Pulse (Wildwater Falls 4) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Sloane

H abían pasado dos meses desde la noche en la que casi pierdo el alma entera.

Dos meses desde el accidente del autobús y el arresto de Richard.

Habíamos sobrevivido a la tormenta, a las Navidades y al escrutinio de la junta, y por primera vez en doce años, la cabaña en la que vivíamos respiraba una paz absoluta.

Estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero de mi vestidor, dándole el último retoque a mi pintalabios.

Llevaba un vestido ajustado de terciopelo azul oscuro, de manga larga, con un escote en la espalda que desafiaba la gravedad de forma elegante.

Me puse unos pendientes discretos de diamantes, alisando la tela gruesa sobre mis caderas.

Esa tarde se casaban Hannah y Caleb, y todo el Wildwater Regional y la base de rescate se iban a reunir para celebrar que, al final, la vida siempre se abría paso.

Me incliné hacia adelante, apoyando una mano en la pared para calzarme mis zapatos de tacón plateados.

El tacto de unas manos grandes, cálidas y callosas agarrándome de las caderas por detrás me hizo soltar un suspiro anticipado.

Noah se pegó a mi espalda. Sentí la fricción de la tela de su traje rozando mi vestido y, de forma inconfundible, la dureza de su entrepierna presionando descaradamente contra el inicio de mis glúteos.

—Estás espectacular, bombón —ronroneó Noah, rozando con los labios la piel desnuda de mi cuello—. Si nos damos un poco de prisa, te juro que nos da tiempo a un rapidito antes de salir.

Una corriente eléctrica me bajó por la columna vertebral. Me incorporé e intenté zafarme de su agarre con una risa juguetona, girándome para quedar frente a él. Estaba guapísimo con el traje oscuro, con el pelo un poco alborotado y esa mirada depredadora que siempre lograba derretir mis defensas.

—Ni lo pienses, Grant —le advertí, apoyando las manos en su pecho—. Jonah está en la habitación de al lado terminando de vestirse. Podría oírnos.

Noah esbozó esa sonrisa arrogante que tanto me excitaba.

—Entonces vas a tener que estar muy, muy callada —me desafió, acortando el milímetro de distancia que nos separaba—. Porque eres muy gritona cuando te corres.

Abrí la boca, indignada y ruborizada a partes iguales.

—Eso no es cierto.

—Te lo puedo demostrar en un momento.

No me dio tiempo a replicar. Noah me agarró por las caderas y me levantó en vilo, sentándome sobre el borde de la cómoda de caoba. Se metió entre mis piernas abiertas, invadiendo mi espacio.

—Te prometo que no te arruinaré el maquillaje —susurró contra la comisura de mis labios, besándome el cuello, chupando justo en el punto donde el pulso me latía desbocado.

Solté un gemido ahogado y dejé caer la cabeza hacia atrás. Me rendí.

Mis piernas se abrieron un poco más, dándole la bienvenida.

Noah deslizó una mano bajo la pesada falda de terciopelo azul y apartó la tira de seda de mi ropa interior hacia un lado con destreza.

Su respiración se atascó un segundo cuando sus nudillos rozaron mi intimidad.

Estaba empapada. Mi cuerpo había estado anticipando su contacto desde el momento en que lo vi abrocharse la camisa.

Noah encontró mi clítoris con el pulgar y empezó a frotarlo con una presión lenta, constante y calculada.

Al mismo tiempo, introdujo dos dedos largos y gruesos en mi interior.

El contraste entre el frío de la habitación y el calor húmedo y resbaladizo de su mano me hizo arquear la espalda como un arco en tensión.

Sus dedos se movían dentro de mí sabiendo exactamente qué puntos presionar para llevarme al límite en cuestión de latidos.

Tres minutos. Eso fue todo lo que tardó mi cerebro en desconectarse de la realidad y precipitarse hacia el abismo.

La presión se acumuló en mi bajo vientre, densa y asfixiante. Sentí que el clímax se me venía encima como una avalancha. Abrí la boca para tomar aire, buscando el oxígeno que me faltaba.

—Shhh... No grites, bombón —me ordenó Noah en un susurro grave, rozándome la oreja con los labios, moviendo los dedos más rápido, más profundo—. Controla la voz por mí. Dámelo en silencio.

La exigencia de tener que contener el sonido hizo que el orgasmo estallara con una violencia devastadora.

No pude evitarlo. Me corrí con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en la tela de su chaqueta.

Me abalancé hacia adelante y hundí la cara en el hueco de su cuello, mordiéndole ligeramente la piel para ahogar el grito agudo que me desgarró la garganta.

Temblé contra él, espasmo tras espasmo, mientras sus dedos ordeñaban cada gota de mi clímax.

Noah soltó una risa grave y satisfecha, sosteniéndome por la cintura hasta que dejé de temblar.

Cuando por fin tuve fuerzas para levantar la cabeza, con la respiración errática, lo miré a los ojos. Noah sacó los dedos de mi interior con lentitud. Sin apartar su mirada de la mía, se llevó los dos dedos brillantes por mis fluidos a la boca y los chupó lentamente, saboreándome.

Me quedé sin aire. Era, sin margen de duda, la cosa más sexy que había visto en mi vida.

—¡Mamá! ¡Noah! ¡Llegamos tarde! —La voz de Jonah resonó desde el pasillo, rompiendo la burbuja de nuestro vestidor.

Noah sacó los dedos de su boca, esbozó una sonrisa canalla y me guiñó un ojo.

—El deber llama, directora.

El lugar de la ceremonia estaba situado a las afueras de Wildwater Falls.

Era una especie de cenador rústico de invierno, completamente cerrado en cristal y madera, rodeado por la nieve de los pinos y adornado con miles de pequeñas luces cálidas que le daban al ambiente un aire completamente mágico.

Caminamos por el sendero recién limpiado. Me apresuré a subir la escalinata principal de madera, sujetándome la falda del vestido, seguida de cerca por Jonah, que caminaba con soltura apoyado en sus muletas, y por Noah que nos escoltaba con una mano protectora en la parte baja de mi espalda.

Al llegar al descansillo, justo antes de entrar a la sala principal donde ya se oía el murmullo de toda la familia Donovan, O’Malley y el personal del hospital, una pequeña puerta de servicio situada a nuestra derecha se abrió de golpe.

Clover Donovan salió disparada hacia el pasillo.

Mi prima, la implacable jefa de Comunicaciones de la base aérea llevaba un espectacular vestido largo de color rojo, pero su aspecto estaba a kilómetros de la profesionalidad habitual.

Tenía el pelo castaño alborotado, los labios ligeramente hinchados y un sonrojo tan furioso en las mejillas que rivalizaba con el color de su vestido.

Al toparse de bruces con nosotros tres en el pasillo, Clover se quedó literalmente paralizada. Se congeló como un ciervo deslumbrado por los faros de un coche.

Yo abrí los ojos, sorprendida, a punto de preguntarle si estaba bien, cuando la figura de un hombre emergió de la misma habitación a oscuras, justo detrás de ella.

Era Patrick O'Malley. El hermano pequeño de Hannah, con su característica actitud arrogante y canalla.

Patrick salió al pasillo terminando de abrocharse la hebilla plateada del cinturón del pantalón de su esmoquin, con la camisa blanca un poco arrugada y una sonrisa perezosa en los labios.

—Muñeca, no tienes por qué ponerte así... —empezó a decir Patrick, arrastrando las palabras con una confianza insultante.

Pero entonces levantó la vista y nos vio.

Patrick se quedó callado en seco, parpadeando, atrapado con las manos en el cinturón justo a la espalda de Clover.

Clover seguía paralizada, mirándome con puro pánico en los ojos. El silencio que se hizo en el descansillo fue ensordecedor y maravillosamente incómodo.

Finalmente, Clover tragó saliva. Juntó las manos en actitud de súplica y nos miró a Noah y a mí.

—Por favor... no digáis nada —nos rogó en un susurro agudo y desesperado.

Apreté los labios para contener una carcajada y me limité a asentir, solemne, sellando mis labios con un gesto de la mano.

Clover se dio media vuelta y huyó por el pasillo a la velocidad de la luz, con la cara roja como un tomate, dejando a un Patrick O'Malley que se aclaró la garganta, se ajustó la pajarita deshecha y nos dedicó un saludo militar con dos dedos antes de entrar a la sala principal como si nada hubiera pasado.

Noah se inclinó hacia mí, rozándome el lóbulo de la oreja, y soltó una carcajada ronca.

—Vaya —comentó en voz baja—. Parece que la madrina y el padrino acaban de chocar de forma oficial y definitiva.

Negué con la cabeza, sonriendo con pura felicidad. Pasé mi brazo por la cintura de Noah, agarré con la otra mano el hombro de Jonah, y los tres juntos empujamos las puertas dobles para adentrarnos en la luz dorada y el calor de nuestra familia.

FIN