Epílogo Dos
Isabella
La casa está en silencio; el único sonido es el suave zumbido del vigilabebés junto a la encimera de la cocina.
Han pasado siete meses desde nuestra boda y ahora, con nuestro pequeño por fin dormido después de un día largo, siento que la dicha de tener todo cuanto siempre he deseado me envuelve como una manta cálida.
Nathan está junto a los fogones, algo poco habitual, ya que normalmente cocina Teresa.
Lleva la camisa desabrochada y tiene el pelo revuelto de pasarse los dedos por él mientras nos prepara algo de picar a estas horas.
Estoy sentada ante la isla de la cocina, mirándolo, con una leve sonrisa en los labios.
Todavía me cuesta creer cuánto ha cambiado mi vida, cuántas cosas tengo que agradecer.
Cambio un poco de postura y la pesadez de mis pechos me recuerda que hace ya un rato que no le doy de comer al bebé. Levanto una mano para presionarlos con suavidad y hago una mueca al notar cómo aumenta la tensión.
Nathan se vuelve, capta el movimiento y sus ojos se oscurecen al instante. Baja la mirada a mi pecho y esboza una sonrisa traviesa. —¿Necesitas ayuda para aliviar esa tensión? —pregunta en voz baja, con tono provocador.
Me ruborizo y un calor me recorre el cuerpo ante la insinuación. Nunca hemos hablado de jugar con la lactancia, pero la idea... la forma en que me mira... hace que un escalofrío de expectación me baje por la espalda.
Trago saliva y pregunto en voz baja: —¿Cómo funciona?
Nathan se acerca, irradiando calor, y alarga una mano hacia mí. —Puedo enseñártelo, si quieres.
Se me corta la respiración y asiento despacio, con la emoción y la curiosidad bullendo en mi interior. —Me gustaría probar... contigo.
Sonríe, me ayuda con delicadeza a bajar del taburete y me sienta sobre la encimera de mármol. —Deja que te ayude a relajarte, princesa.
Tira de los tirantes de mi camisón y deja que la tela suave resbale por mis hombros hasta quedar recogida en torno a mi cintura.
Mis pechos quedan al descubierto, llenos y pesados; ya empiezan a gotearme unas gotas de leche de los pezones.
Los ojos de Nathan se oscurecen al contemplarme, y noto cómo el deseo crece entre nosotros, lento pero constante.
—Eres preciosa —murmura antes de inclinarse para besarme con suavidad, mientras sus manos ascienden por mis costados y acarician mi piel desnuda.
Gimo suavemente contra sus labios; mi cuerpo ya responde a sus caricias. Cuando me toma los pechos entre las manos y los masajea con delicadeza, me estremezco: la tensión cede un poco. Pero no es suficiente. Necesito más.
Nathan se aparta y clava sus ojos en los míos. —Voy a cuidar de ti —susurra con voz grave y ronca—. Pero antes... deja que te saboree.
Antes de que pueda responder, posa los labios en uno de mis pechos y rodea el pezón con la boca.
Succiona con suavidad y extrae la leche a sorbos lentos y deliberados.
La sensación es intensa, una mezcla de alivio y placer, y jadeo mientras mis dedos se enredan en su pelo y mi cuerpo se arquea hacia él.
—Ay, Dios... —suspiro con voz temblorosa.
Nathan deja escapar un gemido suave. Sus manos bajan hasta mis caderas y me acerca al borde de la encimera mientras sigue succionando y hace girar la lengua sobre mi sensible pezón.
El calor húmedo de su boca, la forma en que bebe de mí...
es abrumador, erótico de un modo que nunca había experimentado.
Nathan
El sabor de mi mujer, tan dulce y cremosa, la sensación de tenerla entre mis manos... me están volviendo loco. Nunca la había visto así: tan llena, tan suave, temblando de deseo. Saber que alimenta a nuestro hijo, que ha llevado a mi bebé en su vientre, solo aviva las ganas que arden dentro de mí.
Me aparto el tiempo justo para bajarle el camisón del todo y dejarla completamente desnuda, con la piel resplandeciente bajo la tenue luz de la cocina. Sigue teniendo los pechos hinchados, goteando leche, y la polla me da un respingo al verla.
Dejo escapar un gruñido sordo mientras la acerco a mí. Mis manos suben por sus muslos y le separo bien las piernas sobre la encimera de mármol. Jadea cuando mis dedos le rozan el clítoris; ya está mojada y preparada para mí.
—Eres perfecta —murmuro mientras le beso el vientre, descendiendo poco a poco—. Tan mía.
Gime suavemente y se agarra al borde de la encimera mientras le acaricio el clítoris para provocarla. Deslizo los dedos en su interior y se los separo mientras la saboreo y la lamo. El calor entre sus piernas es embriagador; su humedad me impregna los dedos cuando se los hundo más, con más fuerza.
—Ay, Nathan... —gime, temblando.
Me incorporo y le acerco las caderas al borde de la encimera mientras me bajo los calzoncillos y libero mi polla palpitante. Ella alarga la mano, me rodea el miembro y empieza a acariciármelo despacio, con los ojos oscurecidos por el deseo.
La sujeto por las caderas y mi polla le roza la entrada. Gimo; las ganas de estar dentro de ella son casi insoportables. —Voy a follarte —gruño en voz baja antes de inclinarme para besarla profundamente—. Y vas a correrte sobre mi polla.
Entro en ella despacio, saboreando lo estrecha que está mientras jadea y me rodea la cintura con las piernas.
Nos movemos juntos, perfectamente acompasados, y el calor entre nosotros aumenta con cada embestida.
Sus pechos llenos se balancean con cada movimiento, la leche le resbala por la piel y esa visión me vuelve loco.
Cuando se corre, su cuerpo se contrae alrededor de mi polla y sus gemidos llenan la cocina. Yo la sigo, derramándome dentro de ella, haciéndola mía por completo. Pero todavía no he terminado.
Salgo de ella despacio y deslizo los dedos entre sus piernas hasta hundirlos en su interior. Siento que mi semen aún gotea de ella. Jadea y tiembla mientras la follo con los dedos, sujetándola por la cadera con la otra mano.
—Vas a tener un orgasmo a chorros para mí —murmuro con voz grave y autoritaria—. Pero todavía no. Hasta que yo lo diga, no.
Gimotea, estremecida por el deseo, pero se contiene a la espera de mi orden.
—Ahora —gruño. Le hundo los dedos hasta alcanzar ese punto perfecto y, cuando por fin se deja llevar, su cuerpo se convulsiona y su orgasmo me empapa la mano, la encimera, todo.
La estrecho contra mí y le rozo la oreja con los labios. —Te quiero —susurro con la voz ronca de emoción—. Siempre cuidaré de ti.
Ella jadea, todavía respirando entrecortadamente, pero yo sonrío y la recojo entre mis brazos. La mantengo abrazada mientras su cuerpo empieza a relajarse poco a poco.
Mi mujer. Para siempre. Dios, qué suerte tengo.
El fin.