Pulse (Wildwater Falls 4) TREINTA #2
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TREINTA #2

Mi mente vagó por un segundo hacia la fugaz visita de Richard Hawthorne.

El gran cirujano estrella se había dignado a aparecer por la habitación de su hijo biológico hacía un par de horas.

Su visita duró exactamente un minuto. Sesenta segundos en los que se quedó a un metro de la cama, rígido, incómodo, demostrando una ineptitud paternal que rozaba lo patético.

No supo qué decirle. No le tocó la mano.

Jonah se encogió contra las sábanas, visiblemente tenso, recordando demasiado bien el tono agresivo de Richard durante el altercado en la puerta del colegio.

Noah y yo no habíamos intervenido, pero tampoco nos habíamos apartado.

Nos habíamos quedado al fondo de la habitación, el uno junto al otro, hombro con hombro, formando un frente unido.

Le dimos a Hawthorne su minuto a solas con el niño, y él lo desperdició por completo, marchándose con una excusa barata sobre rondas médicas. No había vuelto a aparecer.

Tres suaves golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos.

La puerta se abrió y Luke Holloway entró en la habitación.

Se acercó a los pies de la cama.

—Me alegra verte con ese color, chaval —le dijo Luke a Jonah, dedicándole un saludo afable y directo, sin tratarlo con la condescendencia que la gente solía usar con los niños en silla de ruedas. Jonah le sonrió, agradecido.

Luego, Luke se giró hacia Noah. Le tendió la mano y él se la estrechó. Fue un apretón firme, cargado de un respeto mutuo entre dos hombres que entendían perfectamente lo que significaba la supervivencia y el rescate.

Finalmente, Luke caminó hacia mí y me sujetó la mano libre con un gesto cálido.

—Solo quería comprobar cómo estaba nuestro chico —dijo Luke, bajando un poco el tono de voz—. Y también necesitaba robarte un minuto a solas, Sloane. Tengo novedades sobre... el asunto del que me pediste que me encargara.

No pronunció el nombre de Hawthorne. Fue lo bastante inteligente y protector para no hacerlo en presencia de Jonah.

Asentí, comprendiendo la gravedad en los ojos de Luke.

—Noah, ¿vienes con nosotros? —le pedí, extendiendo la mano hacia él. No iba a dejarlo al margen. Él era mi compañero en todo.

Noah le alborotó el pelo a Jonah y caminó hacia mí, entrelazando sus dedos con los míos.

Salimos los tres al pasillo, cerrando la puerta con cuidado para dejar a Jonah sumergido en su lectura. Nos alejamos unos pasos hasta llegar a un rincón vacío al fondo del pasillo.

Luke se metió las manos en los bolsillos, asegurándose de que nadie nos escuchaba, y fue directo al grano.

—Ya tengo el cuadro completo, Sloane —empezó Luke con una media sonrisa—. Ya sé por qué Vance y él tenían tanta prisa e insistencia en montar la nueva unidad de cirugía cardiotorácica. No era una cuestión de prestigio médico.

Noah frunció el ceño, tensando la mandíbula. Yo me crucé de brazos, sintiendo que el asco empezaba a sustituir al miedo.

—Ambos han estado recibiendo comisiones ilegales de una gigantesca empresa de suministros quirúrgicos cardiológicos —reveló Luke—.

Es una corporación especializada en la fabricación de marcapasos, stents y válvulas.

Material de cirugías de bajo riesgo, altamente estandarizadas y extremadamente rentables.

Exactamente el tipo de intervenciones en las que él se especializa.

—Sobornos... —susurré, sintiendo que las piezas del tablero encajaban de golpe.

—Delito federal de fraude sanitario —me corrigió Luke, con frialdad —.

Pero lo peor no es la comisión económica, Sloane.

He revisado los historiales filtrados. Hay decenas de casos donde se indica que la cirugía no era prioritaria.

Casos que se resolvieron abriendo a pacientes vulnerables en un quirófano para implantar un marcapasos o un stent , cuando podrían haberse tratado con métodos no invasivos igual de efectivos.

Han puesto vidas en riesgo innecesario solo para justificar la compra del material y cobrar su parte.

Noah soltó una maldición por lo bajo, apretando el puño. Para un rescatista que se jugaba la vida por salvar a la gente en la montaña, escuchar que un médico abría a pacientes por pura codicia era la mayor aberración imaginable.

—Es el fin de su carrera —dictaminé, sintiendo un escalofrío de victoria—. Multas, prisión y la revocación permanente de su licencia médica.

—Exacto —asintió Luke—. Tengo los extractos, los correos y las firmas. Voy a presentar los cargos formalmente ante la fiscalía federal esta misma tarde. Pero antes de soltar la bomba... creo que deberías usar esto.

Luke me miró fijamente, con los ojos brillantes de astucia táctica.

—Quiero que le pongas la renuncia de custodia total y permanente sobre la mesa. Hoy. Ahora. En el mismo instante en el que yo esté cruzando la puerta de la fiscalía.

Noah sonrió. Fue una sonrisa depredadora.

—Una emboscada —comprendió Noah—. Le exiges que firme y desaparezca de tu vida, o dejas que se hunda solo en la cárcel. Pero al mismo tiempo, la denuncia ya estará siendo procesada, lo tendrás atrapado. No podrá usar a sus abogados para retrasarlo, no podrá escapar ni negociar.

—Le vamos a cortar todas las vías de escape —confirmé, sintiendo que me quitaba una peso de encima—. Gracias, Luke. Dios mío... no sé cómo pagarte esto. Nos has salvado la vida.

Luke Holloway esbozó una media sonrisa, restándole importancia.

—Este hospital necesita a su directora médica libre de chantajes —dijo, dándose la vuelta para marcharse. Pero antes, se detuvo y miró a Noah—. Gran trabajo ahí arriba ayer, Grant. Lo que hizo el equipo Alfa... mis respetos.

—Gracias, Holloway —respondió Noah, asintiendo.

Luke desapareció por el pasillo, dejándonos a Noah y a mí solos en la penumbra del corredor del hospital.

El silencio se instaló entre nosotros durante unos segundos. La magnitud de lo que acababa de pasar, de la victoria inminente que teníamos en las manos, era abrumadora.

Sin decir una palabra, me giré hacia Noah. Él me rodeó con sus brazos al instante y me apretó contra su pecho duro, enterrando el rostro en mi cuello. Lo abracé con todas mis fuerzas, aferrándome a la tela de su camiseta, respirando su olor a cedro.

—Por fin... —me susurró Noah al oído, con la voz ronca por la emoción, dejando un beso cálido sobre mi piel—. Por fin nos vamos a deshacer de ese malnacido, bombón. Se acabó el miedo. Se acabaron las amenazas.

Me apretó un poco más contra él, en un gesto posesivo y profundamente protector que me derritió el alma.

—Jonah será tuyo, Sloane —murmuró —. Solo tuyo.

Me separé unos centímetros. Lo justo para poder mirarlo a sus impresionantes ojos dorados. Le acaricié la mandíbula, repasando con el pulgar la sombra de su barba de un día, y negué con la cabeza, esbozando una sonrisa.

—Te equivocas, Noah —le corregí, en un susurro firme—. Jonah será nuestro. Tuyo y mío. Porque tú eres su padre en todo lo que de verdad importa.

✽✽✽

El silencio en la sala de juntas del Wildwater Regional era tan denso que casi podía masticarse.

Estaba sentada exactamente en la misma silla de la cabecera donde, días atrás, había aleccionado a mi equipo médico para enfrentarse a la comisión de investigación.

A mi derecha, Judy, del equipo legal del hospital, revisaba un taco de documentos con la frialdad de un francotirador ajustando su mira telescópica.

Mis manos descansaban sobre la caoba pulida de la mesa, pero debajo de la madera, mis rodillas temblaban ligeramente.

Cerré los ojos durante un segundo, bloqueando la luz de los fluorescentes.

Inhalé profundamente. Vi la cara de Jonah, durmiendo plácidamente en su cama de la planta de pediatría, con el color de vuelta en sus mejillas.

Y sentí los brazos de Noah rodeándome en la penumbra del pasillo.

Abrí los ojos. El temblor de mis piernas desapareció, reemplazado por la determinación absoluta de una madre dispuesta a todo.

La puerta de la sala de juntas se abrió de golpe, sin que nadie se molestara en llamar a los nudillos.

Richard Hawthorne cruzó el umbral. Llevaba uno de sus impecables trajes a medida de color azul marino, el cabello perfectamente peinado y esa inconfundible media sonrisa arrogante curvando sus labios. Caminaba como si fuera el dueño del edificio, el dueño del mundo.

—Espero que esto sea rápido, Sloane —soltó a modo de saludo, arrastrando una de las sillas de cuero del otro lado de la mesa para dejarse caer en ella con desdén—. Tengo residentes a los que evaluar y una agenda que no me permite perder el tiempo en tus dramas administrativos.

Mantuve el rostro impávido. No parpadeé. No me dejé provocar.

—Siéntate, Richard —le indiqué, usando un tono puramente profesional, ignorando el hecho de que ya lo había hecho.

Hawthorne me lanzó una mirada burlona, cruzando una pierna sobre la otra, esperando a que yo diera el primer paso.

Asentí levemente hacia mi derecha. Judy deslizó una fina carpeta azul marino por la superficie pulida de la mesa, deteniéndola exactamente frente a las manos Hawthorne.

—¿Qué es esto? —preguntó él, arqueando una ceja sin molestarse en abrirla.

—Es un documento legal de renuncia a la patria potestad y a la custodia física y legal de Jonah Parker —respondí, con una claridad que cortó el aire de la sala—. Una renuncia absoluta, definitiva y permanente.

Hawthorne soltó una carcajada seca, un sonido carente de cualquier tipo de humor. Echó la carpeta hacia atrás con el reverso de la mano, como si quemara.

—Estás completamente loca si crees que voy a firmar eso, Sloane —se burló, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en la mesa con actitud depredadora—.

De hecho, esta pequeña reunión me viene perfecta para avisarte de que mis abogados van a presentar una contrademanda esta misma tarde.

Voy a solicitar la custodia total de mi hijo. Y voy a ganar.

Sus palabras pretendían ser dagas, pero solo consiguieron que levantara una ceja de forma irónica.