Capítulo 16
En cuanto sentí una de sus manos bajar hasta mi trasero, lo besé con más ganas, y cuando me lo palmeó con fuerza, seguido de un apretón, gemí pegada a los labios de Mattias.
Me alzó en brazos enseguida, y aferrada a él solté un gemido mimoso cuando su mano se movió bajo mi vestido, deteniéndose sobre mis bragas.
—Como sigas rompiéndome las bragas, voy a tener que andar desnuda por ahí.
En el acto frunció el ceño, y como si yo no pesara nada, caminó tranquilamente hacia el interior de la casa.
—Entonces hagamos así —respondió, quitándose el sombrero y arrojándolo al sofá sin dejar de caminar hacia el baño—. Por cada braga que rompa, te regalo dos.
Me reí de eso y vi a Brutus pasar corriendo hacia la sala.
—Entonces ya me debes cuatro.
Ya dentro del baño, me dejó en el suelo, y bajo mi mirada de pura codicia, Mattias se desabotonó por completo la camisa, y sin poder contenerme le pasé la mano por el pecho.
Al verlo llevar las manos al cinturón, lo detuve y seguí yo con esa tarea.
Me sentía extremadamente atrevida y poderosa.
Tiré el cinturón al suelo y, tras respirar hondo, le desabroché el botón del pantalón.
La erección se marcaba clarísima bajo la tela.
—¿También me vas a bañar?
—¡Voy a hacerlo! —afirmé, tomándolo por sorpresa—. Hoy voy a poner en práctica algunas cosas que quiero hacer.
Mattias me acarició la mejilla.
—¿Bañarme es una de ellas?
Sonreí al notar su sonrisa.
—Esta noche mando yo —dije, y lo vi arquear una ceja—. Y espero que no me interrumpas. O serás castigado.
—Vaya. No sabía que tenías ese lado tan agresivo —murmuró, y lo miré. Su sonrisa era pícara—. Me gusta.
Le bajé el pantalón y tragué saliva al ver la erección marcada bajo el bóxer negro.
Lo toqué por encima, pero enseguida metí la mano y lo agarré.
Miré a Mattias, que me observaba, y me mordí el labio.
Su expresión era de puro deseo, y queriendo intensificar las sensaciones, empecé a moverme de arriba abajo.
De la punta vi salir un líquido transparente, y entonces apreté, haciendo que Mattias gimiera más fuerte.
Lo solté, alarmada, pero él enseguida tomó mi mano y la hizo sujetarlo de nuevo, repitiendo los mismos movimientos.
Mientras lo masturbaba, lo atraje hacia un beso que Mattias correspondió al instante.
Nuestras lenguas se rozaban con erotismo, y cada vez que sus labios se cerraban sobre los míos, los escalofríos por mi cuerpo aumentaban.
—Estás demasiado vestida, Bel...
Al terminar de decir eso, me quité las botas, las bragas, y me saqué el vestido. Expectante, observé a Mattias imitarme y deshacerse del resto de su ropa. El baño era pequeño, pero eso no nos impediría meternos los dos bajo la ducha.
De frente a Mattias, lo vi estirar el brazo y abrir el grifo. En cuanto el agua cayó sobre mí, cerré los ojos y deslicé las manos por mi cuerpo. Sabía que me estaba observando, y aunque me daba vergüenza, seguí. Me apreté los pechos, y al abrir los ojos noté que Mattias se tocaba a sí mismo.
—Así me vas a matar, Bel.
Sonreí y salí de debajo de la ducha, poniendo a Mattias en mi lugar.
—Me gusta cuando me llamas Bel —le avisé, haciéndolo sonreír—. Voy a pensar en un apodo para ti, ¿te gustaría?
—Si viene de ti, acepto cualquiera.
Al instante mi corazón latió más fuerte.
Tal vez él no supiera cómo me hacía sentir, pero cada palabra cariñosa que soltaba erizaba esa mezcla de sentimientos dentro de mí, y lo único que quería era decirle cómo me sentía.
Decirle que estaba completamente enamorada de ese arisco de Mattias Ferreira.
Al terminar ese pensamiento, dejé escapar una sonrisita.
Estaba siendo un poco injusta; Mattias era todo un príncipe.
Miré su miembro, y sentí un deseo repentino de probarlo.
Pero antes quería que suplicara, porque esa noche estaba muy mala. Así que cogí la pastilla de jabón y empecé a frotarla por su pecho ancho, bajando después hasta su erección.
—¿De verdad me vas a bañar?
—¿No te está gustando? —pregunté, dejando que él cogiera el jabón.
—¿Ves lo duro que estoy? —preguntó mientras se quitaba el jabón—. Lo que más quiero en este momento es tenerte.
—Entonces pídelo —dije, recuperando el jabón y pasándomelo sinuosamente por todo el cuerpo—. Por favor, Bel. Déjame tenerte.
Mattias se rio, pero al ver que hablaba en serio, me atrajo bajo la ducha. El agua nos quitaba el jabón del cuerpo, y aprovechando eso, me di la vuelta, sintiendo sus manos deslizarse por mi cintura y bajar hasta el centro de mis piernas.
—Bel, Bel... —murmuró, ronco, junto a mi oído—. Por favor, déjame tenerte. Aquí en el baño, en el sofá, en mi cama. Voy a volverme loco si no siento tu cuerpo contra el mío.
Embriagada por las sensaciones, abrí un poco las piernas y me arqueé, restregándome descaradamente contra Mattias. Metí el brazo entre nuestros cuerpos y guié su erección hasta mi entrada. Gemí y me arqueé más, quedando casi de puntillas.
—¡Mierda!
—¿Qué pasa? —Miré hacia atrás; él había cerrado el grifo rápidamente.
—Se me olvidó la caja de condones en la camioneta.
Me sorprendí, y enseguida recordé que había ido a comprar algo a la farmacia. Lo correcto sería apartarme y pedirle que fuera a buscarlos. Sin embargo, mi cuerpo no me obedecía.
—Hagámoslo sin —propuse, sintiendo sus dedos largos frotarme el clítoris—, pero a la hora de acabar... —mi voz salió completamente melosa—. Te sales, como ayer.
Vi que Mattias lo pensaba, y mientras esperaba una respuesta, moví las caderas, sintiéndolo entrar un poco más. Sus manos ejercieron enseguida más fuerza sobre mi cintura, y con un impulso me penetró por completo. La sensación de estar tan llena me invadió, haciéndome cerrar los ojos y gritar.
—¡Me vuelves completamente loco! —exclamó, y con la otra mano libre me agarró el pelo mojado, tirando de él hacia atrás.
Me mordí el labio, y cuando retomó los movimientos, gemí más fuerte, sin poder contenerme. Nuestras caderas chocaban con salvajismo, y cada minuto que pasaba la presión en mi pelo aumentaba. Igual que las deliciosas sensaciones por todo mi cuerpo.
Detrás de mí oía perfectamente sus suspiros, y la respiración agitada de Mattias.
El bajo vientre me hormigueaba, y podía sentir que mi primer orgasmo estaba cerca.
Entonces abrí más las piernas y me aferré al brazo que me rodeaba la cintura.
Gemía sin parar, sin preocuparme por lo expuesta que estaba; al fin y al cabo, solo estábamos Mattias y yo.
—Qué coño tan rico —el susurro me llegó al oído—. Te dije que aguantabas.
Sin poder formular una frase, tomé su mano y la llevé entre mis pliegues empapados.
En cuanto mi clítoris fue frotado con habilidad, las piernas me flaquearon, y solo no caí porque me sostuvo.
En cuestión de segundos, los labios de Mattias se cerraron sobre mi cuello, donde me mordió justo cuando aumentaba las embestidas.
El escalofrío me recorrió el cuerpo entero, y cuando sentí la acumulación de tensión y excitación, clavé las uñas en los brazos de Mattias y contraje sobre su erección, que seguía moviéndose, arrancándome las últimas fuerzas que me quedaban en ese momento.
Me desplomé entre los brazos de Mattias, sintiendo los espasmos y la sensibilidad por todo el cuerpo. Intenté calmar mi corazón, que latía desbocado, pero era tarea difícil cuando él seguía acariciándome los pechos.
Por un segundo separó nuestros cuerpos.
—N-No... —gemí, mimosa, intentando atraerlo de nuevo—. Quiero más...
—Vamos al cuarto —dijo con voz risueña, y en un movimiento inesperado me alzó en brazos—. Te quiero gimiendo en mi cama.
Como respuesta, lo abracé por el cuello y lo besé con hambre en los labios. Nuevos estímulos recorrían cada rincón de mi cuerpo, dejándome completamente llena de deseo.
Salimos rápido del baño, y todavía mojados, Mattias me recostó en la cama y se colocó encima. Sus ojos azules me miraban tan profundamente que daba la impresión de que quería decir algo. Sin embargo, como no dijo nada, solo le acaricié el rostro con ternura.
Nos besamos una vez más, un beso más lento.
—¿Te pones boca abajo?
—¿Qué? —pregunté, confundida, y lo vi apartarse de encima de mí—. ¿Qué pretendes?
—Mi turno de cabalgar —dijo, sonriendo, y me ayudó a darme la vuelta en el colchón—. Ahora ponte bien arqueada.
Me mordí el labio, avergonzada, pero obedecí.
Eché el pelo hacia un lado y me abracé a la almohada.
Miré por encima del hombro y gemí cuando sus dedos me tocaron el clítoris.
Mattias se acariciaba la erección, pero no apartaba los ojos de mis pliegues.
Todavía mirándolo, me quedé expectante al verlo tirar un poco más de mis caderas e inclinar el cuerpo hacia adelante.
Sentí primero una lenta lamida en mi entrada, lo que me hizo gemir y mover las caderas en busca de más. Luego, de forma inesperada, uno de sus dedos me estimuló en la otra entrada. Asustada, intenté girarme, pero Mattias me sujetó las caderas con más firmeza.
—Mattias...
—Tranquila... —pidió, y me lamió una vez más—. Solo...
—N-Nunca lo hice así —lo interrumpí, totalmente alarmada—. No estoy l-lista.
Entonces, como queriendo tranquilizarme, besó el camino de mi espalda y en un movimiento se recostó sobre mí.
—Seré paciente con eso —murmuró, ronco, junto a mi oído, y en el acto me arqueé hacia él. Frotaba su miembro entre mis pliegues, a veces forzando la entrada, pero sin continuar—, pero espero que lo pienses. A tu tiempo.
—Eres muy... —Me detuve al sentirlo entrar por completo. Era tan grande y grueso—. Muy pícaro.
Los movimientos eran largos y lentos; nuestros cuerpos estaban tan conectados que parecían uno solo.
Con la sensación de ahogo, saqué la almohada de debajo de mí y la tiré al suelo.
Los brazos de Mattias se mantenían apoyados a los lados de mi cabeza, y aun embriagada de deseo, noté sus venas marcadas por el esfuerzo.
—Por favor... más...