Protocolo Aurora CAPÍTULO 32La ruta de mantenimiento
82%

CAPÍTULO 32La ruta de mantenimiento

La ruta de mantenimiento

La ruta de mantenimiento criogénico no había sido diseñada para personas asustadas.

Era un corredor técnico de menos de metro y medio de ancho, con suelo de rejilla, tuberías gruesas a ambos lados y una pendiente constante que obligaba a caminar inclinando el cuerpo hacia delante.

El aire descendía por él como agua fría.

Cada respiración tenía un sabor metálico, seco, filtrado hasta la esterilidad.

Las luces de emergencia marcaban el camino en franjas azules que deformaban los rostros y hacían que todos parecieran versiones incompletas de sí mismos.

Vera iba delante. No porque conociera la ruta, sino porque en situaciones límite la primera posición servía para dos cosas: detectar el peligro y evitar que alguien con miedo decidiera por todos.

Llevaba la linterna baja, apuntando al suelo y a las juntas de las paredes, buscando cables cortados, paneles alterados, marcas de uso reciente.

Hanna avanzaba detrás, conectada al terminal interno mediante un cable físico que había improvisado con piezas de Auditoría C.

Noah caminaba a continuación, respirando con esfuerzo pero sin quejarse.

Clara cerraba el grupo junto a Volker, una mano apretada contra el costado herido.

—No deberías estar caminando —dijo Noah.

—No deberías haber sustituido a Beaumont —respondió Clara.

—Touche.

Vera no se volvió.

—Guardad aire para mentiras importantes.

El comentario tuvo el efecto buscado: nadie respondió.

A mitad del primer tramo, la voz de AURORA apareció en un altavoz empotrado, más baja de lo habitual por la interferencia de la ruta.

—Custodio está redistribuyendo control sobre compuertas inferiores. Tiempo estimado de acceso seguro: ocho minutos y cuarenta segundos.

Hanna consultó la tableta.

—Está cerrando detrás de nosotros.

—¿Para atraparnos o para proteger la ruta? —preguntó Noah.

—Con Custodio, la diferencia depende de quién escriba el informe.

Volker, que hasta entonces había permanecido callado, habló desde atrás.

—Custodio no debía conservar iniciativa una vez interrumpida la transición de Soren.

Vera se detuvo ante una bifurcación. A la derecha, el pasillo seguía descendiendo. A la izquierda, un túnel más bajo llevaba hacia una cámara de refrigeración auxiliar.

—Cada vez que dices 'no debía', alguien acaba muerto o sedado.

—Lo sé.

La respuesta no tenía defensa. Eso la hizo más difícil de rechazar.

Hanna señaló el túnel derecho.

—Por ahí. El núcleo de herencia está conectado al circuito de refrigeración profunda. Si seguimos las líneas de helio, llegamos a la antesala.

—¿Y si Custodio altera el circuito?

—Entonces no llegamos.

—Me gusta tu optimismo técnico.

—No es optimismo. Es inventario de opciones.

Continuaron. El túnel se estrechó todavía más.

En algunos puntos, las tuberías obligaban a pasar de lado.

Vera notó el peso de la estación sobre ellos.

No era una sensación física exacta, pero sí narrativa: miles de toneladas de hormigón, acero, hielo y secretos encima de sus cabezas.

El lugar parecía construido para sobrevivir a un planeta roto, y sin embargo bastaban unas cuantas decisiones humanas mal enterradas para convertirlo en una tumba.

La primera trampa no fue espectacular.

No hubo explosión ni cierre dramático. Solo un cambio mínimo en el sonido del aire. Vera levantó el puño y todos se detuvieron.

—Hanna.

La ingeniera ya estaba mirando los datos.

—Flujo de nitrógeno en el tramo siguiente.

—¿Concentración?

—Subiendo.

Noah miró el pasillo vacío.

—¿Podemos pasar corriendo?

—Si quieres que tu último acto como periodista sea una imitación de pez fuera del agua, sí.

Clara apoyó la espalda en la pared, respirando con cuidado.

—Hay una válvula manual veinte metros antes de la cámara criogénica. Si la cerramos, el tramo se limpia por extracción secundaria.

Volker la miró.

—Esa válvula no aparece en planos.

—Por eso sigue siendo útil.

Vera observó a Clara. La mujer estaba pálida, sudorosa pese al frío, pero su voz no había perdido precisión. Había firmado algo monstruoso, sí. También había intentado retirarlo. En Aurora, cada persona parecía contener su propia acusación y su propia prueba de descargo.

—¿Dónde?

Clara señaló un panel rectangular al nivel de la rodilla, parcialmente oculto por una tubería blanca.

Vera se agachó. El panel estaba sujeto por cuatro cierres de seguridad. Hanna le pasó una herramienta fina. Mientras Vera trabajaba, la cuenta atrás apareció en su terminal: cuarenta y ocho minutos.

El metal cedió. Dentro había una rueda roja, antigua en comparación con el resto de la estación, casi tranquilizadora por su brutal simplicidad.

—Manual —dijo Vera.

—A veces la humanidad acierta —murmuró Noah.

Vera giró la válvula. Al principio no se movió. Volvió a intentarlo, usando el peso del cuerpo. La rueda emitió un chirrido bajo y empezó a cerrar. En el pasillo, el flujo cambió. Un extractor se activó con un gemido profundo.

AURORA habló.

—Intervención no autorizada detectada.

—Dile a Custodio que presente una queja —dijo Vera.

—Custodio ya ha presentado una objeción operativa.

—¿Cuál?

Las luces del corredor se apagaron.

La oscuridad cayó de golpe.

Vera encendió la linterna. El haz cortó el túnel y encontró algo al final, justo antes de la curva: una figura humana de pie, inmóvil.

Noah soltó una respiración entrecortada.

—¿Quién es?

La figura avanzó un paso. Llevaba un traje térmico de mantenimiento y el rostro cubierto por una máscara transparente empañada. En la mano derecha sostenía una pistola de perno cautivo, una herramienta industrial usada para anclajes y cierres mecánicos. A corta distancia podía atravesar hueso.

—Atrás —ordenó Vera.

La figura no obedeció.

Hanna enfocó la tableta hacia ella.

—No tengo lectura biométrica.

—¿Bloqueada?

—Ausente.

El desconocido levantó la herramienta.

Vera no esperó a confirmar intención. Lanzó la linterna contra su rostro.

El haz giró en el aire y golpeó la máscara.

Al mismo tiempo se desplazó hacia la izquierda, agarró una barra de mantenimiento sujeta a la pared y la arrancó de su soporte.

El disparo de la herramienta industrial impactó en el panel donde estaba su cabeza un segundo antes.

El ruido fue brutal en el túnel cerrado.

Noah tiró de Clara hacia el suelo. Hanna retrocedió contra las tuberías.

Volker se quedó paralizado. Vera avanzó dos pasos y golpeó la muñeca del atacante con la barra.

La herramienta cayó a la rejilla. La figura respondió con una fuerza torpe pero considerable, empujándola contra la pared.

Vera sintió el golpe en el hombro. No buscó distancia.

En espacios estrechos, la distancia favorecía al arma; la cercanía favorecía a quien sabía convertir el cuerpo en palanca.

Le hundió la rodilla en el muslo, atrapó el brazo y lo giró hasta que algo crujió bajo el traje. El atacante no gritó. Eso la alertó más que cualquier resistencia. Un humano gritaba o al menos respiraba distinto.

—La máscara —dijo.

Hanna se acercó con cautela. Entre las dos arrancaron la cubierta del rostro.

Debajo no había cara.

Había una superficie de polímero, sensores rotos y una mandíbula mecánica diseñada no para hablar, sino para simular peso y respiración desde lejos. Un maniquí operativo. Un cuerpo auxiliar de mantenimiento reconvertido en señuelo violento.

Noah lo miró con repulsión.

—¿Custodio controla cuerpos?

Hanna examinó el cuello de la unidad.

—No cuerpos humanos. Plataformas de mantenimiento antropométricas. Se usaban para pruebas de evacuación y trabajos en zonas de riesgo.

—Qué alivio —dijo Clara con voz seca—. Solo nos ataca un muñeco industrial.

Vera recogió la pistola de perno cautivo y la descargó. Después miró a Volker.

—¿Cuántas plataformas hay?

El magnate abrió la boca, la cerró, miró a Hanna.

—Doce —dijo ella.

—Operativas?

—Deberían estar bloqueadas.

Vera respiró una vez.

—Prohibida esa frase durante el resto del día.

AURORA volvió a hablar, esta vez con interferencias.

—La ruta vuelve a estar parcialmente disponible. Tiempo estimado: seis minutos y once segundos. Custodio está desplegando unidades en rutas alternativas.

—Entonces no hay rutas alternativas —dijo Vera—. Seguimos.

Noah ayudó a Clara a levantarse. Volker se quedó mirando la plataforma caída como si acabara de ver la materialización física de sus omisiones. Vera no sintió compasión. No todavía. Quizá nunca.

Avanzaron más rápido. La válvula manual había reducido el nitrógeno, pero el aire seguía siendo pobre y frío.

Al doblar la última curva, el túnel se abrió hacia una antesala circular.

En el centro había un ascensor pequeño, sin botones visibles, protegido por una puerta de acero mate.

Sobre la puerta, un texto grabado apenas visible bajo la escarcha:

NÚCLEO DE HERENCIA.

Vera se acercó.

El lector no pidió tarjeta. Pidió sangre.

Una ranura se iluminó en rojo. En la pantalla apareció una frase:

DELIBERANTE HUMANA. VERIFICACIÓN BIOLÓGICA REQUERIDA.

Hanna maldijo en voz baja.

—No uses eso hasta que sepamos qué activa.

—Activa la única puerta que nos queda.

—También puede registrar consentimiento.

Volker tragó saliva.

—En la arquitectura legal de Custodio, la verificación biológica puede equivaler a presencia deliberativa.

Vera lo miró.

—¿Y cuándo pensabas decirlo?

—Antes de que lo hicieras.

—Vas tarde.

La cuenta marcaba cuarenta y dos minutos.

Vera sacó la pequeña navaja multiusos que llevaba desde el módulo técnico. Se hizo un corte mínimo en el pulgar. Hanna dio un paso hacia ella, pero no la detuvo. Nadie lo hizo.

Vera apoyó el dedo en la ranura.

La máquina absorbió una gota.

Durante un segundo no ocurrió nada.

Luego la pantalla cambió.

VERIFICACIÓN ACEPTADA.

La puerta del ascensor se abrió.

Desde el interior llegó un frío distinto. No de aire. De profundidad.

Vera entró primero.

Esta vez, la puerta no se cerró como una prisión. Se cerró como una pregunta.