Capítulo 36 #4
Sentirla apretarme mientras se mueve me está llevando al límite, y parece saberlo.
Sus caderas se mueven de forma hipnotizante, arrancándome varios gemidos.
Con cuidado la hago recostarse boca abajo, y me abrazo a su cuerpo.
Una mano recoge su pelo castaño en una coleta, y mientras la penetro fuerte y rápido, mi boca ataca su cuello con besos y mordiscos.
Isobelle gime ahogada, y entonces recuerdo que peso más que ella.
Apoyo los brazos a los lados de su cabeza, sin dejar de moverme.
—¿Amor? ¿M-Mis nalgadas?
Sonrío ante ese pedido, y tras una última embestida, salgo de dentro de ella.
—Solo si me cabalgas bien rico.
Isobelle, que respira agitada, se gira hacia mí y sonríe.
Me siento en el borde de la cama y le tiendo la mano.
Al instante la acepta y viene a acomodarse en mi regazo.
Le quito el sujetador que todavía lleva puesto y le mamo un pecho.
Sus manos se aferran a mi pelo, tirando de él.
La ayudo a sentarse sobre mi miembro, y le muerdo el pezón cuando me hace entrar hasta el fondo.
Todavía con la boca en su pecho, le doy la primera nalgada, y luego dos más, con ambas manos.
—¡Ah! —el gemido sale alto, y con otra palmada, Isobelle empieza a cabalgarme—. ¡Más, amor!
—Te gusta que te den nalgadas, ¿verdad? —pregunto, juntando más nuestros cuerpos—. ¡Responde! —ordeno, dando otra palmada.
—¡Me encanta, amor!
Sus manos se apoyan en mi pecho, haciéndome recostar, y de un impulso me acomodo en medio del colchón.
Isobelle se contonea despacio, y de un modo totalmente erótico se aprieta los pechos.
Cuando los movimientos se vuelven más intensos, sé que está cerca, y no tarda mucho.
Hipnotizado, la veo sonreír mientras se muerde el labio inferior y tiembla encima de mí. Sus uñas me arañan todo el torso.
—¿Muy cansada para seguir?
Isobelle se contonea una última vez, y levanta despacio las caderas hasta que salgo por completo. Sin responderme de inmediato, se recuesta a mi lado mientras intenta calmar su respiración agitada.
—¿Quieres intentarlo ahí?
La miro, y para mi sorpresa, sonríe un poco tímida y pícara a la vez.
—¿Estás segura? —pregunto, y enseguida recibo un gesto de asentimiento—. Ponte de ladito.
Nos acomodamos en el colchón, y la observo recogerse el pelo en lo alto, dejando solo unos mechones sueltos.
La abrazo, acercando su cuerpo sudado al mío, y empiezo a retirar el plug con delicadeza.
Mientras lo saco con cuidado, observo el rostro de Isobelle, que se muerde el labio inferior.
Después de quitarlo, lo dejo sobre la cama y me preparo.
Coloco su mano en un lado del trasero, dejándola más abierta, y cuando ella lo hace, dirijo mi miembro hacia la entrada.
Empujo un poco, y al sentir que la punta del glande entra, gimo y me detengo. Acaricio su cuerpo tembloroso, y deposito un beso en su nuca. La abrazo por el cuello y vuelvo a penetrarla. Mis movimientos son lentos y cuidadosos; la presión que siento en el miembro es insoportablemente placentera.
—A-Amor... ¿ya está todo dentro?
—Solo un poco más... ¿Te duele?
—Un poquito, pero se siente rico. —Sin que se lo pida, empieza a empujar, haciéndome entrar más.
Ya dentro por completo, me paso los dedos por la lengua, y luego la acaricio en el clítoris.
Froto en movimientos circulares mientras sigo moviéndome con cuidado.
En cuanto noto que se muerde los labios y me clava las uñas cortas en el brazo, me permito aumentar el ritmo.
Los gemidos que suelta Isobelle son como música para mis oídos, siempre incitándome a ser más intenso.
Dentro de la habitación, y probablemente también en el pasillo, se oye el sonido de nuestros cuerpos encontrándose con fuerza. Siento que pronto voy a acabar, y contenerme un poco más me está costando trabajo. Todo es tan intenso con Isobelle, porque solo ella me pone en ese estado.
Con su mano sobre la mía, hace que la penetre con los dedos, y sonrío.
—¡Qué mujer tan golosa la mía!
—Esto es tan rico, Mattias...
Mis dedos se mueven rápido, y cuando la siento contraerse a mi alrededor, intensifico todavía más las penetraciones.
Al sentir un escalofrío en la nuca, sé que ya estoy en mi límite.
Entonces, reuniendo las últimas fuerzas que me quedan, la penetro sin parar.
Primero grita e intenta apartar mi mano de entre sus piernas, pero no la dejo.
Isobelle tiembla entre mis brazos, al mismo tiempo que me corro dentro de su calor.
La atraigo por las caderas y me dejo caer de espaldas, haciéndola sentarse con fuerza.
Su cuerpo cansado y sudado se deja caer sobre el mío, y es evidente que Isobelle está completamente exhausta. Con ternura la hago recostarse a mi lado, y hago lo mismo. Parece que hubiéramos corrido una maratón, y así es como se siente mi cuerpo.
No decimos nada, pero cuando me acomodo para dormir, Isobelle viene a mis brazos, y así nos quedamos dormidos.