Protegida por el Cowboy (Intensa Tentación nº 1) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Sí. —Sonrió y miró a su alrededor—. Casi no tengo compañía de mi edad, sería interesante que vinieras conmigo.

Volvió a mirar a su alrededor, y cuando me miró de nuevo parecía impaciente. Me sentí todavía más incómoda, así que di un paso atrás y respondí.

—Mattias está en el corral, fue a hablar algo con uno de los peones, pero ya está por volver. ¿Por qué no esperas un poco más? Así le preguntas por tu yegua.

Carolina cruzó los brazos y sonrió.

—¿Tienes miedo?

—¿Miedo? ¿De ti?

Me reí, y ella continuó.

—Sí, si estás mintiendo, es porque tienes miedo. —Dedujo, y yo la imité cruzando los brazos—. Sé que Mattias no está en la casa, lo vi pasar con su madre y otra persona en la camioneta.

Me quedé momentáneamente sorprendida y un poco asustada, así que traté de aparentar calma.

—Si ya lo sabías, ¿por qué preguntaste si estaba sola? ¿Querías confirmarlo? ¿Para qué?

Carolina respiró hondo.

—Te crees muy lista, ¿no? Al parecer pescaste un buen partido; no eres de aquí, y quién sabe quién eres en realidad. Podrías ser una fugitiva, o una prostituta. Yo creo que eres las dos cosas.

—Mejor vete de aquí, antes de que te tire a ese chiquero, y créeme que lo hago sin ningún esfuerzo.

Me miró de arriba abajo y sonrió.

—Te vas a arrepentir.

El tono de amenaza en su voz me erizó un poco la piel.

Solo me faltaba tener problemas con Carolina también.

Volví a entrar en la casa, cerré la puerta y fui al cuarto.

Al llegar, tomé mi mochila y la abrí; el paquete de toallas femeninas seguía en el fondo del bolso, intacto.

Si lo había comprado era porque sabía que en algún momento me iba a bajar la regla, y ya debería haber pasado.

Guardé el paquete de nuevo, y entonces oí que se abría la puerta de la sala.

Ese sonidito característico era como una alarma.

No podía ser Mattias, porque no había oído la camioneta acercarse.

¿Podría ser Leoncio? Pero él nunca había entrado así, siempre llamaba primero.

Con cautela, abrí la puerta del cuarto y miré hacia el pasillo; no oí ningún ruido.

Entonces me asaltó la duda: ¿de verdad había cerrado la puerta con llave, o solo la había dejado entornada?

Caminé rápido hacia la puerta y la cerré, esta vez con llave. En el instante en que me di la vuelta, vi a Ernesto salir de la cocina y avanzar hacia mí. Grité, pero rápidamente me tapó la boca y nos empujó con violencia contra la pared.

—El patrón quiere tener unas palabritas contigo.

Sin ninguna posibilidad de moverme, lo vi con desesperación sacar un paño del bolsillo y ponérmelo en la nariz. El olor fuerte de alguna sustancia me invadió el olfato. Poco a poco fui perdiendo las fuerzas, y antes de cerrar los ojos vi la sonrisa del capataz.

Manejaba de vuelta a la finca, ansioso por ver a Isobelle.

En el asiento del copiloto iba Brutus, con parte de la cabeza fuera de la ventana.

Me había demorado un poco más en el pueblo, porque el bolovo estaba en preparación, y mientras esperaba oía a la gente hablando de la novedad del chupacabras-jaguar.

Pasados unos minutos me acerqué a la finca, y en cuanto entré, miré con el ceño fruncido hacia la casa. Todo estaba cerrado.

Estacioné frente al porche y dejé bajar a Brutus; enseguida lo seguí. Al abrir la puerta principal, me extrañó el silencio.

—¿Bel?

La llamé y fui a la cocina a dejar la bolsa del bolovo. Volví y fui hacia el baño; la puerta estaba abierta, en el cuarto no había nadie.

—¿Isobelle? —llamé de nuevo, y fui hasta el cuarto de mi madre; estaba vacío.

Impaciente, salí y me dirigí hacia la camioneta. Tomé el camino del corral, completamente nervioso. Al llegar frente a la cerca, bajé y miré a mi alrededor. Isobelle no estaba ahí.

—Patrón, yo...

—¿Viste a Isobelle?

—La patrona está en la casa —respondió, confundido—. Fui a hablar con usted, y ella me dijo que había ido al pueblo, y a casa de su hermano.

—Isobelle no está allá —dije, nervioso—. Me dijo que me esperaría en casa.

Me quité el sombrero y me pasé la mano por el pelo.

—La muchacha de los Albuquerque vino a la casa.

—¿Carolina? —repetí, totalmente confundido—. ¿Qué quería?

—No sé, patrón; antes de salir vi el auto de la muchacha de los Albuquerque entrar por la tranquera.

Solté un suspiro y asentí.

—Voy a ir donde los Albuquerque, tal vez esté ahí. Aunque no tiene ningún sentido. Vuelvo enseguida.

Rápidamente subí al asiento del conductor y arranqué.

Al pasar de nuevo cerca de la casa, vi a Brutus olfateando el suelo de la entrada.

No le presté atención, y aceleré hacia la finca de los Albuquerque.

Pasados unos minutos entré a la propiedad; los peones, en cuanto me vieron, me dejaron pasar.

Albuquerque estaba fumando un puro sentado en un banquito blanco. Al verme, sonrió.

—Mattias, qué sorpresa tu visita. ¿Viniste a ver a la yegua? Ya está mucho mejor.

Confundido, negué con la cabeza y miré hacia la casa principal.

—Vine a buscar a Isobelle.

—¿Isobelle? —preguntó, también confundido, lo que me hizo respirar hondo—. Ella no está aquí.

—¿Está Carolina?

—Está adentro —respondió, y se puso de pie—. Entremos, te ves nervioso. —Me quedé en silencio, tratando de mantener la calma, pero no lo estaba logrando—. Gloria, ve a llamar a mi hija.

Tras un gesto suyo, la ama de llaves subió las escaleras con paso apurado. Segundos después, vi a Carolina aparecer en lo alto de la escalera. En cuanto me vio, no logró disimular la sorpresa.

—¿Me mandó llamar, papá?

—Bueno...

—¿Dónde está Isobelle?

Albuquerque me miró con el ceño fruncido, tal vez porque no le gustó la interrupción.

—¿Quién es Isobelle? —preguntó Carolina, cruzando los brazos.

Apreté la mandíbula, tragándome una respuesta cortante, e intenté sonar tranquilo otra vez.

—Isobelle, mi prometida. Tú estabas allá con ella, deberías saberlo.

—No sé de qué me hablas, Mattias —replicó, pero su mirada decía otra cosa—. No tengo ningún motivo para ir a hablar con tu prometida.

Me quedé unos segundos mirándola.

—Mi peón dijo que te vio llegar a mi finca.

—Entonces mintió —se encogió de hombros, y con desdén se puso a mirarse las uñas—. ¿Ya pensaste que tal vez ella se haya ido?

Sin darle importancia a lo que decía, me volví hacia Albuquerque, que miraba a su hija.

—Disculpe la molestia, señor Albuquerque. Le pido que, si saben algo, me avisen.

—Podemos ayudarte a buscarla.

—No hace falta, señor, voy a ir a la casa de su padre. Tal vez esté ahí.

—¿Su padre? —preguntó Carolina, confundida—. ¿Quién es su padre? Pensé que ella no era de aquí.

—Es hija de Álvarez —dije, y la vi ponerse pálida—. Yo tampoco lo sabía, fue una sorpresa.

—No me imaginaba que fuera su hija —murmuró el señor Albuquerque—. Si puedo ayudar en algo, por favor, no duden en llamarme. Le debo mucho a Antonio.

—Bien, ya me voy.

Salí de ahí sin mirar atrás; empezaba a sentir una presión en el pecho, un mal presentimiento. La culpa me golpeó de inmediato por haberla dejado sola. Con rabia, golpeé el volante en cuanto me senté, y arranqué rumbo a la finca de Álvarez.

Sentía mi cuerpo pesado, pero apoyado en algo blando; la cabeza me palpitaba como si fuera a estallar, y cuando intenté mover los brazos, no pude.

Aún aturdida, abrí los ojos y traté de ubicarme.

Sin embargo, en cuanto reconocí la ventana y los muebles, sentí que el llanto me subía por la garganta.

Totalmente aterrada, negué con la cabeza y traté de incorporarme.

Fue entonces cuando me di cuenta de que también tenía los pies atados.

—¡Dios mío! Por favor, Dios mío, no. No puedo haber vuelto aquí.

Al final de mi lamento, la puerta se abrió.

Benicio entró en el cuarto llevando en las manos el látigo de antes. Tenía el rostro contraído de rabia, y en ese instante se me olvidó cómo se respiraba; temblaba sin poder disimularlo. Estaba un poco más delgado, y en el ojo que yo le había lastimado llevaba un parche.

—No tienes idea de cuánto he esperado este momento —murmuró acercándose—.

Casi me dejas ciego, ¡maldita zorra! Pero tendremos tiempo de sobra para que me lo pagues.

—En cuanto terminó de hablar, recorrió mi cuerpo con la mirada y sonrió—.

Y esta vez seré más cuidadoso contigo. Te subestimé una vez, pero eso no volverá a pasar.

—Yo... yo solo me defendí —dije en voz baja, con el cuerpo paralizado de miedo. Era como si pudiera sentir el odio que emanaba de él—. Si tú no hubieras intentado hacerme daño...

De un movimiento brusco, Benicio me agarró del cuello con una sola mano y apretó. Desesperada, intenté forcejear porque no podía respirar. Entonces, igual que la vez anterior, me soltó.

—Más te vale quedarte calladita, o la próxima vez te voy a partir la boca a cinturonazos para que aprendas a respetarme.

Cerré los ojos dejando que cayeran más lágrimas. Intentaría mantener la calma, porque cuando Mattias regresara y notara que había desaparecido, sin duda vendría a buscarme aquí.

—Van a encontrarme.

Benicio respiró hondo, pero enseguida frunció el ceño. Y entonces, dejándome completamente desconcertada, se echó a reír. Caminó hasta el otro lado de la cama y del suelo levantó mi mochila.

—¿Estás segura de que vendrán? —se burló, sentándose muy cerca de mí—.

Puede que te encuentren, pero para entonces tu carne ya estará podrida.

Igual que la de los otros curiosos que vieron lo que no debían.

—Su mano subió por mi vientre y se detuvo en el escote del vestido—.

Ernesto me contó que estabas en la hacienda de Mattias, qué interesante.

¿Lo sedujiste igual que a mí? —preguntó, apretando mi pecho con brusquedad—.

Por las marcas de tu cuello, diría que sí. Dime, Isobelle... ¿te acostaste con él?

—¡No me toques!