Protegiendo lo que es mío (Jugando con el Peligro 3) 28 Zane
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28 Zane

ZANE

Ala mañana siguiente, me duele todo. Cada músculo, cada articulación, cada hueso. Nunca había apreciado la importancia de las categorías de peso en las MMA como ahora.

Por suerte para mí, Laney me mima desde el momento en que abro los ojos. Me arregla las almohadas, me trae el desayuno a la cama y se asegura de que me cambien los vendajes y me limpien los cortes. Es un poco excesivo, pero no voy a mentir: disfruto cada minuto de sus atenciones.

No veo el momento de sentirme un poco mejor porque planeo llevarla a la cama y adorar cada centímetro de su precioso cuerpo. Pero primero necesito recuperarme un poco. Calculo que en un par de días estaré lo suficientemente bien como para empezar a divertirme entre las sábanas.

No hay mucho tiempo para hacer cosas hoy porque llama un detective de policía y quiere hablar con nosotros.

Laney me ayuda a ducharme, lo cual es pura tortura porque lo único que quiero hacer es desnudarla, empujarla contra los azulejos y empotrarme dentro de ella.

Pero mis costillas magulladas no lo permiten y cada vez que me muevo, gritan de dolor.

Después de mi ardiente ducha, Laney me ayuda a vestirme. Le agarro la muñeca y la acerco —Ojalá me estuvieras desvistiendo en lugar de vestirme⁠—.

—Pórtate bien— me dice con una pequeña sonrisa —No vamos a hacer nada hasta que yo no esté segura de que te sientes mejor⁠—.

—En realidad, puede que ya me sienta mejor— digo mientras le levanto la camisa.

Ella apoya un dedo en mi costado y me estremezco —¡Ay, joder!— refunfuño.

—Buen intento, Zane. Pero lo siento. Nada de sexo ni tonterías hasta que te cures más⁠—.

—Sabes que lo que va a matarme es la abstinencia— le digo, y ella se ríe.

—Difícilmente—.

Laney nos lleva a la comisaría y nos reunimos con el detective que llamó.

Nos guía a su despacho y nos tiene allí casi dos horas.

En cuanto se da cuenta de que queremos cooperar y que mi padre es Jonathan Maddox, la conversación se vuelve fluida y amistosa.

Ninguno de los dos le debe lealtad a Spence Leeland, así que no tenemos nada positivo que decir en su favor, eso desde luego.

En lo que respecta a Marcus King, noto que Laney está un poco dividida.

Después de todo, es el hombre que la crió, aunque no hizo un muy buen trabajo.

Pero le cuenta al detective todo lo que sabe.

Como Marcus hizo la llamada y no estaba involucrado en la red de peleas clandestinas con Leeland, tengo la sensación de que las cosas pueden terminar mejor para él que para Leeland.

La verdadera pregunta, sin embargo, es ¿tiene todo esto que ver con la investigación de mi padre con la DEA?

Descubrimos que sí.

Al parecer, sale a la luz que Reaper también traficaba drogas para Leeland, y así es como se conocieron originalmente.

Leeland siempre tuvo un amor por ganar dinero y por las peleas, así que decidió unir ambas cosas hace aproximadamente un año.

Empezó a organizar las peleas a muerte en su rancho de Santa Clarita y sabía que nadie podría vencer a Reaper.

Gracias a sus muchos años tratando con gente rica, privilegiada y aburrida, no fue demasiado difícil captar su interés y vender cien entradas para un combate a muerte.

Anoche fue la quinta pelea y la primera vez que Reaper perdía.

Todavía me alegra haber podido derribar a ese cabrón con un movimiento legal. Espero que disfrute de su celda y tenga mucho tiempo para pensar en los cuatro luchadores anteriores a los que golpeó hasta la muerte en esa jaula de alambre de púas.

Después de nuestra reunión con el detective, nos dirigimos al ginecólogo de Laney. Pensé que debería ir a que el médico comprobara que todo está bien, especialmente después de las drogas que le inyectaron cuando la secuestraron y también de todo el estrés al que estuvo sometida.

Es extraño estar en la sala de exploración con ella, pero no hay ningún otro lugar en el mundo donde prefiera estar. Me coloco a su lado y le sostengo la mano, asegurándole que todo va a salir bien. El médico hace algunas pruebas y nos dice que nuestro bebé está fuerte y sano.

Gracias a Dios. Me desplomo contra la mesa y le aprieto la mano.

—¿Cuándo podremos saber el sexo del bebé? —pregunta Laney.

—Normalmente durante la ecografía de mitad del embarazo —responde la doctora—. La haremos entre las semanas 18 y 22.

Ambos estamos ansiosos por saberlo, pero de repente me doy cuenta de que aún nos quedan muchas cosas por resolver. No hemos hablado de qué pasará después de que nazca el bebé. ¿Y qué será de nosotros?

En mi corazón sé que jamás volveré a dejar escapar a esta mujer.

La amo más con cada respiración que tomo, y quiero casarme y criar a este bebé juntos.

Pero no tengo ni idea de lo que ella quiere o en qué está pensando.

¿Cree que es demasiado pronto para que me vuelva a comprometer?

¿Confía en mí? ¿Siquiera está abierta a la idea de casarse conmigo?

Decido que esta noche nos sentaremos a tener una conversación seria.

Mientras tanto, quiero pasar por casa de mis padres y contarles todo lo que ha pasado. Lo bueno, lo malo y lo feo.

Jonathan y Elizabeth nos reciben con los brazos abiertos, como era de esperar.

Cuando mis padres me ven, se quedan horrorizados con los moratones y rasguños, pero les digo que estaré bien.

Empiezan a hacerme mil preguntas, como por qué dejé la gira y qué ocurrió, y me llevo una mano a la cabeza, esperando que no me dé un dolor.

Tenemos mucho que contar y cuanto antes, mejor.

Laney se da cuenta y saca el frasco de analgésicos de su bolso. —Deberías tomarte un par.

Pero niego con la cabeza. —Prefiero una cerveza —digo, y mi padre asiente.

—Voy a traer un par. Tengo la sensación de que voy a necesitar algo de alcohol después de oír esta historia.

Cuando regresan, mi padre me pasa la botella de cerveza y mi madre sale con una bandeja de galletas y limonada.

Nos sentamos y les presento oficialmente a Laney.

Intercambian cumplidos y mis padres saben que es la hijastra de Marcus King.

Pero dejé muy claro durante nuestra conversación telefónica de camino aquí que estoy locamente enamorado de ella y que su lealtad está conmigo, no con él.

—¿Qué está pasando, Zane? —pregunta mi padre, y empiezo a contar la historia. Les explico cómo me fui de gira y luego recibí una llamada diciéndome que volviera.

—Me dijeron que me reuniera con Leeland o harían daño a Laney. Pero no solo a Laney... —Mi voz se desvanece y aprieto los puños.

Laney alarga la mano, la posa sobre la mía y compartimos una mirada.

—Vamos a tener un bebé —anuncio.

Por un momento, mis padres parecen atónitos, pero luego estallan en felicitaciones. Mi madre se levanta de un salto y nos abraza a ambos, y mi padre choca su botella contra la mía.

—Te habría dado una palmada en la espalda, pero no estoy seguro de que puedas soportarlo, Mad Dog —dice.

—Por favor, nada de golpes. Al menos no durante un buen tiempo —respondo.

Les cuento que Leeland quería que me enfrentara a Reaper en un combate en jaula, y a mi madre se le llenan los ojos de lágrimas cuando les digo que se suponía que era una pelea a muerte sin reglas.

—Dios mío —murmura.

—Leeland va a pagar por esto —dice mi padre—. No conseguí pruebas suficientes para condenarlo por drogas, pero esto será su perdición.

—Cuando hablamos con el detective de policía antes, nos dijo que este era el quinto combate del año.

—Eso significa que Leeland está detrás de la muerte de otros cuatro hombres y Dios sabe quién más —añade Laney.

—Cabrón —gruñe mi padre—. Solo me alegro de que vosotros dos estéis bien. ¿Cómo diablos conseguisteis escapar?

Laney y yo hablamos brevemente sobre la pelea, pero no entramos en detalles escabrosos.

—Fue Marcus quien llamó a la policía —explico—. Al parecer, cambió de opinión sobre sacrificar a Laney y al bebé.

—¿Crees que irá a la cárcel? —pregunta Laney.

—Supongo que todo depende de los cargos que le imputen. Técnicamente, todas las pruebas parecen llevar a Spence Leeland —dice mi padre—. Él estuvo detrás del secuestro, las amenazas y la pelea. Supongo que solo el tiempo lo dirá.

Seguimos hablando durante una hora más o menos, y mis padres nos invitan a cenar.

Mi madre prepara unos espaguetis y Laney ayuda haciendo una ensalada.

Me acerco a la cocina y las observo un momento, charlando como viejas amigas.

Me encanta cómo se llevan tan bien y cómo Laney encaja perfectamente con mi familia.

Justo antes de servir la cena, Sasha irrumpe en escena, un torbellino de preguntas, y Kai aparece justo detrás de ella.

—Espero que no os importe, pero los he llamado —dice mi padre—. Pensé que querríais ponerlos al día de todo lo que ha pasado.

Lo último que me apetece es volver a contar la historia, por tercera vez hoy, pero mejor hacerlo de una vez, porque sé que mi hermana y mi mejor amigo están preocupados y mueren por saber qué pasó.

Sobre todo Kai, ya que me marché y lo dejé en Nueva York ocupándose de mi repentina salida de la gira.

La buena noticia, dice Kai, es que no hay forma de que la UFC me lo tenga en cuenta cuando había vidas en juego y me vi obligado a tomar una decisión bajo coacción.

Sinceramente, no he pensado ni un solo segundo en la UFC, y me importa una mierda lo que decidan hacer. Las vidas de mi mujer y de mi hijo por nacer estaban en juego. Que me multen si quieren. ¿Qué más me da?

Laney y yo repasamos los acontecimientos de los últimos días mientras cenamos. Cuando Sasha ofrece servirle un vaso de vino a Laney y ella lo rechaza, mi madre aplaude entusiasmada y le contamos que va a ser tía.

—¿Qué? —exclama—. ¿Lo decís en serio? —Da un grito de alegría y abraza a Laney. Cuando se gira para abrazarme a mí, levanto una mano.

—Con cuidado, por favor —digo, y al final me da unas palmaditas en la cabeza. Uno de los pocos sitios que no me duele.

Después de la cena, estoy agotado, y Laney anuncia que necesito irme a casa y dormir un poco.

Nos despedimos y, menos de una hora después, Laney me tiene en la cama, arropado contra un montón de almohadas.

Me hizo tomar dos pastillas más para el dolor y, no voy a mentir, me siento como nuevo.

Probablemente porque, entre la cerveza y las pastillas, ya casi no siento dolor. Todo está como adormecido y borroso.

De hecho,…

Deslizo los dedos alrededor de su muñeca y la atraigo hacia mi regazo. —¿Sabes cuánto te deseo? —pregunto.

—Zane —me regaña—. No podemos. Te vas a hacer daño y…

—Me siento bien, cariño —le digo—. Además, ¿no te gustaría ayudarme a sentirme aún mejor? —La acerco hacia mí hasta que queda a horcajadas sobre mis muslos y ella apoya suavemente las manos en mi pecho desnudo.

—No te dio en los huevos —admite con una pequeña sonrisa burlona y desliza un dedo por mi clavícula.

—No, no lo hizo, así que ahí no hay dolor. Al menos no por la pelea —digo. Porque estoy empezando a sentir un dolor, pero no tiene nada que ver con Reaper y todo que ver con la forma en que Laney me está tocando.

—¿Qué más no te duele? —pregunta.

Señalo mi ojo, y ella deposita un suave beso en su esquina.

—¿En algún otro sitio?

Toco mi frente con un dedo, y ella se inclina para presionar sus labios suaves allí. —¿Y aquí? —pregunta, con las yemas de los dedos trazando círculos alrededor de mi pezón plano—. ¿Alguna molestia?

—Creo que estoy bien —digo, y ella se inclina y pasa su lengua primero alrededor de mi pezón derecho y luego del izquierdo.

—¿Y estás seguro de que todo funciona bien aquí abajo? —Baja una mano y cubre el bulto que crece contra mi pijama.

—¿En serio tienes que preguntar?

Sonríe, me baja la cinturilla del pijama y mi polla salta libre, lista y deseando acción. Cuando sus manos me envuelven, me recuesto contra las almohadas y suspiro, dejando que tome el control. Sus caricias aumentan en velocidad y presión, llevándome al borde del orgasmo, pero me contengo.

—Espera —le digo, con la voz ronca. Le agarro las caderas y la guío sobre la punta reluciente de mi polla. Se deja caer y gimo, llenándola—. Estás tan jodidamente mojada —digo.

—Solo por ti —susurra y empieza a mover las caderas.

—Supongo que no tenemos que preocuparnos por la protección —comento.

—Me temo que ese barco ya zarpó —aprieta los muslos y acelera el ritmo, llevándome donde quiere. Directamente al precipicio y a un mar de placer.

No tarda mucho en que ambos gritemos y su cuerpo se estremezca alrededor de mí mientras vacío mi semilla caliente dentro de ella. Después, tiene cuidado de no caer sobre mi pecho ni apoyarse en mis costillas.

—Quiero besarte —susurra.

—¿Qué te lo impide?

—Tu labio partido todavía parece un poco hinchado.

Alargo el brazo, deslizo mi mano por su nuca y la acerco. —Bésame, Laney —susurro—. Bésame, al hombre que quiere casarse contigo y pasar el resto de nuestras vidas juntos.

Sus ojos azules se abren como platos.

—Así es. Quiero criar a nuestro hijo juntos y hacerte el amor todas las noches. Cuando me despierte por la mañana, quiero sentir tu cuerpo caliente pegado al mío. Nunca voy a dejarte ir.

Nuestras bocas se encuentran y se abren, las lenguas enredándose en un baile erótico. No me canso de su sabor, de su tacto, y profundizo el beso aún más. Cuando nos separamos, los dos jadeamos y estamos calientes y excitados de nuevo.

—¿Eso fue una propuesta? —pregunta, con los ojos brillantes.

—Sí —agarro su mano, la llevo a mis labios y planto un beso en su dedo anular—. Laney Holland, ¿quieres ser mi esposa?

Las lágrimas brillan en sus ojos y asiente. —No hay nada que desee más.

—Bien, porque eres la única para mí y te quiero tanto que duele.

—¿Estás seguro de que es amor o son tus costillas magulladas? —pregunta con una pequeña sonrisa.

Levanto las manos y acaricio su precioso rostro. La mujer que pronto será mi esposa y la madre de mi hijo. La única mujer por la que he sentido este amor feroz y protector, la única que tuvo el poder de escalar mis muros y abrirme.

—Es amor —le aseguro.