Epílogo
RENDER
Un año después.
El loft es más ruidoso de lo que solía ser.
Esto es culpa de Arrow. Hace seis meses instaló un sistema de altavoces que se conecta a todos los dispositivos del edificio a la vez, así que quien llega primero elige la música.
Eso implica que, en las mañanas en que Gage llega antes que Arrow, todo el centro de operaciones se llena de ese pop agresivamente alegre que Arrow considera un crimen de guerra y Gage considera motivación.
¿Quién habría dicho que un hombre como Gage valoraría la banda sonora de K-Pop Demon Hunters?
Esta mañana ganó Gage. El loft vibra con una línea de bajo que Knight lleva cuarenta y cinco minutos ignorando con la disciplina de quien ha sobrevivido a ambientes sonoros peores que la playlist de su amigo.
Estoy en mi puesto de trabajo en la esquina.
La misma esquina que llevo ocupando años.
La diferencia es que ya no es un puesto de avanzada.
Ya no es el punto de observación de un hombre que mantiene la sala a distancia porque la proximidad supone un riesgo estructural.
Es simplemente donde trabajo. La esquina tiene buena luz, visión directa de la puerta y espacio suficiente para dos sillas, cosa que importa porque la segunda está ocupada.
Enley está a mi lado, analizando patrones en una red de trata que Arrow marcó hace tres días.
Sus pantallas muestran el mismo tipo de visualización de metadatos que creó en la cabaña: grupos de comunicación, patrones anómalos, las formas que emergen cuando observas un conjunto de datos el tiempo suficiente para ver lo que se oculta en el ruido.
Es mejor en esto que yo. Lo he aceptado con la resignación elegante de quien pasó años siendo el mejor operador digital de la sala y ha sido reemplazado por alguien que ve conexiones que a mí se me escapan y resuelve problemas que yo no puedo.
Ella no alardea. No lo necesita. El trabajo habla por sí solo, y lleva hablando a un volumen que ha hecho que Arrow la llame «la mejora» al menos tres veces este mes.
—El grupo en el tercer cuadrante —dice sin levantar la vista—. No es ruido aleatorio. Es un protocolo de buzón muerto. Alguien dentro de la red se comunica con un controlador externo.
—¿El mismo patrón que el canal de Orchid?
—Similar. Pero la cadencia temporal es distinta. Este usa un desfase basado en el calendario lunar en lugar de un intervalo fijo.
—Un calendario lunar.
—Patrones de mareas. Las comunicaciones se producen durante intervalos de marea específicos, cuando las estaciones de monitoreo costero tienen cobertura reducida. Quien diseñó este protocolo conoce la infraestructura de vigilancia y adaptó su calendario de comunicaciones a sus puntos ciegos.
Ya está montando la intercepción. Sus dedos se mueven por el teclado con la velocidad y seguridad de alguien que lleva diez meses haciendo esto profesionalmente y aprendió los fundamentos en una cabaña entre pinos durante la peor semana de su vida.
La corrección de rotación que diseñó el tercer día es ahora estándar en toda la infraestructura digital del equipo.
Arrow la integró un mes después de que ella se uniera.
La llamó «el Protocolo Cameron», ella le dijo que dejara de hacerlo, él no le hizo caso, ahora está en la documentación y ella dejó de protestar porque sus protestas no iban a sobrevivir a la terquedad de Arrow.
Poe está en la mesa de reuniones revisando expedientes con Dean y Orchid.
Su rostro ha sanado por completo. Las cicatrices están ahí si sabes dónde mirar: la línea fina junto al nacimiento del pelo, una ligera asimetría alrededor del ojo izquierdo donde la hinchazón causó más daño.
No habla del centro de detención. Ni en el loft, ni en los informes, ni en las conversaciones que tiene con Enley de las que no formo parte ni necesito hacerlo.
Habla del trabajo. De los casos. De los objetivos.
Del proceso específico y metódico de identificar a quienes hacen daño a otros y reunir las pruebas para detenerlos.
Él y Enley han encontrado un nuevo equilibrio.
No el de antes, donde él era el protector y ella la protegida.
Algo más igualitario. Ahora trabajan casos juntos: su mente táctica complementa el reconocimiento de patrones de ella, y los hermanos Cameron funcionan como una unidad que Dean ha empezado a asignar a las investigaciones más complejas del equipo.
Discuten con frecuencia. Sobre metodología, sobre evaluación de riesgos, sobre si el café del loft es aceptable o si las ambiciones de barista de Arrow han superado sus habilidades como barista.
Discutir les sienta bien. Suenan como dos personas que se respetan lo suficiente para disentir y confían lo bastante el uno en el otro para saber que el desacuerdo no dañará los cimientos.
Poe está feliz de que Enley encontrara a alguien en quien poder confiar.
Y sabe que nos queremos. Se preocupa por nosotros y siempre bromea con que, si tenemos un hijo, tenemos que ponerle su nombre.
Le digo constantemente que no podemos llamar a un bebé «Imbécil».
Obviamente estoy de broma. Es uno de mis mejores amigos, y desde que empecé a salir con su hermana... siento que nos hemos unido aún más.
La puerta del loft se abre. Juno entra con una caja de pasteles de la panadería que hay junto a su apartamento, a la que lleva meses manteniendo a flote prácticamente sola. También lleva un portabebés. Arby, su hija, duerme plácidamente bajo una manta rosa.
Arrow y Juno se casaron el mes pasado, justo antes de que naciera Arby Kate Finn, y aunque han pasado muchas noches sin dormir, los dos irradian felicidad cada vez que hablan de su hija.
Le pusieron el nombre de la hermana de Juno, Arby Kate.
Menos mal que tuvieron una niña y no un niño, porque pensaban llamar a su hijo Herbert Hoover Finn...
lo cual habría sido ridículo. Creo que bromeaban, pero por suerte no tuvimos que comprobarlo.
Juno deja el portabebés y la caja de pasteles en la mesa de reuniones y anuncia:
—Estos son para todos, lo que significa que Gage se lleva dos.
Gage se materializa de algún sitio.
—Me ofende que insinúes que cogería más de lo que me toca.
—Cogiste cuatro el viernes pasado.
—Estaba haciendo carga de carbohidratos.
—¿Para qué?
—Para el desgaste emocional de currar con Arrow.
Arrow, sin levantar la vista de su pantalla, extiende una mano hacia Gage en un gesto que, de algún modo, comunica a la vez «dame un cruasán» y «tienes razón».
Esto es el loft. Esto es el equipo. Pasteles y discusiones y el ruido particular de personas que se quieren de esa forma concreta, áspera e incondicional que surge cuando has sangrado juntos, has comido raciones de combate asquerosas juntos y te has sentado a una mesa en una granja para descubrir que lo que construiste desde el dolor es lo bastante fuerte para sostener el peso de la alegría.
Knight está en su escritorio cerca de la puerta.
Siempre está cerca de la puerta. Pero hoy Lark también está ahí, sentada en la silla junto a él, trabajando en algo en su propio portátil que no tiene que ver con el equipo.
Hace tres meses montó una consultora de seguridad con Orchid: convirtieron los contactos de Orchid en el FBI y las habilidades organizativas de Lark en un negocio legítimo que asesora a empresas sobre el tipo de vulnerabilidades que Lark conoce de primera mano porque pasó dos semanas metida en una.
La mano de Knight descansa en el respaldo de la silla de Lark. No en Lark. En la silla. La distinción importa porque es Knight, y Knight expresa el afecto mediante la cercanía, no el contacto.
Ozzy está en la estación de trabajo del fondo.
Cerca hay un monopatín naranja. Es de él o de Salem.
Ella lleva tiempo intentando enseñar a todos a patinar, pero yo siempre me niego.
No necesito romperme las piernas. Ozzy ya lo hace bastante bien.
No tanto como Salem, pero sin duda es mejor que cualquiera de los demás.
Miro alrededor de la sala. El loft. El equipo. Esta es mi familia. Es donde siempre debí estar. Haciendo lo necesario para acabar con el mal.
Enley termina la configuración de la interceptación y se gira hacia mí. El dorado de sus ojos verdes capta la luz del rincón igual que la captaba desde aquella primera mañana en la cabaña, cuando me permití mirarla durante tres segundos y tuve que parar porque tres segundos ya eran demasiados.
Ya no me detengo. Miro todo lo que quiero.
La distancia ha desaparecido para siempre, sustituida por una proximidad que todavía me sorprende en los pequeños momentos: su cepillo de dientes junto al mío en el baño del apartamento, sus zapatos junto a la puerta, el sonido de sus dedos tecleando en la habitación de al lado mientras preparo café en la cocina.
—La interceptación está lista —dice—. Tendremos la primera captura en la próxima ventana de marea. Unas seis horas.
—Buen trabajo.
—Lo sé.
Lo dice de la misma manera que lo dijo en la cabaña la primera vez que se lo dije.
Alargo la mano y cojo la suya. En el loft. Delante del equipo. Delante de Poe, que lo ve, no dice nada, coge un pastel de la caja y vuelve a la mesa de reuniones donde Dean espera con un expediente que se convertirá en el rescate de alguien.
Los dedos de Enley se cierran alrededor de los míos. Cálidos. Firmes. La mano que descifró códigos bajo fuego, que trazó el mapa de imperios criminales y sostuvo la mía en la oscuridad de un trastero cuando la distancia entre nosotros por fin llegó a cero.
Ella aprieta una vez. Yo le devuelvo el apretón.
Al otro lado de las ventanas del loft, la ciudad hace lo que hace la ciudad: se mueve, construye, continúa.
En algún lugar de ella hay gente en apuros.
Gente a la que hacen daño sistemas diseñados para eso, protegida por estructuras diseñadas para proteger a quienes causan ese daño.
En algún lugar de ella, una chica de dieciséis años aparece en una pantalla, una familia la busca y el proceso burocrático para salvar una vida es más lento que el proceso para destruirla.
Por eso estamos aquí. Por eso existe el loft y existe el equipo y el trabajo continúa y llegan los pasteles y la música suena demasiado alta y la gente de esta sala sigue viniendo.
Seguiremos aquí. Todos. Los inadaptados y los profesionales. El fantasma y la hacker. El hermano y la hermana y el soldado y los amigos que perdieron a alguien y decidieron que esa pérdida significara algo en vez de dejar que no significara nada.
Sostengo la mano de Enley en una sala llena de gente que llevaba tiempo esperando a que esta pieza concreta de mi vida por fin encajara, y dejo que el momento sea lo que es: simple, cálido y completamente libre de la distancia que definió todos los demás momentos de mi vida antes de que una mujer en un contenedor lo cambiara todo.
El trabajo continúa. El equipo continúa. Nosotros continuamos.
Sin distancia. Sin brecha. Sin muro.
Solo esto.
Gracias por leer el libro final de la serie Cosas lindas y mortales.