¿Quieres seguir volando conmigo? Capítulo 19
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Capítulo 19

Nash

Habíamos dejado el embarcadero hacía apenas unos minutos y, desde entonces, dentro del hidroavión se había instalado un silencio completo. Kate mantenía la mirada fija en el cielo mientras yo estaba pendiente de los mandos, aunque eso no me impedía observarla de reojo de vez en cuando.

Tenía curiosidad por saber qué estaba sintiendo a medida que nos elevábamos hacia las nubes.

Muchas personas se tensaban durante el ascenso; otras contenían la respiración cuando tomaban conciencia de la altura a la que estaban y algunas, como Owen, sencillamente no soportaban aquella sensación.

También estaban quienes observaban todo con curiosidad, pero mantenían el cuerpo rígido y alerta por encontrarse en un lugar que no era el habitual y sin tener los pies sobre tierra firme.

Kate no encajaba en ninguno de esos grupos.

Miraba a su alrededor con curiosidad, sí, pero su cuerpo estaba completamente relajado, como si encontrarse entre las nubes fuera algo natural para ella y le produjera la misma sensación de libertad y paz que a mí.

Aquello me sorprendió y consiguió que sonriera de medio lado.

Ascendí un poco más y volví a mirarla. Si su actitud durante el despegue ya me había llamado la atención, la expresión que descubrí entonces terminó de descolocarme.

Estaba sonriendo, pero no era la sonrisa de alguien que contempla algo desconocido por primera vez ni únicamente la de una persona que disfruta estando entre las nubes. Había algo más profundo en ella. Kate no se limitaba a vivir aquel momento, lo estaba sintiendo de verdad.

Y eso no era algo que viera a menudo.

Había pasajeros que disfrutaban del vuelo e incluso algunos que se emocionaban, pero sentirlo de aquella manera, como si no solo estuvieras atravesando el cielo, sino formando parte de él, era algo que solo había visto en dos personas.

Una era yo.

La otra había sido Mary.

Un recuerdo apareció de inmediato en mi cabeza: Mary sonriendo exactamente de la misma manera mientras miraba por la ventanilla de un hidroavión.

Sacudí ligeramente la cabeza para apartarlo. No porque me molestara recordarla, sino porque no entendía por qué, desde que había conocido a Kate, determinados gestos o palabras suyas conseguían hacer aparecer recuerdos de Mary sin previo aviso.

Era extraño y todavía no encontraba ninguna explicación.

Seguimos volando unos minutos más en silencio hasta que sentí la necesidad de romperlo.

—¿Todo bien?

—Todo perfecto.

—¿No tienes miedo? ¿Te mareas?

Soltó una carcajada como si acabara de preguntarle la mayor tontería del mundo.

—Marearme, jamás. Y miedo por estar aquí arriba, ni de coña. Aunque, si lo dices porque eres tú el que pilota, ¿debería tenerlo?

Esta vez fui yo quien se echó a reír.

—Es tu primer vuelo conmigo. Un poquito de miedo podrías tener.

—Solo hay que verte ahí sentado para saber que naciste para pilotar, así que no, no tengo miedo.

—Vaya, gracias por la confianza.

—No hagas que me arrepienta.

—No prometo nada.

Negó con la cabeza mientras reía y abrió la mochila que llevaba a sus pies. De ella sacó una cámara que, por el aspecto que tenía y por las que había visto utilizar a otros fotógrafos durante años, debía de costar un auténtico dineral.

La sujetó entre las manos y no pude evitar sonreír.

La agarraba de la misma forma en la que yo sujetaba los mandos, con naturalidad, como si fuera una extensión de su propio cuerpo.

—Todavía falta un poco para llegar —le advertí.

—Vale.

Se inclinó ligeramente hacia delante, ajustó el objetivo y empezó a disparar.

Fruncí el ceño.

—¿Qué haces?

Giró la cabeza hacia mí con una ceja levantada.

—¿Tú qué crees que hago?

—¿Fotos?

—Muy listo, sí, señor. Mira que estaba dudando si eran fotos o si de dentro de la cámara iba a salir un payaso para contarnos unos chistes.

Sonreí de medio lado y ella hizo exactamente lo mismo antes de continuar.

No dudaba ni parecía pensar demasiado antes de disparar. Apenas apartaba la cámara de la cara y se movía por instinto, enfocando aquí y allá como si supiera exactamente dónde iba a aparecer la imagen que buscaba antes incluso de verla.

—No llevamos ni quince minutos en el aire y ya estás trabajando a tope.

—No estoy trabajando.

La miré sorprendido.

—¿No?

—No.

—Entonces, ¿qué haces?

—Mirando y sintiendo.

No habría sabido explicar por qué, pero aquella respuesta me encantó. Y todavía me gustó más cuando presté atención a lo que estaba fotografiando.

No había hecho ni una sola foto del glaciar, de las montañas que se veían al fondo o del terreno que teníamos debajo.

Su objetivo estaba puesto en las nubes desde distintos ángulos, en la luz del sol filtrándose entre ellas, en las hélices del hidroavión atravesando la bruma y en la estela que íbamos dejando atrás.

Detalles en los que la mayoría de las personas ni siquiera repararía.

Entonces entendí mejor aquello que había dicho el día que nos conocimos, cuando explicó a Brenna y a mí que fotografiaba de todo porque hacía fotos de la vida.

Unos minutos después guardó la cámara con la misma tranquilidad con la que la había sacado y volvió a acomodarse contra el asiento.

No sé qué se me pasó exactamente por la cabeza, pero me apeteció hacer algo diferente a lo que hacía con el resto de pasajeros.

—Kate.

—¿Qué?

—Agárrate.

Me miró de medio lado.

—¿Por qué?

—Confía en mí.

—Te estás acostumbrando demasiado a pedirme eso —respondió entre risas.

—¿Lo harás?

No contestó. Simplemente levantó las manos y se agarró al arnés del cinturón, aunque no lo hizo con miedo, sino con evidente curiosidad.

En cuanto comprobé que estaba bien sujeta, tiré suavemente de los mandos y provoqué un descenso pronunciado, suficiente para que la caída se notara sin llegar a ser brusca.

Joder, aquella mujer cada vez conseguía sorprenderme más.

No esperaba que se echara a llorar ni nada parecido, pero tampoco imaginaba que reaccionaría soltando una carcajada enorme porque la maniobra le había encantado.

Debió de ver mi expresión porque se rio todavía más.

—¿Esperabas que llorara?

—Tanto como llorar, no. Pero quizá que gritaras un poco.

—Para eso tendrás que esforzarte bastante más y, aun así, no creo que lo consigas.

Al escucharla, mi cabeza se fue de inmediato a un lugar que no tenía absolutamente nada que ver con pilotar, al menos no de forma literal.

Durante un instante me la imaginé entre mis brazos, gritando mi nombre mientras era yo quien conseguía hacerla perder el control de una manera completamente distinta.

Me obligué a apartar aquella imagen antes de que avanzara demasiado y me reprendí mentalmente por haber dejado que mi cabeza se fuera precisamente por ahí.

—No pienso estrellarnos únicamente para conseguir que grites.

—Y yo te lo agradezco. Tengo muchas fotos que hacer y me gustaría conservar al menos las manos en buen estado.

Seguimos riéndonos mientras terminaba de descender hasta el lugar que había elegido.

El hidroavión se deslizó sobre el agua perdiendo velocidad hasta detenerse exactamente donde quería. Apagué el motor y me quité los cascos y el cinturón. Kate, al verme, hizo lo mismo.

—Espera. Te ayudaré a bajar.

Me respondió alzando una ceja.

—Vale, nada de ayuda —rectifiqué entre risas mientras levantaba las manos.

Bajamos prácticamente al mismo tiempo y yo apenas presté atención al paisaje porque lo había visto muchas veces.

Lo que quería era observar su reacción y descubrir qué sentía al encontrarse allí, aunque no hizo falta preguntárselo porque la sonrisa que apareció en su cara me dio toda la respuesta que necesitaba.

No solo le gustaba el lugar, estaba encantada. Giraba la cabeza de un lado a otro intentando abarcarlo todo con la mirada: las montañas al fondo, el enorme lago que se extendía delante de nosotros y los árboles que rodeaban la zona por completo.

Allí no había casas, carreteras ni construcciones de ningún tipo.

Era una parte salvaje de Alaska, uno de esos lugares que no aparecían en las guías turísticas y que muy poca gente conocía, así que estábamos completamente solos, sin rastro de vida humana y únicamente rodeados de animales que seguramente se habrían alejado en cuanto escucharon el hidroavión acercarse.

Probablemente ellos nos tenían mucho más miedo a nosotros que nosotros a ellos.

Kate se volvió hacia mí.

—Nash, esto es…

—Precioso. Lo sé.

—Esto no estaba en la lista.

—Lo sé. He visto tu lista.

—Ni tampoco aparece entre los sitios que ofrecéis visitar.

Y tenía razón. Aquel lugar no aparecía en las rutas porque no ofrecía ninguno de esos atractivos concretos que solían buscar los turistas.

Tenía unas vistas increíbles, vegetación por todas partes y una tranquilidad difícil de encontrar, pero ningún monumento, glaciar famoso ni punto señalado en los mapas.

Precisamente por eso me gustaba tanto. Era mi lugar, el sitio al que iba cuando estaba demasiado agobiado, necesitaba estar solo o tenía que pensar en algo importante, porque allí podía pasarme horas simplemente mirando, rodeado de paz y silencio, sin cansarme.

No tenía ni idea de por qué había querido compartirlo con Kate, pero bastó observar la forma en la que recorría el paisaje con los ojos para saber que había acertado.

—No, tampoco aparece ahí.

—Entonces, ¿por qué me has traído?

—Pensé que te gustaría y que sabrías apreciarlo. Haces fotos de cosas que otros no suelen mirar, ¿no? Pues este puede ser uno de esos lugares.

Me observó con atención.

—¿Y por qué pensaste eso?

La pregunta consiguió dejarme fuera de juego. Esperaba que dijera simplemente que le gustaba, pero Kate parecía tener la costumbre de ir siempre un paso más allá.

—No lo sé —admití encogiéndome de hombros—. Supongo que porque aquí tú no solo mirarías lo que hay. Creo que serías capaz de verlo de verdad.

Sonrió antes de sacar la cámara y empezar a trabajar con calma.

Durante casi una hora fotografió todo aquello que llamaba su atención, precisamente esas cosas que a cualquier otra persona podrían pasarle desapercibidas si se limitaba a mirar sin ver.

Yo me mantuve apartado y dejé que hiciera lo suyo.

Al cabo de un rato parecía haberse olvidado completamente de mi presencia. Se había mimetizado con el entorno de una forma extraña, como si no fuera una visitante, sino una parte más de aquel lugar.

Y durante todo ese tiempo apenas fui capaz de apartar los ojos de ella.

Cuando consideró que tenía suficiente, guardó la cámara en la mochila y se acercó hasta donde yo estaba con una sonrisa en los labios.

Y joder, qué manera tenía aquella mujer de sonreír.

No dijo nada y yo tampoco. Simplemente le devolví la sonrisa, pero algo cambió entre nosotros cuando nuestras miradas se encontraron y ninguno fue capaz de apartarla.

Durante unos segundos, todo lo que nos rodeaba pareció perder importancia. Dejé de escuchar el aire entre los árboles y de ser consciente del lago, del hidroavión o de cualquier otra cosa que no fuera ella.

Di un paso hacia Kate y ella avanzó otro hacia mí.

Su sonrisa se hizo un poco más amplia y mis ojos bajaron involuntariamente hasta sus labios antes de regresar a los suyos. Entonces vi que ella hacía exactamente lo mismo.

Volvimos a acercarnos, esta vez casi al mismo tiempo, hasta que apenas quedó distancia entre nuestros cuerpos. Podía percibir su olor a flores con mucha más intensidad y escuchaba una respiración cada vez más rápida, aunque en aquel momento ya no sabía si era la suya o la mía.

Alargué una mano hacia ella, pero justo antes de llegar a tocarla el graznido estridente de un pájaro que pasó demasiado cerca de nuestras cabezas consiguió romper el momento.

Los dos nos apartamos ligeramente y desviamos la mirada.

—Creo que no le gusta que estemos invadiendo su territorio —dijo Kate con una risa algo nerviosa.

—Pues será mejor no arriesgarnos a que decida sacarnos los ojos. Deberíamos regresar.

—Sí, será lo mejor.

Volvimos al hidroavión algo cortados por aquel momento que habíamos tenido o que casi habíamos tenido, pero una vez dentro Kate fue la primera en soltar una broma para romper la tensión y, poco a poco, terminamos hablando y riéndonos de nuevo durante todo el camino de vuelta.