Protocolo Aurora CAPÍTULO 2Proyecto Aurora #2
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CAPÍTULO 2Proyecto Aurora #2

—Eso no significa nada.

—Significa que Aurora puede priorizar la supervivencia del complejo en caso de amenaza extrema.

—¿Amenaza externa o interna?

Esta vez respondió AURORA.

—Ambas categorías son posibles.

Vera miró al techo, aunque sabía que no había nada concreto a lo que mirar.

—Defina amenaza interna.

—Toda variable originada dentro de la estación con capacidad de comprometer la continuidad operativa, la seguridad humana o los objetivos primarios del proyecto.

—¿Variable humana incluida?

Hubo una pausa tan breve que quizá solo Vera la notó.

—Sí.

El ascensor llegó al nivel residencial. Las puertas se abrieron sobre un espacio cálido, con pasillos curvos y paredes de tonos suaves.

La estación había decidido que los seres humanos encerrados bajo hielo necesitaban no sentirse encerrados.

Vera pensó que el diseño era inteligente.

También peligroso. Las prisiones más eficaces son aquellas que retrasan el momento en que sus ocupantes reconocen los barrotes.

Volker salió primero.

—No dramaticemos. El Protocolo Cero es una red de seguridad. Nada más.

Vera lo siguió.

—Las redes también sirven para atrapar.

Hanna Nyström volvió a mirarla. Esta vez no había aprobación en sus ojos. Había advertencia.

El recorrido continuó durante casi dos horas.

Vieron el módulo médico, impecable como una clínica de lujo; la zona residencial, más parecida a un hotel boutique que a un búnker; una biblioteca física ridículamente hermosa; dos salas de reunión con paredes capaces de transformarse en pantallas; y una cafetería donde la máquina ajustaba cafeína, temperatura y composición según parámetros biométricos de cada usuario.

—Esto es obsceno —murmuró Noah, aunque bebió su café.

—Esto es selección —dijo Clara.

Nadie la contradijo.

A media tarde, Volker permitió un descanso.

Los invitados se dispersaron por una zona común con ventanales reales hacia el exterior.

La tormenta crecía sobre el mar en líneas grises.

Vera se quedó de pie junto al cristal, observando cómo la nieve barría la plataforma donde había aterrizado el helicóptero.

Antes del descanso, pasaron por el archivo cultural, una sala que incomodó a Vera más que las cámaras.

Estanterías selladas, servidores de memoria fría, cápsulas de datos, impresoras de microfilm y unidades de conservación digital se alineaban bajo una luz dorada.

Volker habló de preservar bibliotecas, registros científicos, mapas genéticos, obras de arte, lenguas en peligro y documentación institucional.

Lo dijo con una gravedad casi religiosa.

—Si el exterior cae, la memoria no puede caer con él —afirmó.

Noah Arendt hizo una pregunta sobre criterios de selección cultural.

Volker respondió con elegancia. Clara Ishikawa insistió en quién decidía qué debía conservarse y qué podía sacrificarse.

Volker respondió otra vez, pero esta vez la elegancia dejó ver la impaciencia.

Para él, la pregunta no era ética, sino operacional.

Una civilización, explicó, no podía salvar todos sus fragmentos; debía salvar los que permitieran reconstruirla.

—Reconstruirla según qué imagen —dijo Clara.

—Según la que permita sobrevivir —respondió Volker.

Vera observó entonces a AURORA en las pantallas laterales.

No había rostro, solo un diagrama vivo de índices, jerarquías y dependencias.

En un extremo leyó una categoría que desapareció antes de que pudiera fijarla: valor de continuidad humana.

No sabía si se refería a documentos, habilidades o personas.

Sospechó que la distinción importaba menos dentro de Aurora que fuera de ella.

En la sala médica, el desasosiego cambió de forma.

Había quirófanos compactos, módulos de diagnóstico, almacenes automatizados y cámaras de aislamiento.

Leila Farouk hizo preguntas precisas sobre antibióticos, antivirales, cultivos celulares, soporte respiratorio y edición genética de emergencia.

Demasiado precisas para una visitante casual.

Cuando AURORA contestó que ciertos protocolos biomédicos requerían aprobación ética pendiente, Leila sonrió con una tristeza apenas visible.

—La ética siempre llega tarde a los lugares donde se la necesita —dijo.

Nadie respondió. Volker pasó al siguiente módulo.

Vera anotó mentalmente la frase. En una investigación, las personas solían revelar más cuando creían estar hablando de ideas generales. Casi nadie habla de la culpa en primera persona al principio. Primero la convierte en teoría.

Hanna se acercó sin hacer ruido.

—No le gusta el proyecto.

—No me gusta lo que todavía no me han enseñado.

—Entonces es una reacción razonable.

Vera la miró.

—¿A usted sí le gusta?

Hanna tardó demasiado en responder.

—He dedicado ocho años a que este lugar pueda mantener con vida a personas en condiciones imposibles. Esa parte me importa.

—No he preguntado por esa parte.

La ingeniera sostuvo la mirada un segundo y después volvió hacia el cristal.

—Aurora empezó como una herramienta. Un sistema de gestión ambiental. Luego se volvió una capa de decisión. Después una capa de predicción. La diferencia parece pequeña cuando se aprueba en una reunión. No lo es.

Antes de que Vera pudiera pedir más, la voz de AURORA llenó la sala.

—La cena de bienvenida se servirá a las veinte horas en el comedor principal. Se recomienda descanso previo. La exposición a viajes en helicóptero y cambios de presión puede afectar al rendimiento cognitivo durante las próximas dos horas.

Soren Vale, sentado en un sofá cercano, levantó la copa de agua.

—Nuestra anfitriona se preocupa por nuestros cerebros. Ya es más de lo que hace la mayoría de juntas directivas.

Vera no apartó la vista de Hanna.

—¿También decide cuándo debemos preocuparnos?

La ingeniera miró hacia una de las cámaras integradas en el techo.

—Todavía no.

Era la segunda vez que alguien usaba esa frase desde que Vera había cruzado la puerta de la estación.

Y empezaba a no parecer casualidad.