Querida Srta. Santa Clausura 71. Babbo Natale
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71. Babbo Natale

Babbo Natale

¡Ho, ho, ho!

Sí, ya sé lo que estáis pensando. Que soy predecible.

Que si el « ho, ho, ho», que si el traje rojo, que si los renos con nombre de snack azucarado…

Pero ¿qué queréis que os diga? Es mi línea estrella, mi marca registrada, la frase por la que cobro regalías en todos los anuncios de turrón.

Algunos tenemos una imagen que mantener.

Aunque, entre nosotros, empiezo a sospechar que los humanos solo me queréis por mis regalos… Ejem.

Pero tranquilos, no he venido a quejarme. Esta noche no vengo a hablar de mí ni de mis renos. Esta noche vengo a hablaros de algo mucho más interesante. Algo que tiene poco de trineos y mucho de magia verdadera: la Navidad con GiGi.

Porque sí, queridos míos, os confirmo lo que ya sospechabais.

Yo lo veo todo. Bueno, todo lo navideño.

Que nadie se asuste: no soy un espía, ni tengo cámaras ocultas, ni me meto en vuestros wasaps (aunque alguna vez me haya tentado, lo admito.

Sobre todo cuando hay stickers de perros con gorros de Papá Noel. Esos me pueden).

Pero, en lo que a Gia y Gian respecta, os diré esto: esta noche, des pués de un día lleno de abrazos, brindis, postales mal cortadas, deba tes encendidos sobre si llamar a sus futuros perros Polvorón y Mazapán o seguir con la tradición y bautizarlos como Ferrero y Rocher…

, la cosa acabó como mandan los cánones.

Con una manta demasiado pequeña, un bol de palomitas dulces sospechosamente lleno y una película que provocó más peleas que la última cena familiar de los Bellini.

Gia, por supuesto, quería comedia romántica.

Gian, en su fase testosterona navideña, proponía acción, explosiones y probablemente Bruce Willis colgado de una guirnalda.

Y los perros…, bueno, los perros ladraron justo cuando alguien mencionó La dama y el vagabundo .

Supongo que el tema del espagueti compartido sigue siendo delicado.

Total, que el mando a distancia pasó por más manos que una bandeja de canapés, hasta que el destino (o quizá una pequeña intervención mágica cortesía de vuestro querido servidor) decidió que lo suyo era volver a ver Love Actually .

Por centésima trigésima octava vez. (Sí, llevo la cuenta. Soy así de meticuloso).

Y ahí están. Luces del árbol titilando como si intentaran ligarse a la luna.

Olor a chocolate caliente, mezcla de canela y algo quemado.

Turrón persiguiéndose el rabo. Suchard roncando sobre la alfombra como si le hubieran leído un cuento.

Y ellos dos, demasiado cerca en un sofá demasiado pequeño.

Coincidencia, dicen. Yo digo: arquitectura emocional navideña estratégica.

Y, mientras ellos fingen ver la peli y no mirarse, yo me quedo ahí, flotando como quien no quiere la cosa, observando la escena.

Porque en ese silencio lleno de cosquillas, en ese roce accidental de manos, está la esencia de la Navidad.

No en los regalos que ya se abrieron (sí , hubo unas nuevas botas cowboy para Gia).

No en las copas que tintinearon. Está aquí: en este momento pequeñito, cálido, imperfecto.

Donde dos personas que pensaban haberlo perdido todo, descubren que todavía pueden encontrarse.

El amor, ya sabéis, es raro. Es esa cosa cabezota que se va, que se esconde, que se disfraza de casualidad.

A veces se toma su tiempo. A veces necesita una playlist de villancicos y una manta de sofá para animarse a volver.

Pero cuando lo hace…, ay, queridos míos. Cuando lo hace, ni yo puedo resistirme.

La nonna Agnese lo sabía. Siempre lo supo.

Ella tuvo uno de esos amores que no se apagan.

Que ni el tiempo, ni la distancia, ni la ausencia logran enterrar.

Uno que se queda, como las lucecitas del árbol que siguen parpadeando aunque cierres los ojos.

Y al verlos ahí, riéndose bajito, compartiendo un bol de palomitas medio frío y mirándose como si fueran los únicos habitantes del planeta, yo sé que ese amor no se ha perdido.

Solo estaba esperando la Navidad adecuada para volver a encontrar el camino.

Porque eso es lo que hacemos en esta época: recordamos. Que los milagros existen. Que la esperanza huele dulce. Que hay regalos que no caben bajo un árbol, pero sí en un sofá minúsculo. Y que el amor (el de verdad, el que no se rinde ni se enfría) es el único regalo que nunca pasa de moda.

Y sí, este año, llegó justo a tiempo.

¡Ho, ho, ho! ¡Feliz Navidad!