedí antes de que pudiera tocarme.
—No… No me toques.
Mi tono salió cargado de un desprecio que ni siquiera sabía exactamente hacia quién iba dirigido en aquel momento, si hacia ella, hacia mí mismo o hacia toda aquella situación.
—¿Qué…? —susurró.
Levanté la mirada y busqué la suya porque necesitaba encontrar algo que me dijera que estaba equivocado.
Necesitaba que todo fuera una coincidencia absurda.
Que aquel nombre no significara nada, que los gestos que me habían recordado a Mary fueran producto de mi imaginación y que el amor que había sentido por una y empezaba a sentir por la otra hubiera terminado mezclándolo todo en mi cabeza.
Pero cuando nuestras miradas se cruzaron supe que no estaba equivocado.
Kate vio algo en mis ojos, quizá la duda, quizá el instante exacto en el que había comprendido quién era, y su expresión cambió por completo. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras contemplaba el rechazo, el enfado y la frustración que seguramente se reflejaban en los míos.
Se encogió ligeramente en el asiento mientras yo negaba con la cabeza, todavía intentando asumirlo.
—No… No puede ser.
Ella se inclinó hacia delante, agarró con fuerza la mochila que tenía a sus pies y abrió la puerta con más brusquedad de la necesaria. Sacó primero un pie y después el otro, pero antes de bajar del todo giró la cabeza hacia mí.
No consiguió mirarme directamente a los ojos. Apenas sostuvo la vista sobre mi cara durante un segundo antes de decir las únicas palabras que consiguió pronunciar.
—Lo siento.
Después salió corriendo por el embarcadero y yo no bajé tras ella ni intenté detenerla para exigirle explicaciones. Me quedé sentado donde estaba, todavía demasiado enfadado, dolido y sorprendido para reaccionar.
Acababa de descubrir una verdad que para mí lo cambiaba todo y, al mismo tiempo, de comprender que ella llevaba dos meses ocultándomela.
Las preguntas empezaron a acumularse en mi cabeza una detrás de otra mientras permanecía allí inmóvil.
Quería saber por qué no me había dicho quién era, desde cuándo sabía ella perfectamente quién era yo y cuántas de nuestras conversaciones habían tenido un significado distinto para ella mientras yo seguía completamente a oscuras.
Cuanto más tiempo pasaba sentado dentro de aquel hidroavión, más preguntas aparecían y menos respuestas tenía.