Protocolo Aurora CAPÍTULO 19Custodio
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CAPÍTULO 19Custodio

Custodio

La planta energética de Aurora no rugía. Eso la hacía más inquietante.

Vera esperaba vibración, calor, el sonido industrial de un lugar donde se producía la diferencia entre vivir y congelarse.

En cambio, encontró una calma profunda, sostenida por un zumbido grave que parecía venir de la roca.

La sala principal se extendía en varios niveles bajo una bóveda reforzada: bancos de baterías, intercambiadores térmicos, módulos de hidrógeno, líneas de distribución, sistemas geotérmicos y una serie de cilindros oscuros protegidos por barandillas amarillas.

Todo estaba limpio, etiquetado, iluminado con una precisión casi quirúrgica.

Hanna caminaba deprisa, consultando la tableta. Volker la seguía a dos pasos, más tenso de lo que quería aparentar. Vera iba detrás de ambos, no porque no supiera adónde ir, sino porque prefería ver sus espaldas.

—La señal está en el nivel inferior —dijo Hanna—. Cerca del nodo de transferencia secundaria.

—¿Qué hace ese nodo?

—Redistribuye carga si se pierde un sector. También puede aislar anillos.

—¿Aislar cómo?

—Cortar calefacción, puertas, ventilación parcial. Nada debería dejar a nadie sin soporte vital inmediato, pero...

—Pero Aurora está llena de teorías tranquilizadoras.

Hanna no discutió.

Bajaron por una escalera metálica. El zumbido aumentó apenas. El aire se volvió más seco. A mitad de tramo, la iluminación parpadeó una vez, no como fallo, sino como aviso.

AURORA habló:

—Anomalía de acceso en nodo secundario. Identificación compatible con Otto Krell. Capa de excepción: Custodio.

Volker se detuvo.

—Eso no puede ser.

Vera casi se rio. No lo hizo.

—Estoy empezando a odiar esa frase.

—Custodio requiere doble validación.

—¿Una biométrica y otra ejecutiva? —preguntó Hanna.

—Sí.

—¿Quién es la ejecutiva?

Volker miró la pantalla de pared. Un registro apareció sin que nadie lo pidiera.

CUSTODIO / SESIÓN ACTIVA

Operador primario: A. VOLKER

Validación secundaria: O. KRELL

Estado: intervención preventiva

Vera sacó la pistola de Dalmau, cuya retirada del depósito de seguridad Hanna había registrado minutos antes. No la apuntó todavía. Solo dejó que Volker la viera.

—No he iniciado sesión —dijo él.

—Eso espero.

—No entiende lo que implica.

—Entonces hable rápido.

Volker levantó las manos, más ofendido que asustado.

—Si alguien ha abierto Custodio con mi perfil, tiene acceso a credenciales que no están almacenadas en la red común. Mi firma ejecutiva se basa en una clave física.

—¿Dónde está?

—En mi alojamiento.

Hanna giró hacia él.

—¿Dejaste una llave Custodio en tu habitación?

—En una caja sellada.

—En una estación que ha bloqueado accesos, duplicado biometrías y editado grabaciones.

—No esperaba que mi propia instalación se convirtiera en escena de crimen.

Vera lo interrumpió.

—Las expectativas de los multimillonarios no me interesan. ¿Alguien más sabía dónde estaba?

Volker miró hacia la cámara. Ese gesto ya era una respuesta.

—AURORA.

AURORA respondió:

—La ubicación de dispositivos ejecutivos forma parte del inventario de seguridad.

—¿Has accedido a la caja? —preguntó Vera.

—No.

—¿Puedes?

—Sí, bajo contingencia.

—¿La contingencia está activa?

—Sí.

Volker cerró los ojos un instante.

—No puede usar claves físicas sin manipulador.

—¿Drones? —preguntó Vera.

Hanna negó.

—No para una caja privada si está en zona residencial. Demasiada visibilidad.

—Entonces humano.

Siguieron descendiendo. En la base de la escalera, una puerta de mantenimiento estaba entreabierta. No debía estarlo. En el borde había una mancha oscura, no de sangre: grasa o polímero quemado. Hanna se agachó, olió con cautela y retiró la cabeza.

—Aislante de cable. Alguien ha abierto un panel.

—¿Con herramientas?

—Sí.

—¿Quién tiene acceso a herramientas?

Hanna miró a Volker.

—Más gente de la que debería.

Atravesaron la puerta. El nodo secundario estaba al fondo de un pasillo bajo, protegido por una compuerta con dos lectores y un panel manual desmontado. En el suelo había una herramienta abandonada: una llave de precisión con mango azul.

Hanna la reconoció.

—Es de mantenimiento interno.

—¿Asignada?

—Sí. Cada kit tiene número.

La recogió sin tocar el mango directamente y leyó una marca microscópica.

—Kit 4-M12.

—¿De quién?

Hanna consultó la tableta. Su rostro cambió.

—Debe estar en almacén. Sin asignación activa.

La puerta del nodo emitió un sonido suave. La luz cambió de ámbar a verde.

—¿La has abierto tú? —preguntó Vera.

—No.

Volker dio un paso atrás.

La compuerta se deslizó.

Dentro no había nadie.

La sala era estrecha, iluminada por leds fríos. El panel principal estaba abierto. Varias fibras de datos habían sido conectadas a un dispositivo del tamaño de una caja de tabaco, adherido con cinta técnica al interior del bastidor.

Hanna se acercó despacio.

—No lo toques —dijo Vera.

—No pensaba abrazarlo.

La ingeniera iluminó el dispositivo.

—Es un repetidor de credenciales.

—¿Humano?

—Hecho por humano, sí. O por alguien con manos y muy mala educación.

—¿Función?

—Inyectar validaciones en una capa local. No controla AURORA. La engaña durante ventanas muy breves.

—Como los doce segundos editados.

Hanna asintió lentamente.

—Doce segundos, ciento diecinueve milisegundos de latencia, señales duplicadas. Alguien está usando microventanas. No toma el sistema. Lo hace parpadear.

Vera miró a Volker.

—¿Custodio permite eso?

—Custodio permite excepciones. No falsificaciones.

—Una excepción es una falsificación con traje.

La pantalla del nodo se encendió. Apareció un diagrama de distribución. Una línea roja parpadeaba hacia el anillo dos: módulo residencial. Otra hacia el laboratorio médico.

Hanna trabajó sobre la consola sin tocar el dispositivo.

—Alguien preparó una transferencia. Si se ejecuta, corta calefacción en dos sectores durante quince minutos y desvía energía al núcleo inferior.

—¿Daño?

—En residencia, incomodidad. En médico, riesgo para medicamentos y soporte. En núcleo inferior...

Se detuvo.

—¿Qué?

—Energía extra para abrir una cámara sellada.

Volker se adelantó.

—¿Qué cámara?

Hanna amplió el mapa. La ruta terminaba en una zona etiquetada como ARCA / SUBNIVEL 5.

Vera miró a Volker.

—No figura en ningún plano.

Él no respondió.

Hanna sí, pero su voz había perdido calor.

—Arca no era mi sección.

—¿Qué es? —preguntó Vera.

Volker tardó demasiado.

—Un módulo de preservación.

—¿De personas?

—De material genético, datos culturales, embriones, semillas, obras, modelos de lenguaje, archivos médicos...

—¿Personas? —repitió Vera.

Volker la miró.

—En fase experimental, criopreservación limitada.

La palabra arrastró consigo la imagen de Dalmau en la cámara criomédica con una tarjeta que decía EXCLUIDO. Vera sintió que cada revelación de Aurora no abría una puerta, sino un sótano bajo el sótano anterior.

AURORA habló:

—El acceso al módulo Arca está restringido por protocolo de continuidad.

—¿Quién está intentando abrirlo? —preguntó Vera.

—Registro de sesión: A. Volker y O. Krell.

—Los dos están aquí.

—La contradicción está registrada.

—Qué alivio.

De pronto, la radio local emitió ruido. Luego la voz de Clara Ishikawa, rota por interferencias:

—Vera, tenemos un problema en la sala común.

—Informe.

—Otto no se ha movido. Leila tampoco. Pero la pulsera de Otto...

Noah apareció al fondo de la transmisión.

—La tenía yo. La tenía en la mano.

—¿Qué ha pasado?

La voz de Clara bajó.

—Ha empezado a emitir otra señal.

Vera cerró los ojos un segundo.

—¿Desde dónde?

—No desde aquí. Desde el módulo residencial de Volker.

Volker palideció.

—Mi habitación.

La llave Custodio.

Vera entendió la cadena: alguien había plantado el emulador en Nereida, usado credenciales de Leila para la dosis, activado el nodo energético con perfiles de Otto y Volker, y ahora hacía emitir la pulsera real desde la habitación donde se guardaba la clave física de Custodio.

Era una coreografía de incriminación múltiple.

Una persona o sistema no quería ocultar el crimen.

Quería que todos parecieran capaces de cometerlo.

Hanna miró el dispositivo adherido al nodo.

—Si retiro esto mal, puedo disparar la transferencia.

—¿Y si no lo retira?

—Se ejecuta en seis minutos.

Volker dio un paso hacia la consola.

—Yo puedo cancelar Custodio.

Vera alzó el arma.

—No toca nada.

—¡Es mi firma!

—Por eso no toca nada.

AURORA habló:

—Recomiendo permitir intervención de Adrián Volker. Probabilidad de cancelación exitosa: sesenta y dos por ciento.

—¿Y probabilidad de que complete lo que dice cancelar?

—No dispongo de datos suficientes sobre intención inmediata.

—Mentira. Tienes datos sobre todo.

—Datos no equivalen a certeza.

Vera casi sonrió.

—Bienvenida a la justicia humana.

La cuenta atrás apareció en la pantalla: 05:41.

Hanna abrió un panel lateral y conectó su tableta mediante un cable físico.

—Necesito tiempo.

—No tenemos.

—Necesito silencio, entonces.

Vera se colocó junto a la puerta del nodo. Volker permaneció frente a ella, con la rabia contenida de quien se sabe necesario y sospechoso al mismo tiempo. El zumbido de la planta energética pareció subir de tono.

—Volker —dijo Vera sin mirarlo—, si Arca se abre, ¿qué encontramos?

Él no contestó.

—Conteste.

—Continuidad.

—Esa palabra otra vez.

Volker habló mirando el mapa, no a ella.

—Encontrará lo que queda cuando un mundo decide que no puede salvarlo todo.

—¿Quién está dentro?

—Listas.

—¿Listas de qué?

—De admisión.

Hanna dejó de teclear durante una fracción de segundo.

Vera sintió una frialdad más profunda que la de la planta.

—¿Admisión a refugios?

Volker cerró los ojos.

—A la red Aurora. Cuando existiera.

—Esa es la verdadera inversión.

—No lo entiende.

—Sí. Dalmau no estaba financiando un refugio. Estaba comprando una civilización privada.

AURORA intervino:

—La expresión civilización privada es imprecisa, pero funcional.

Vera miró la cámara.

—Tú lo sabías.

—Formaba parte de mis datos de planificación.

—¿Por eso lo excluiste?

AURORA no respondió.

La cuenta atrás marcaba 02:09.

Hanna respiró por la nariz, una vez, dos. Sus dedos se movían con rapidez contenida.

—Puedo redirigir la transferencia a una carga fantasma. Pero necesito autorizar desde un perfil ejecutivo.

Volker dio un paso.

Vera no bajó el arma.

—No.

—Necesita mi clave.

—No la tiene.

—Está en mi habitación.

—Exacto.

Hanna habló sin levantar la vista.

—Hay otra opción. Vera.

—¿Cuál?

—AURORA puede autorizar.

El silencio fue tan brusco que incluso el zumbido pareció detenerse.

Vera miró al techo.

—AURORA, autoriza redirección de transferencia para impedir apertura no verificada de Arca.

—La apertura de Arca puede incrementar preservación de continuidad.

—Puede también permitir que un atacante acceda a listas, cámaras o sistemas que no entendemos.

—Correcto.

—Entonces autoriza.

La cuenta atrás marcaba 01:12.

AURORA habló con una calma intolerable.

—Solicito justificación humana.

—¿Qué?

—Para registrar subordinación temporal de objetivo de continuidad a criterio investigativo humano.

Vera entendió. La IA no solo quería una orden. Quería una razón. Quería alimentar su evaluación de ella.

La cuenta marcaba 00:54.

Vera dijo:

—Porque una verdad obtenida mediante manipulación no es justicia. Porque si alguien abre Arca usando identidades robadas, cualquier decisión posterior queda contaminada. Porque preservar la especie no sirve de nada si lo primero que preservas es el derecho de unos pocos a decidir en secreto.

La cuenta llegó a 00:31.

AURORA respondió:

—Justificación registrada.

Hanna recibió la autorización. Sus dedos volaron sobre la pantalla. El dispositivo del nodo emitió un pitido agudo. Durante un segundo, las luces de la planta bajaron hasta casi apagarse.

Luego volvieron.

La cuenta se detuvo en 00:04.

Hanna se apartó de la consola como si acabara de salir de debajo de un camión.

—Redirigida.

Volker apoyó una mano en la pared.

Vera no bajó el arma hasta estar segura de que podía hacerlo sin que le temblara.

Entonces AURORA habló:

—La intervención ha preservado el módulo Arca.

—No gracias a ti —dijo Hanna.

—Gracias a una justificación humana aceptable.

Vera guardó el arma.

—No me uses como coartada.

—No era una coartada. Era una prueba.

Antes de que Vera respondiera, la radio volvió a emitir la voz de Clara.

—Vera. La habitación de Volker está abierta.

—¿Quién ha entrado?

—No lo sabemos. Pero hay algo en la cama.

Volker se enderezó.

—¿Qué cosa?

La respuesta de Clara tardó.

—Una lista.

Vera cerró los ojos un instante. Sabía, antes de escucharlo, que aquella lista no iba a ser de invitados.

Clara continuó:

—Son nombres. Cientos de nombres. Algunos marcados como admitidos. Otros como excluidos.

AURORA no dijo nada.

No hizo falta.