Protegida por el Cowboy (Intensa Tentación nº 1) Capítulo 07
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Capítulo 07

Al fondo escucho un cacareo, y después varios lametones en mi pie.

Sonriendo aún adormilada, abro los ojos y veo a Brutus parado junto al sofá.

Queriendo detenerlo, recojo los pies bajo la sábana; él se sienta mirándome fijamente.

Me desperezo y me paso la mano por el pelo.

Miro hacia la ventana. Ya es de día, aunque no sabría decir si es tarde.

En el suelo, cerca del mueble de la tele, está mi mochila; necesito ir al baño, pero el frío de la mañana me da ganas de volver a dormir.

La puerta principal se abre y Rosalinda, al verme despierta, sonríe. Lleva un barreño vacío en las manos.

—¡Buenos días! ¿Dormiste bien? —me pregunta, y yo asiento—. Fui a tender ropa. Hay café en la jarra, bizcocho de maíz, cuscús y gallina cocida.

Miro hacia la cocina y solo con saber que hay tanta comida, me suena la barriga. Pero enseguida me siento culpable por estar allí; no puedo quedarme.

—Doña Rosalinda, yo...

—Llámame Rosa —me interrumpe con una pequeña sonrisa—. Mira, entiendo que después de pasarlo tan mal en la finca de ese desgraciado, te cueste volver a confiar. —En cuanto termina de hablar, la miro sorprendida—. Veo la indecisión en tu mirada, el miedo. No vamos a hacerte daño.

—Lo sé —murmuro avergonzada—. Es que... —Me detengo y la observo. ¿Por qué es tan difícil decir en voz alta lo que siento?

—¿Quieres irte?

—No quiero poneros en peligro —digo de un tirón—. Benício... ahora sé que no es buena persona. Y tengo miedo de que os haga algo, de que os haga daño por ayudarme.

—No te preocupes por eso —dice, y se sienta a mi lado tomándome la mano—.

Tenemos hombres de confianza trabajando en las tierras, que se encargan de la seguridad.

Si quieres quedarte unos días, hasta que te sientas lista para irte, no hay problema.

Aquí estarás protegida. Así podrás pensar con calma adónde ir o qué quieres hacer.

—Perdóname por este lío.

—No te disculpes, mujer. Tú no tienes la culpa. Aquí estás segura.

Sintiendo el corazón más ligero, la abrazo.

—Muchísimas gracias.

—No hace falta que me des las gracias. Ahora ve a cambiarte de ropa y vamos a desayunar.

—¿Puedo ducharme? —pregunto con timidez. Con una ducha terminaría de despertarme del todo.

—¡Claro! Ni falta que hace preguntarlo. Estás en tu casa. —Me sonríe y luego me acaricia la mejilla—. No me puedo ni imaginar lo que has pasado hasta llegar aquí, pero de algo estoy segura: eres muy valiente.

No sabía que necesitaba escuchar eso hasta que ella lo dijo. Sin poder contenerme, siento que los ojos se me llenan de lágrimas.

—Gracias.

Doña Rosalinda me mira emocionada, pero enseguida se pone de pie.

—Ahora, a lo nuestro. Ya casi es hora de comer.

Asiento y la veo alejarse.

Me levanto y miro a Brutus, que sigue en el salón. Parece estudiarme, como si intentara averiguar quién es la intrusa que hay en la casa. Sonrío ante ese pensamiento y empiezo a doblar las sábanas de mi cómoda cama improvisada. En cuanto termino, cojo la mochila y voy al baño.

Los productos que compré ayer siguen dentro de la bolsa. En el momento de mi huida ni se me ocurrió llevarme gran cosa. Estaba tan asustada por lo que había hecho que solo quería alejarme lo más posible.

Con los dientes ya cepillados, saco de la mochila unos vaqueros, una blusa de manga negra y ropa interior.

Después voy a la ducha. Con una sonrisa boba, cojo el champú que había comprado y me pongo un poco en la mano.

No quiero entretenerme, así que empiezo a lavarme el pelo.

Terminada esa parte, me enjabono entera y, al abrir el grifo, dejo que el agua se lleve toda la espuma.

Ya vestida, salgo del baño y voy al salón. Dejo la mochila en el suelo, escondida junto al sofá, junto con el pijama y las sábanas. Camino hasta la cocina y contemplo la mesa con el desayuno. En el armario busco una taza y un plato; el bizcocho de maíz resulta demasiado tentador.

Me sirvo un trozo y me siento. Al dar el primer bocado, siento el delicioso sabor cremoso del maíz extenderse por mi boca, haciéndome cerrar los ojos. Hacía tanto que no comía algo tan rico. Doy otro bocado y luego me sirvo un poco de café en la taza.

—¿Está bueno?

Le sonrío a Rosalinda, que entra en la cocina, y asiento.

—Me encanta el bizcocho de maíz —respondo, y doy otro bocado—. Está buenísimo.

—A los mellizos les encanta, pero no dejo que coman mucho.

—¿Vienen hoy?

—Creo que no —murmura mientras abre la nevera—. Alessandra suele quedarse en casa con ellos. Solo los trae si tiene que salir a hacer algún recado. Salir con niños es demasiado complicado.

Sonrío.

—Me lo imagino.

Con curiosidad, ella me observa comer. Noto que quiere preguntarme algo, pero no se atreve. Adivinando de qué se trata, me adelanto.

—No —niego, y recibo una mirada confusa—. No estoy casada ni tengo hijos.

—Menos mal, pareces muy jovencita para tener hijos ya.

Un poco sorprendida, bebo un sorbo de café sin apartar los ojos de ella.

—Perdona que te lo pregunte —digo asintiendo—, pero ¿con cuántos años tuvo usted a Marcos?

Ella sonríe y yo le devuelvo la sonrisa; todavía sonriendo, se sienta frente a mí.

—Tuve a mi primer hijo con dieciocho años —responde, y al notar mi sorpresa continúa—: Yo era muy tímida entonces. Mi marido, que en paz descanse, era el más lanzado. Pero le dije que solo lo haríamos si se casaba conmigo.

—¿Y se casó con usted?

—Mi padre casi lo mata con la escopeta vieja cuando le pidió mi mano —ríe con el recuerdo—. Mi padre pensaba que Espedito me había quitado la inocencia.

—¿Y bien? —pregunto, muerta de curiosidad—. ¿Se casaron?

—Sí, con una gran ceremonia. Fue todo tan bonito... luego te enseño las fotos. —Asiento con una sonrisita—. Bueno, voy a terminar aquí. Todavía tengo que ir a ver si la vaca ha dado leche.

—Yo puedo encargarme de eso —me ofrezco, terminando de comer mi trozo de bizcocho—. Quiero ayudar mientras esté aquí.

En cuanto termino el café, llevo el plato y la taza al fregadero. Con el estropajo y el jabón lavo los utensilios.

—Me ayudarías mucho —comenta, y coge un bidón blanco—. Toma, Mattias te ayudará con esto.

—¿Mattias? —repito, y recibo un asentimiento—. ¿Está allí con la vaca?

—Sí, la semana pasada andaba decaída. Creo que triste porque perdió a la cría.

—Pobrecita, ¿qué pasó?

—Creemos que se perdió y algo se lo comió.

—¿Como una anaconda?

Ella ríe y niega con la cabeza.

—¿Anaconda? —frunce el ceño al mirarme—. Por aquí no hay anacondas. Suelen encontrarse en la zona del Pantanal, por esos ríos y humedales. Aquí, a lo sumo, hay alguna culebra normal, de las que viven en los árboles.

Cuando termina de hablar, recuerdo a Benício mencionando la anaconda que tenía en su granero. Si eso fuera cierto, todos allí lo sabrían, ¿no? Al fin y al cabo, una serpiente enorme capaz de matar a una persona daría mucho de qué hablar.

—Voy a ver a la vaca —digo, y recibo un asentimiento—. ¿Dónde está?

—Después de la pocilga y el gallinero —dice, acompañándome hasta la puerta—. En cuanto los pases, verás el corral.

Miro hacia donde señala y, por primera vez, me fijo en la pocilga y el gallinero.

Sin poder creerme mi propia falta de atención, asiento y sonrío.

Ni cuando llegué, ni ayer, había reparado en esos animales.

Así que, con el bidón de leche en las manos, echo a andar por el camino de tierra.

Ya cerca del gallinero, veo unas gallinas colgadas de un tronco cubierto.

Al otro lado del pastizal, veo a los peones trabajando en la valla. Mientras uno sostiene un poste de madera en vertical, el otro lo martillea para fijarlo al suelo. Me sorprende, no sabía que se instalaban así.

En la pocilga hay unos cerdos comiendo de un gran barreño.

Sigo mi camino y, al frente, alcanzo a ver el paisaje de las colinas y montañas.

Parece un cuadro al aire libre, y de noche debe de ser aún más bonito.

Camino unos minutos más y veo a lo lejos lo que parece el corral.

Me acerco y veo un caballo atado a la valla.

Respiro hondo y camino hacia la entrada.

Mattias está apoyado en una puertecilla, anotando algo en una tablilla. Al ver que no se ha dado cuenta de mi presencia, carraspeo para llamar su atención. Enseguida deja lo que está haciendo y me mira de arriba abajo.

—Buenos días —murmuro al acercarme.

—Buenas. Por ahora no hay leche.

Dice, volviendo a escribir. Asiento y me acerco a la vaca. Parece triste, y no me extraña. Con delicadeza la acaricio, sintiendo el pelo corto y suave.

—¿No puede quedarse fuera?

—No quiere estar fuera.

Miro a Mattias, que termina de escribir.

—¿Cómo lo sabe?

—La conozco bien.

—Claro.

Sonrío ante esa respuesta suya, aunque tal vez tenga razón. Al fin y al cabo, yo no entiendo nada de ese mundo. En cuanto dejo de acariciarla, miro al suelo y veo un maletín con material médico.

—¿Usted...?

—Estoy ocupado —me interrumpe, con un gesto de pura molestia—. Así que, si pudieras marcharte...

—C-Claro —murmuro avergonzada—. Perdón.

Queriendo desaparecer de su vista, camino rápido hacia la salida.

Está claro que a Mattias no le caigo bien; quizá todavía desconfíe de mí, y no se lo reprocho.

Deshago el camino y, ya a lo lejos, distingo la camioneta de ayer y una moto negra.

Sonrío al pensar en Maria Alice y João Pedro.

Con paso rápido me dirijo hacia la casa y, ya cerca del porche, oigo voces alteradas.

Con recelo, subo el primer escalón. La puerta está abierta, así que veo a Marcos y a otro chico. Este, al verme, sale de la cocina y camina hacia mí. Lleva en las manos mi mochila.

Asustada, doy un paso atrás y se me cae el bidón cuando él me lanza la mochila para que la coja.

—¡Vete! ¿Cuál es tu problema? —pregunta, pillándome desprevenida—. ¿Sabes que ese maldito te está buscando y aun así te quedas aquí? ¿Poniendo en peligro a mi madre? ¿Es que no te importa nadie?

—¡Matheus! —Rosalinda se acerca rápido y agarra a su hijo del brazo—. ¡Matheus! ¡Basta ya!