Capítulo 28
Al sentir una mano bajar por mi pecho y detenerse en la cintura del short que llevo puesto, me pongo alerta.
Abro los ojos de golpe y veo que Isobelle sigue dormida, con casi la mitad del cuerpo encima del mío.
Algunos mechones le cubren el rostro y caen desparramados sobre mi pecho.
Le acaricio la mejilla suave con delicadeza y respiro hondo.
La sensación de tenerla entre mis brazos es indescriptible.
Con cuidado de no despertarla, me deslizo hacia un lado y sonrío cuando, todavía dormida, Isobelle tantea el colchón, busca mi almohada y la abraza enseguida.
Desde el cuarto alcanzo a oír el sonido de la tele encendida, y las voces de Leôncio y los demás. Antes de salir del cuarto, echo un último vistazo a Isobelle y disfruto de la imagen de verla dormir tan serena.
Ya en el pasillo, la voz de mi madre cantando una canción antigua me hace sonreír. Me detengo en el umbral de la cocina y cruzo los brazos.
—Buenos días, mamá.
—Buenos días, hijo. —Sonríe hacia mí—. ¿Y Isobelle? ¿Durmió bien anoche? —su mirada es de preocupación—. ¿Tuvo pesadillas?
—Durmió bien —respondo, y me giro hacia la puerta de la sala, que está abierta—. ¿Todo bien por aquí? Escuché unas voces afuera.
—Fue el chismoso de Leôncio —ríe, y toma el agua caliente para colar el café—. Vino a avisar que oyó por ahí que la hacienda de Benicio va a salir a subasta. No sé quién le dijo eso, pero ya hay compradores interesados.
—Entiendo —comento, pensativo—. Voy a bañarme antes de que Isobelle despierte.
Recibo un asentimiento, y voy a mi cuarto a buscar ropa limpia.
En el baño me lavo los dientes y luego me meto bajo la ducha.
Me baño pensando en la boda y en las consultas que Isobelle necesita hacer.
Después de la boda, empezaré a remodelar la casa donde viviremos, Isobelle, nuestros hijos y yo.
Y cuando ella esté lista para mudarse, hablaré con mi madre y me pondré manos a la obra con la remodelación que esta casa también necesita.
Trabajaré el doble, pero valdrá la pena.
En cuanto termino de bañarme, me pongo los calzoncillos, el pantalón, y voy hacia el cuarto de mi madre. Abro la puerta despacio y, para mi sorpresa, Isobelle está sentada en la cama, quitándose la bota. Frunzo el ceño ante esa escena, y ella me sonríe como si supiera que la habían pillado.
—Me pica el pie —dice, mostrándomelo—. Esta bota molesta mucho, ¿sabías?
—Pero es necesaria —respondo, yendo hacia la cómoda donde está el desodorante—. Una vez me disloqué el hombro, tuve que llevar el brazo en cabestrillo unos días.
—¿En serio? ¿Y cuándo fue eso?
Asiento y empiezo a ponerme la camisa.
—Fue en la universidad. Salía con una compañera, y una vez intenté subir al árbol que daba acceso a su ventana. —Digo mientras me abrocho los botones—. Perdí el equilibrio y me caí. Perdí algunos exámenes prácticos, pero al final salió bien.
Cuando termino de hablar, vuelvo la atención hacia Isobelle. No entiendo por qué la veo con los brazos cruzados, con una expresión confundida.
—«¿Al final salió bien?». ¿Lograste subir hasta su ventana?
—No, yo...
—Me imagino que aprovecharon bastante —dice, interrumpiéndome. Me quedo unos segundos en silencio, tratando de entender qué dije mal—. Pero qué bueno que todo salió bien.
Isobelle se recoge el pelo y se prepara para bajar de la cama.
—¿Dije algo mal? —pregunto, acercándome a ella.
—No —niega con la cabeza y, sin mi ayuda, se pone de pie—. ¿Por qué crees eso?
—Oye, espera —le pido, y la atraigo hacia mí—. No fue mi intención molestarte. Solo comenté algo que me pasó, porque yo también tuve que usar uno de esos para curarme pronto.
Le toco el mentón y suelto un suspiro al ver las lágrimas.
—Lo sé, fui tonta. Tal vez me dio un poco de celos, creo —murmura en voz baja, haciéndome sonreír, y le seco las lágrimas tercas—. Y tengo hambre, quiero un pedazo del flan que hizo tu madre para mí.
—Bel —hago que me mire—. No importa con quién haya estado antes, hoy y siempre voy a ser completamente tuyo.
Sonrío, y cuando me devuelve la sonrisa, me acerco para besarla, pero enseguida me detiene.
—Solo no digas más cosas así —me pide, y asiento—. Yo no fui de andar de novia en novia en la universidad, así que no puedo tener esos celos.
—Justo.
—A no ser que cuenten los coqueteos que recibía —vuelve a hablar, y al instante la miro con seriedad—. Porque recibía muchos. De alumnos y de profesores.
—Te gusta provocarme, ¿verdad? —pregunto, y la abrazo por la cintura—. Te mereces unas buenas nalgadas.
Isobelle sonríe, aparta la mirada y se queda en silencio. Trago saliva; estoy respetando el tiempo que ella necesita, y no quiero que piense que estoy siendo insensible. Todavía en silencio, la ayudo a elegir la ropa y caminamos hacia el baño.
—Mattias... —me llama en cuanto se detiene frente a la puerta del baño. La miro un poco tenso, y entrecierro levemente los ojos al verla sonreír con picardía—. Los profesores no me tiraban los tejos, eran solo los alumnos.
La sonrisa que me lanza es la de alguien que sabe exactamente cómo avivar mis celos. Niego con la cabeza mientras apoyo la mano en el marco de la puerta del baño.
—Ahora me quedo más tranquilo con esa información —digo con ironía, haciéndola sonreír más—, pero tengo que decir que estás siendo muy mala.
—Tal vez sí necesite esas nalgadas —murmura, dejándome sorprendido—. Ya salgo.
Sin esperar respuesta mía, cierra la puerta.
Con esa frase suya rondándome la cabeza, camino hacia la cocina.
¿Era eso una señal de que no había sido tan insensible?
Antes de llegar a mi destino, veo la camioneta tan conocida entrar por la tranquera.
Con un suspiro me dirijo hacia la puerta, y con los brazos cruzados observo a Álvarez bajar, seguido de su esposa.
—¡Buenos días, Mattias! —Agnes me sonríe; en las manos trae una cajita pequeña con un lazo delicado—. Vine a ver a Isobelle, espero que no te importe.
—Buenos días, señora Álvarez. No, para nada. Isobelle está bañándose. Pueden pasar.
Le doy espacio para que entre y espero a que Álvarez pase también. Sin embargo, se queda parado, mirándome.
—Hablemos, Mattias.
Asiento y miro hacia atrás. Mi madre y Agnes cuchichean algo, sonrientes. Vuelvo la vista al frente y le indico el camino hacia el corral. Caminamos en silencio; siento curiosidad por saber qué más acusaciones me hará.
—Te conozco desde hace bastante tiempo, Mattias. Sé que eres trabajador, buena persona, honesto, y en estos días en que pasó todo... sé que no fui justo contigo.
—Álvarez, yo...
—Llámame Antonio —pide, deteniéndose frente a mí—.
Fui muy injusto contigo, egoísta... no me enorgullece, pero espero que me perdones.
No quiero estar lejos de mi hija, ni de mis nietos.
Ya perdí muchos años de su vida, y en esta etapa quiero estar presente —mientras lo dice, noto que habla con sinceridad—, pero para eso necesito que me perdones por todo lo que dije.
Con los brazos cruzados, lo miro fijamente unos segundos, pero al final asiento con la cabeza. No vale la pena prolongar esa situación.
—Está bien, todos estábamos con la cabeza caliente y no pensamos con claridad. Usted dijo lo que pensaba, yo quise partirle la cara. —En cuanto lo digo, frunce el ceño, pero enseguida sonríe—. Solo que eso ya pasó, y no quiero que se aleje de Isobelle, ella lo quiere mucho.
Antonio respira aliviado y me dedica una breve sonrisa.
—Gracias, Mattias.
—No hace falta agradecer —digo, dando media vuelta—. ¿Es verdad lo que dicen? ¿Que la hacienda de Benicio va a salir a subasta?
—¿Ya lo sabías? —pregunta, confundido—. Sí, parece que Benicio tenía una deuda enorme con Hacienda. El difunto alcalde también estaba metido en todo eso, pobre viuda. Pero, ¿por qué la pregunta? ¿Te interesaban las tierras? ¿Pensabas comprarlas? Por cierto, ¿ya sabes dónde vas a vivir con mi hija?
—Sí, de eso no tengo que preocuparme —respondo, y miro hacia la entrada del porche.
Isobelle está allí, mirando en nuestra dirección.
Lleva un vestido, el pelo mojado—. Compré aquel terreno donde antes estaba la posada tan conocida.
Va a necesitar remodelación, pero me pondré con eso después de la boda.
—Entiendo. ¿Piensan casarse por la iglesia? —pregunta, y asiento—. Perfecto, la boda y la fiesta corren por mi cuenta. —Avisa, y cuando ve que voy a decir algo, continúa—: Es la boda de mi única hija, Mattias. Insisto en pagarlo todo. ¿De acuerdo?
Al terminar de hablar, me tiende la mano.
Vuelvo a mirar hacia el porche, y veo a Isobelle acercarse dando saltitos hasta apoyarse en la baranda.
—De acuerdo. Gracias.
Sonreímos y retomamos el camino.
Ya cerca de la escalerita de la terraza, Isobelle sonríe más y nos mira.
—Hablaron rápido, ¿eh? —dice Isobelle; mi mirada va hacia su pie lastimado, sin la bota—. ¿Se arreglaron?
—Sí, hija. Perdóname por haberte preocupado, no va a volver a pasar.
Los dos se abrazan, y segundos después se separan y ella me mira.
—Agnes nos trajo unos regalos —ríe, y me tira de la mano. Rápidamente la abrazo por la cintura, evitando que apoye el pie lastimado en el suelo—. En realidad, los regalos no son para nosotros.
Al llegar a la sala, veo a mi madre sentada en el sofá sosteniendo unos zapatitos de crochet. Sonríe emocionada, igual que Agnes. Voy hasta el sofá y ayudo a Isobelle a sentarse.
—Me puse tan contenta cuando supe de tu embarazo —dice sonriente—. Mi hijo, Javier, tiene treinta y cinco años y todavía no me ha dado ese regalo. Lleva dos años comprometido, y de boda, nada.
Antonio se sienta al lado de su esposa y toma uno de los zapatitos.
—Isobelle tenía uno así —comenta, sonriendo—. Cada vez que se lo ponía parecía una muñeca... —Tras un suspiro, veo que se emociona. Miro a Isobelle y está llorando en silencio—. Eras tan pequeña, hija, y hoy estás formando tu propia familia.
—Amore —susurra Agnes con cariño—. Últimamente estás tan llorón.
—No estoy llorando —replica, soltando un suspiro—. Bueno, sobre la boda, ¿ya tienen una fecha?