Capítulo 27 #3
Desde la oscuridad del pasillo, veo cómo una mirada brillante se fija en mí.
Trago saliva y, sin darme cuenta, inclino el cuerpo hacia adelante intentando ver mejor.
El sonido de algo afilado arrastrándose por el suelo me hace fruncir el ceño, y en el instante en que saco una pierna de la cama, intentando ir a cerrar la puerta: la veo.
El rugido desgarra la noche tan rápido como el ataque del jaguar, y cuando salta sobre mí, me despierto.
Me incorporo en la cama, temblando y llorando. La puerta del cuarto se abre de golpe, pero esta vez es Mattias, con la mirada asustada. Me tapo el rostro con las manos y me permito llorar.
—Oye, tranquila —Mattias susurra, abrazándome—. Todo está bien, mi amor. Estás a salvo. Estoy aquí.
—El j-jaguar... me atrapó, estaba aquí.
—Shhh... fue una pesadilla, Bel. Nadie va a entrar aquí a hacerte daño.
Lo abrazo, todavía asustada, y por encima de su hombro veo a Rosalinda con la mano en el pecho.
—¿El jaguar...?
—Lo atraparon al final de la tarde —me responde—. No tienes que preocuparte. Después de algunos exámenes, lo van a reinsertar en su hábitat natural. Muy lejos de aquí.
Cierro los ojos.
—¡Tuve tanto miedo! Allí con ella... cuando fuiste a buscarme, deseé que te fueras...
tuve miedo de que se enojara con el ruido y me atacara.
—Me aparto para mirarlo—. ¡Tenía miedo! —vuelvo a decir, y él asiente.
Parece contenerse para no derrumbarse—. Podría haber hecho algún ruido, pero me quedé paralizada.
Estaba tan cerca de mí, no podía moverme, no podía...
Sigo llorando, me siento tan frágil.
—Ya pasó todo —murmura; puede que sean imaginaciones mías, pero su voz suena quebrada—. Ya no tienes que tener miedo.
Me quedo abrazada a él hasta sentirme más tranquila, y cuando eso pasa, me aparto para secarme el rostro. Miro mi pie y la bota sigue ahí.
—Perdón.
—No tienes que pedir perdón —dice, sosteniéndome el rostro con las dos manos—. No debí alejarme. Solo fui a beber agua, tu grito me asustó.
—Pensé que te habías despertado. —Comento, llevándome una mano al pelo—. Asusté a tu madre.
—No pasa nada —dice con comprensión—. ¿Qué tal si vamos a comer? Ya son las siete de la tarde.
—Quiero ir al baño primero —respondo, y me arrastro hasta el borde del colchón—. ¿Crees que de verdad necesito usar esta bota?
—Solo por ahora. —Confirma, y me toma en brazos—. Sin ella, seguro que se te olvidaría y tratarías de forzar el pie.
Al llegar al baño, entro sola y, después de unos minutos, salgo. Cuando Mattias hace ademán de cargarme, lo detengo e intento sonreír.
—Te voy a dar un descanso.
—Me gusta tenerte en mis brazos —replica, pasando un brazo por mi cintura—. ¿Qué cuesta dejarme consentirte?
Antes de que pueda responderle, llegamos a la cocina; Rosalinda toma sorbitos de lo que parece ser un té. Al verme, sonríe y deja la taza sobre la mesa.
—¿Más tranquila?
—Sí, solo fue una pesadilla. —Me encojo de hombros y carraspeo—. Descansé más de lo que esperaba.
Rosalinda sonríe y se pone de pie.
—Lo que importa es descansar bien. Voy a servirte el plato, tienes que alimentarte como es debido. —Asiento de inmediato y me siento a la mesa. Observo a Rosalinda tomar un plato y destapar algunas ollas—. Hice un flan de chocolate, era para que lo comieras cuando despertaras por la tarde.
—Gracias, usted es muy amable conmigo.
Sonrío y recibo una sonrisa rápida de vuelta.
—No me dejó comer ni un pedazo —comenta Mattias, sentado a mi lado—. Y casi me pega cuando intenté agarrar uno a escondidas.
—Claro que no te dejé —replica Rosalinda, acercándose con el plato de comida—. Lo hice para Isobelle, ¿te llamas Isobelle, verdad?
Miro a Mattias, que tiene los brazos cruzados y mira a su madre con el ceño fruncido, pero sé que en realidad no está molesto. En cuanto siento el olor de la cena, tomo el tenedor para empezar a comer.
—Gracias. ¿Va a volver a la casa de Marcos?
—Voy a ir después —responde, sentándose frente a mí—. Él entiende que necesito estar aquí para ayudarte. Liliane por ahora no está trabajando, así que dijo que podía ayudar a cuidar a los mellizos.
Me recuesto un poco más en la silla y proceso toda la información. Todo el mundo está volcado en ayudar, y eso me llena de emoción.
—Doña Rosalinda, le agradezco muchísimo el cariño y el cuidado —digo, y ella asiente—, pero no quiero que cambie sus planes por mi culpa. Yo sabré cuidarme si usted necesita ir a ayudar a Marcos.
—No tienes que preocuparte, hija. No es ningún sacrificio cuidarte.
Sonrío, contenida, y vuelvo a comer. Mattias, que está a mi lado, se levanta y va hasta la nevera, de donde saca una jarra de jugo.
Justo cuando está por llenar mi vaso, escucho que se acerca un auto.
Con curiosidad por saber quién es, me giro, y por la puerta principal veo que es una patrulla.
Mattias camina rápido hacia el recién llegado y se detiene en el porche.
—Un policía vino a hablar contigo por la tarde —murmura Rosalinda, llamando mi atención—. Estabas dormida, así que se fue.
—No quiero hablar con él —aviso—. Ahora no.
—Lo sé, pero cuanto antes lo hagas, antes se termina todo esto.
Respiro hondo; sé que tiene razón, y lo único que quiero es que todo esto termine de una vez. Asiento y la veo ponerse de pie para ir hacia Mattias.