Epílogo. El Espíritu de la Navidad
Epílogo
El Espíritu de la Navidad
Hola, queridos, adorables y dramáticamente románticos míos.
Obviamente, no me iba a ir sin despedirme.
¡Por favor! ¿Quién os creéis que soy? ¿El fantasma de las Navidades aburridas?
No . Yo soy el bueno. El que se cuela con purpurina en los brindis, el que sopla ideas locas durante los paseos bajo la nieve y el que pone música sexy cuando la tensión romántica lo pide a gritos.
Y, antes de que apaguéis las luces y guardéis el árbol en su caja (sí, esa que siempre pierde una pata), tengo una confesión que haceros.
Yo puedo ver el futuro. Ya lo sé, ya lo sé: escandaloso.
Pero ¿cómo creéis que consigo estar siempre en el momento justo, con el villancico perfecto y con el muérdago colocado estratégicamente?
No es casualidad . Es talento. Y un poquito de magia, claro.
Así que , como regalo de despedida, os voy a contar lo que vi cuando me asomé a esa ventana brillante que me permite mirar lo que aún no ha pasado, pero ya está escrito en alguna parte del corazón.
Un año después de aquella historia ñoña (perdón, intensamente conmovedora) entre luces navideñas , cartas sinceras y besos bajo muérdago reciclado, algo precioso ocurrió .
En primer lugar, Santa Clausura, S.r.L. evolucionó.
Se convirtió no solo en una empresa para clausurar cosas (relaciones , cenas, contratos con tu ex…), sino en un lugar donde también se celebraban segundas oportunidades.
Las de verdad. Las que no vienen con condiciones ni asteriscos, sino con brindis, abrazos largos y postres extra.
¿Y sabéis qué más pasó?
El día más bonito del año en Manarola. El 8 de diciembre. Con el belén encendido, los fuegos artificiales en el aire y ese olor a esperanza que flota cuando sabes que algo bueno está a punto de pasar… Gian se arrodilló. Y Gia dijo que sí.
Y alrededor de un año después, el 1 de noviembre de 2028, se casaron .
—¿Pero por qué esa fecha? —preguntaron algunos.
Fácil: porque para ellos la Navidad empieza entonces. Y, si vas a prometerte para siempre, ¿qué mejor momento que justo cuando arranca la temporada oficial de la magia?
El altar estaba vestido con ramas de abeto.
Las guirnaldas eran coronas nupciales. Los invitados lloraban tanto que ni el antihistamínico pudo con la alergia al pino.
Gia llevaba un vestido que dejaba notar perfectamente su tripa de unos seis meses de embarazo (sí, me habéis oído bien).
Y fue… perfecto. Hermoso. Casi ilegal de lo bonito.
Y ahora… Ahora las cosas se están poniendo aún más interesantes. Mientras os hablo, todavía asomado al futuro , Gia está a punto de dar a luz. ¿La fecha ? 6 de enero de 2029. Día de la Befana.
¿Casualidad ? ¡Venga ya! Yo no creo en esas cosas, y vosotros ya de beríais haber aprendido que aquí nada es casual.
Recordad lo que decía la nonna Agnese (que obviamente sigue teniendo hilo directo conmigo): «La Befana trae dulces, regalos y nuevos comienzos».
Y este año no viene solo con caramelos en calcetines.
Este año trae una niña. Pequeña. Brillante.
Tan luminosa que da la impresión de que las estrellas le han cedido un trocito de su luz.
¿Y sabéis lo que yo sospecho? Que no ha llegado sola.
Que ha sido enviada desde allá arriba por esa mujer que tejía milagros entre recetas y frases lapidarias.
(Sí, hablo de la nonna Agnese). Estoy convencido de que pidió permiso celestial (y lo consiguió, porque nadie le dice nunca que no) para entregar el regalo más grande.
¿Y sabéis cómo la llamarán?
Venga. Lo sabéis. Lo sentís. Lo estáis gritando desde el fondo del alma.
Gigi.
Gigi Agnese Di Laurentis.
Y así, mientras las campanas de la Epifanía repiquen sin cesar y las escobas de la Befana surquen los tejados, Gia y Gian recibirán a su hija en brazos.
Y os digo algo: no hay calendario más perfecto que este.
Porque en esta familia la Navidad no se termina nunca.
Solo se transforma. En promesas. En abrazos.
En generaciones nuevas que heredan la risa, la ternura y un poco del caos encantador de sus antepasados.
Y, con eso, cierro la ventana y volvemos al presente. A este instante. A este ahora que huele a chocolate, a futuro y a promesas envueltas en papel reciclado.
Hasta la Navidad que viene, queridos míos.
Porque sí, habrá otra. Siempre la hay. Y, aunque yo ya he envuelto a GiGi con lazo rojo (un poco torcido, como le gustaría a Agnese), en algún rincón de Manarola —tal vez entre luces, tal vez entre tacones de aguja, tal vez con un gato robado…
— ya hay otra historia que me guiña un ojo, esperando su turno, impaciente.
Pero tranquilos. Todo a su debido tiempo.
La magia siempre sabe esperar.
Y yo también.