Pulse (Wildwater Falls 4) VEINTINUEVE #3
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VEINTINUEVE #3

Ian Collins saltó a la carretera antes de tocar el suelo. Echó a correr hacia el autobús, con los ojos fijos en los dos únicos pasajeros que quedaban: el profesor Mills y Jonah.

—¡Yo me llevo al profesor! —bramó Ian, pasándole un brazo por la cintura al hombre, que temblaba incontrolablemente, y arrastrándolo hacia la cabina del helicóptero.

Me giré hacia el interior del autobús. Jonah estaba exactamente donde lo había dejado, pero ya no me miraba. Tenía los ojos cerrados y la cabeza ladeada.

—¡Jonah! —grité, lanzándome a por él.

Me agaché, lo envolví en su manta térmica y lo levanté en brazos.

Sentí el peso inerte de sus doce años y la rigidez antinatural de sus piernas; su diplejía espástica había convertido sus músculos en piedra bajo el frío extremo.

Lo abracé contra mi pecho, escudándolo del viento cortante con mi propio cuerpo, y corrí a través del huracán de nieve que levantaba el Alfa Uno hasta saltar al interior de la cabina trasera.

Caleb tiró de la palanca del colectivo en el instante exacto en que cerré la puerta corredera. El helicóptero se catapultó hacia el cielo, huyendo del desfiladero de Pine Ridge justo cuando la tormenta ártica volvía a cerrarse tras nosotros.

Deposité a Jonah sobre la litera de trauma del helicóptero. Ian se colocó al otro lado de la camilla, trabajando a mi lado con una sincronización telepática.

—Está perdiendo el conocimiento, Ian —le advertí, rasgando el abrigo de Jonah por el centro para acceder a su pecho—. No responde a estímulos dolorosos.

— Monitorízalo. Yo preparo los fluidos calentados —ordenó, abriendo el calentador portátil de vías intravenosas.

Pegué los electrodos fríos sobre el pecho pálido del niño y encendí el monitor cardíaco. La pantalla cobró vida con un pitido agudo y desesperadamente lento. Bradicardia severa. Su corazón latía a menos de cuarenta pulsaciones por minuto, luchando contra la sangre helada que espesaba sus venas.

Jonah entreabrió los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas y nubladas.

—M-mamá... —balbuceó, con una voz apenas audible, diciendo incoherencias a causa del delirio hipotérmico—. L-las luces... apaga las luces... queman...

—No te duermas, socio. Quédate conmigo —le supliqué, conectando una manta térmica convectiva de aire caliente sobre su cuerpo y subiendo el termostato al máximo—. Mírame, Jonah. Prometiste que no me soltarías la mano.

Ian encontró una vía en la vena del pliegue del codo en el primer intento y abrió la llave de paso, infundiendo suero salino a treinta y nueve grados centígrados directamente en el torrente sanguíneo del niño para recalentar su núcleo interno.

Pero la temperatura en el termómetro timpánico seguía cayendo. Treinta y un grados. Treinta.

El monitor cardíaco emitió una alarma de advertencia. La onda del electrocardiograma se deformó, mostrando signos claros de irritabilidad ventricular. Estaba a un paso de la parada cardíaca por frío.

—¡No, no, no! ¡Joder, Jonah, no me hagas esto! —grité, con el terror puro bloqueándome la garganta. Preparé las palas del desfibrilador portátil, con las manos temblándome por primera vez en toda mi maldita carrera—. ¡Caleb, necesito que exprimas las turbinas de este pájaro! ¡Se me va!

— ¡Tres minutos para la azotea, Grant! —bramó Caleb por el intercomunicador, forzando los motores más allá de sus límites operativos, volando a una velocidad casi suicida sobre el bosque de Wildwater Falls.

Apreté la mandíbula, frotando las sienes de Jonah, hablándole sin parar, exigiéndole a su pequeño y brillante cerebro que siguiera enviando señales a su corazón. El suero caliente fluía por su brazo. El aire de la manta lo envolvía como un horno.

Los tres minutos más largos de mi existencia transcurrieron en el interior de esa cabina vibrante. El mundo exterior dejó de existir. Solo estábamos el monitor cardíaco, el rostro pálido del hijo de Sloane y mi propia voluntad de mantenerlo en este mundo.

Entonces, el termómetro parpadeó. Dejó de bajar. Se estabilizó en treinta grados, y luego, imperceptiblemente, el decimal subió. Treinta y coma dos.

Miré el monitor. La onda del electrocardiograma recuperó su ritmo sinusal. Las pulsaciones treparon lenta pero firmemente hasta cincuenta por minuto. El pitido de alarma cesó.

Jonah dejó de balbucear. Su respiración se volvió más profunda y rítmica.

Solté un suspiro tan brutal que sentí que me vaciaba por dentro.

Me dejé caer hacia atrás sobre el mamparo metálico del helicóptero, frotándome la cara empapada en lo que creía que eran lágrimas.

Ian me puso una mano en el hombro y apretó con fuerza, un gesto silencioso de reconocimiento absoluto entre nosotros.

El terror y la adrenalina me habían hecho actuar instintivamente. Porque en el fondo de mi alma sabía una verdad innegable: perder a Jonah nunca fue una opción. Prefería haberme quedado congelado con él en ese barranco antes que volver al hospital y mirarle a los ojos a Sloane con las manos vacías.

— Azotea a la vista —anunció Caleb, aliviado, mientras el helipuerto iluminado del Regional llenaba el parabrisas delantero—. Preparaos para la transferencia. Hemos llegado a casa.