Capítulo 19
Intenté no mirarlo, y no darle pie a nada. Sin embargo, en cuanto se detuvo bajo la carpa, caminó hacia mí. Sonreía de lado mientras se pasaba la mano por el pelo negro. Llevaba una camisa blanca desabotonada, tres botones, un vaquero y botines.
—Vaya, vaya, nos volvemos a encontrar —su voz salió arrastrada—. ¿Por qué no te abres esa chaqueta y me dejas ver mejor ese vestidito tan sexy que llevas?
Esa mirada, junto a la sonrisa maliciosa, me dio asco. Lo había dicho lo bastante alto como para que algunas personas cerca se giraran a mirarnos.
—¿Por qué no desapareces de aquí? —repliqué, empezando a entender por qué a Mattias no le caía bien ese niño bonito—. No quiero hablar contigo.
—¡Vaya! Eso fue un poco grosero, princesa.
—Vete.
El niño bonito sonrió y dio otro paso hacia mí; en cuanto invadió mi espacio personal, lo detuve con la mano en su vientre.
—¿No quieres tocarme en otro lado?
—Me estás molestando.
Volví a cruzarme de brazos, deseando que se fuera antes de que apareciera Mattias.
Sin embargo, en cuanto miré hacia el camino que él había tomado, lo vi acercarse con una expresión nada buena.
En cuanto se plantó frente a mí, lo sujeté del brazo intentando contenerlo.
Aunque sabía que si él quería soltarse y empezar una pelea ahí, yo no podría detenerlo.
—Si te vuelvo a agarrar cerca de ella —murmuró sin titubear—, te voy a hacer arrepentirte de haberte cruzado en nuestro camino. ¿Me estás oyendo?
—Tranquilo, peón. A veces creo que se te olvida con quién estás hablando. Solo vine a presentarme formalmente.
—Creo que se te olvida que a mí eso no me importa. Te rompo la cara sin ningún remordimiento. Métete en mi camino, y sufre las consecuencias. —Aunque no iba dirigido a mí, sentí una punzada de miedo por el tono usado—. Ahora lárgate.
Los dos se quedaron mirándose fijamente unos segundos, pero pronto el niño bonito sonrió y miró hacia mí.
—Me llamo Javier Álvarez, princesa. Ahora sé de quién aprendiste a ser tan malcriada, pero eso es fácil de corregir. —En cuanto terminó de hablar, apreté con más fuerza el brazo de Mattias—. Hasta luego.
Entonces, rápido, Javier cruzó la calle sin ni siquiera mirar a los lados, ni importarle la lluvia. En cuanto desapareció de nuestra vista, Mattias se giró hacia mí.
—Pensé que se iban a pelear aquí.
—Yo bien que quería —dijo, ofreciéndome una botellita—, pero para su suerte, le prometí a alguien que intentaría mantener la calma.
Sonreí, automáticamente.
—Uy, debe de ser bien importante —murmuré, quitándole la tapa—. Para que tú logres cumplir una promesa. Justo tú, que eres tan peleón.
Mattias sonrió y me rozó la barbilla.
—Es muy importante para mí, y muy respondona. Pero eso me gusta.
Arqueé una ceja, y le dejé que me besara.
Nos separamos apenas, y Mattias deslizó el pulgar por mi barbilla.
La lluvia seguía cayendo sin dar señales de que fuera a parar, pero de todas formas ya había tenido buenos momentos esa noche.
Mattias declarándose, y luego pidiéndome que fuera su novia, me había dejado sorprendida y feliz.
Habíamos dicho que estábamos enamorados, pero yo sabía que también lo amaba, y todo eso era una locura.
Porque no esperaba sentir esos sentimientos, no ahora.
No cuando mi vida se había convertido en un caos.
Pero ¿podría vivir ese amor en paz? Tenía miedo de que todo se viniera abajo, pero haría que funcionara.
Di un trago de agua, y lo observé beberse la mitad de la botellita en pocos segundos.
La nuez se le movía con cada trago, y no sé cómo explicarlo, pero encontré esa escena tan sexy.
En silencio, bajé la vista hacia su pecho, y me acordé de cuando lo usaba de apoyo para cabalgarlo.
Era tan duro y tan rico al mismo tiempo.
La mano que segundos antes me tocaba con tanto cariño, hacía un trabajo estupendo cuando me daba palmadas en el trasero.
Al notar que me observaba, desvié la mirada y di otro trago.
—A veces quisiera saber qué pasa por tu cabeza.
Sonreí y me encogí de hombros.
—Pasan muchas cosas, pero a diferencia de ti —dije, haciéndolo apoyar un brazo en la pared de al lado—, yo logro mantenerlas guardadas, y solo hablo en el momento adecuado.
—¿Cuál momento adecuado?
Me acurruqué más en la chaqueta y me encogí al notar que la lluvia arreciaba.
—Un momento en que estemos solo nosotros dos —respondí, y sentí otra caricia en la mejilla—. Creo que de verdad no va a parar de llover.
—Y aquí no hay ningún lugar para sentarse —murmuró, mirando alrededor. La gente se apretujaba tratando de mantenerse seca—. Eso pasa por ser lo mejor de la zona.
En cuanto sonrió, todo mi cuerpo se erizó. Despacio, dejé que mi dedo bajara por su pecho hasta detenerse en la hebilla del cinturón. Mattias me observó y se lamió el labio.
—Entonces creo que podemos irnos, cuando escampe un poco —afirmé con segundas intenciones—. Y hace tanto frío.
Mattias sonrió y asintió.
—Puedo hacer que entres en calor —dijo muy cerca de mi rostro. Al instante me mordí el labio; Mattias no tenía remedio—. ¿Qué me dices?
—Para eso tenemos que estar solos.
Sensualmente dejé que mi dedo recorriera la cintura de su vaquero, y fijé la mirada en su rostro.
Cuando notó las intenciones en mis gestos, me besó rápido, y luego levantó un dedo pidiéndome que esperara.
Sonreí y lo observé correr hasta donde estaba aparcada la camioneta.
Me mordí el labio y esperé pacientemente mientras Mattias maniobraba para dejar el lado del acompañante hacia la acera.
Por fin lo logró, se detuvo y me abrió la puerta. Antes de que pudiera bajar, me quité la chaqueta y me cubrí la cabeza con ella. Corrí con cuidado, y en cuanto me senté en el asiento, me reí sin poder contenerme.
—Parecemos dos adolescentes —murmuré, sin perder de vista la mirada pícara que recibí.
Puse mi botellita en el portavasos que había al lado y me ajusté el cinturón de seguridad.
—Ahora que estamos juntos, vamos a poder dormir en el mismo cuarto —dijo, arrancando y saliendo de ahí—. ¿Qué te parece?
Me quedé un poco sorprendida porque hasta ese momento no lo había pensado, pero enseguida negué con la cabeza.
—No sé —dije, recibiendo una mirada sorprendida—. Creo que me va a dar vergüenza.
—¿En serio? —preguntó con una sonrisa de lado—. Estamos juntos todas las noches, ¿y ahora te va a dar vergüenza que seamos novios oficialmente?
—Tu madre va a saber lo que hacemos en el cuarto.
Vale, tal vez sonaba muy hipócrita, pero solo de saber que Rosalinda ya había descubierto lo mío con Mattias, todo cambiaba. Y sí, me daba mucha vergüenza. Lo miré, y él sonreía sin poder contenerse.
Me giré hacia la ventana y observé el camino de vuelta. Sin embargo, me pareció extraño no reconocer la carretera.
—¿No vamos hacia la finca?
—Quería mostrarte un lugar —respondió, sonriéndome—. Va a valer la pena.
Sonreí y le acaricié el rostro. Mattias enseguida me tomó la mano y la besó.
Mi corazón latía frenéticamente, un sentimiento intenso que me calentaba el pecho y hacía que las mariposas del estómago se agitaran.
Por el parabrisas vi que la lluvia empezaba a amainar, y también podía ver la carretera cubierta de barro.
El olor a tierra mojada era predominante.
Después de unos minutos, la camioneta entró en un camino; más adelante vi la tranquera cerrada y una casa enorme.
Me quité el cinturón y observé a Mattias detenerse frente a ella, acomodarse el sombrero, bajar y correr hasta la tranquera.
Cuando volvió y ocupó de nuevo el asiento del conductor, sonreí, porque ya me imaginaba dónde estábamos.
Mientras nos acercábamos vi que algunas ventanas estaban rotas, y alrededor de la casa había mucha maleza. En cuanto Mattias aparcó la camioneta dentro del garaje abierto, no esperé invitación y, curiosa, bajé.
—¿Qué te pareció?
Me volví hacia Mattias y sonreí.
—Es una casa bien grande —comenté, y caminé a su lado hacia la puerta—. ¿Fue este el terreno que compraste?
—Sí —confirmó con una sonrisita—. Es como te dije, tal vez haya que tirarlo todo y construir desde cero.
En cuanto entré, sentí un poco el olor a humedad. La casa realmente necesitaba un buen arreglo, una buena reforma, limpieza y pintura. Al llegar a la sala noté que era extremadamente amplia, y me acerqué a la puerta que daba vista a la entrada de la propiedad.
—Es realmente enorme —murmuré, mirando a Mattias—. ¿Cuántos cuartos tiene?
—Cuatro —respondió, y lo miré, sorprendida—. Cuatro cuartos, esta sala, la cocina, que también es bastante amplia, dos baños y el garaje. Aquí antes era una posada.
—Vaya. —Sonreí y caminé en busca de los cuartos—. ¿Por qué no te mudaste aquí con tu madre?
—Poco a poco estoy reformando la finca de mi madre —respondió. Entonces me tomó de la mano, captando mi atención. Estaba ansioso, se notaba clarísimo—. Pronto voy a reformar su casa, dejarla más acogedora para ella.
—Eres un buen hijo, Mattias. Estoy orgullosa de ti, igual que tu madre.
Sonrió, y despacio unió nuestros labios. Al apartarse, me colocó un mechón detrás de la oreja, y siguió con la mano en mi rostro. Que fuera tan cariñoso conmigo solo hacía que mi cariño por él creciera aún más.
—No me mudé aquí porque estaba esperando el momento adecuado. Quiero que esta casa sea un hogar, con mi futura esposa y mis hijos corriendo por aquí. Unos cuatro o cinco.
Sonreí apenas, y por dentro sentí una opresión en el pecho. ¿Yo no estaba incluida en esos planes?
—Para eso vas a necesitar una esposa —dije, casi en un susurro.
Mattias frunció el ceño, pero enseguida sonrió como si supiera algo gracioso.
—En realidad ya tengo una, pero parece que todavía no se ha dado cuenta. —La sonrisa no lo abandonaba, y yo ya no podía contener las ganas de llorar—. ¿De verdad no entendiste?