13 COLT
Lucas vino al piso franco a recogernos. El trayecto fue tranquilo.
Nora se quedó dormida apenas diez minutos después, con la cabeza apoyada contra la ventanilla; el agotamiento por fin se había apoderado de ella.
La observé un momento: cómo subía y bajaba su pecho, cómo sus labios se entreabrían ligeramente, cómo parecía casi en paz por primera vez desde que la conocí.
Me quedé dormido poco después. Llevábamos días tirando de reservas, y en cuanto la adrenalina se disipó, nuestros cuerpos pasaron factura.
Se removió cuando el coche giró hacia mi finca, deslumbrada por la luz del atardecer. Se incorporó y miró por la ventanilla.
—¿Dónde estamos? —preguntó, con la voz todavía pastosa de sueño.
—En mi casa —dije sin más.
Frunció el ceño mientras observaba el complejo.
—Espera... ¿tu casa de verdad?
—Sí. La otra es para pasar desapercibidos. Ahora que hemos neutralizado al grupo que te perseguía, no hay necesidad de esconderse.
Se le abrieron los ojos de par en par cuando el coche se detuvo frente a la casa principal.
—Vaya. Esto es... ¿todo tuyo?
Asentí despacio.
—Que yo sepa, sí.
Estiró el cuello para abarcar la extensión de la propiedad. Quince mil metros cuadrados, dos piscinas, un helipuerto, una pista de tenis y la casa principal en el centro.
Parecía que acabara de aterrizar en un plató de James Bond. Y no le faltaba razón.
—Quiero decir... sabía que tenías dinero, pero básicamente eres Bruce Wayne. ¿Vas a desaparecer en una cueva y volver con una capa?
Su risa resonó en el interior de cuero y algo me dio un vuelco en el pecho. Sonaba más ligera. Menos tensa.
Eso es nuevo.
La observé absorto. Me había acostumbrado a verla ansiosa, cautelosa, inquieta por todos menos por ella misma. ¿Pero esta versión? ¿Esta mujer libre y risueña?
Sí. Quería más de esto.
En cuanto el coche se detuvo, salí y la ayudé a bajar. Su mano se deslizó en la mía sin vacilar, como si fuera lo más natural del mundo.
Entramos en el vestíbulo y ella se detuvo, mirando a su alrededor con las cejas enarcadas.
—Vale, esto sí que es un cambio respecto a ese búnker lúgubre y metálico en el que me tenías —dijo mientras giraba sobre sí misma.
—Di la palabra y redecoro el piso franco —respondí quitándome la chaqueta—. ¿Rústico? ¿Escandinavo? Me pareces más de mezcla ecléctica-rústica.
Ladeó la cabeza, pensativa.
—Hmm. Ecléctico y rústico podría funcionar, quizá con algo de ladrillo visto y... espera.
Se quedó paralizada a medio paso. Su expresión cambió y me miró con los ojos muy abiertos.
—Dios mío. ¿Qué estoy diciendo? No es que vayamos a... O sea, no esperaría que cambiaras nada por mí. No estaba insinuando que fuéramos a quedarnos allí juntos ni... eh...
Se calló y clavó la vista en sus zapatos como si escondieran las respuestas.
Ahí está.
La dejé revolverse incómoda un segundo más de lo necesario antes de intervenir. Notaba que se ponía nerviosa en cuanto las cosas se volvían demasiado íntimas.
—No tiene importancia —dije, con voz neutra, pero no pareció servir de nada. Ya ni me miraba.
—De hecho, mañana me quito de en medio —murmuró, de repente muy ocupada evitando mis ojos mientras recorría el vestíbulo con la mirada, como si hubiera abusado de mi hospitalidad.
¿En serio? ¿En eso estás pensando ahora mismo?
Su cambio de actitud fue tan brusco que me pilló desprevenido un segundo. Pero sabía que era mejor no presionar. Necesitaba espacio, no un interrogatorio. Así que me limité a encogerme de hombros mientras subíamos las escaleras.
—Si eso es lo que quieres. Pero ¿qué tal una última velada relajante?
—Oh, no, no querría molestar —dijo rápidamente, y luego vaciló—. ¿Estás seguro?
Me detuve y la miré.
—Venga —dije—. Sauna o piscina. Elige.
Sus labios se entreabrieron, seguramente para protestar, pero no le di ocasión.
Exhaló con dramatismo, reprimiendo una sonrisa.
—Bueno, supongo que un sauna privado que no huele a vestuario de gimnasio suena bien.
—Perfecto.
Hice una seña a una de las empleadas.
—Acompáñala a su habitación.
Luego me volví hacia Nora.
—Después te llevará al sauna.
Dicho esto, nos separamos. Treinta minutos y una ducha caliente después, yo también me dirigía al sauna con una toalla al hombro.
Cuando entré en el sauna, ella ya estaba allí.
Sentada con la cabeza apoyada contra la pared de madera y los ojos cerrados.
Su pecho subía y bajaba acompasado. La luz tenue se derramaba sobre su cuerpo; el bañador floral se le ceñía en todos los sitios adecuados.
Elegante, pero endemoniadamente tentador.
Tenía las piernas extendidas frente a ella, y el pelo le caía alrededor como salido de un sueño.
Estaba guapísima.
Concéntrate, Colt.
Abrió los ojos despacio, y cuando se encontraron con los míos, sonrió con pereza.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí plantado, acosador?
Me apoyé en el marco de la puerta.
—Cinco horas. Más o menos.
Se rio y palmeó el asiento a su lado.
—Ven, siéntate.
Me senté junto a ella con un suspiro quedo, dejando que el calor se me metiera en los músculos.
—Joder —murmuré, cerrando los ojos—. Esto está mejor.
El silencio entre nosotros era denso pero no incómodo. La sentía a mi lado, cálida y cerca. Mi respiración se fue calmando, pero no dejé de ser consciente de ella.
Y justo cuando empezaba a perder la noción del tiempo, ella habló. —Sé que ya lo mencioné —dijo con suavidad, aunque su voz estaba cargada de culpa—, pero de verdad que siento mucho lo que dije antes.
Se notaba que lo decía en serio. Abrí los ojos y exhalé lentamente.
Ya era hora de que lo supiera.
—¿Sabes por qué hago esto? ¿Por qué construí la red, los hospitales, por qué persigo a la Mafia como si fuera algo personal?
Negó con la cabeza, con la mirada fija en la mía.
—Porque hace veinte años, perdí a la persona más importante de mi vida a manos de ellos.
Se le cortó la respiración y su mano buscó instintivamente mi brazo. —¿Fue tu madre?
Esbocé una pequeña sonrisa amarga. Habría sido más fácil si lo hubiera sido. —Mi hermana. Vera.
Nora abrió la boca, sorprendida, y se llevó las manos a la boca. —Colt... no lo sabía.
—Nadie lo sabe —aparté la mirada, con la mandíbula apretada—. Era ardiente, salvaje. Respondona y terca como ella sola. Después de que murieran nuestros padres y yo me fuera destinado, pensé que estaría bien. Me equivoqué.
El calor de la sauna no era nada comparado con el fuego que me subía por el pecho. Dejé escapar un suspiro hondo y eché la cabeza hacia atrás.
Esta parte nunca se hace más fácil.
—Se juntó con gente equivocada. Depresión...
drogas. No vi las señales. Joder, ni siquiera estaba en el mismo país.
Para cuando me di cuenta de que algo iba mal, ya estaba metida hasta el cuello.
Esos cabrones se aprovechan de eso. Te ponen la adicción como cebo, te enganchan, y cuando te tienen bien pillado, eres suyo.
Se me cerró la garganta y tragué con dificultad. Por un momento tuve que mirar al techo para recomponerme.
—Recibí una llamada cuando ya era demasiado tarde. Volví y me encontré su cuerpo tirado en el bosque como si fuera basura. Estaba... Simplemente... ya no estaba.
Se me quebró la voz, y por primera vez en años lo sentí: la impotencia que había enterrado bajo capas de acero, misiones y disciplina. Debería haberla protegido. Ese era mi trabajo. Y en lugar de eso, lo único que recibí fue una llamada y una bolsa para cadáveres.
Apreté la mandíbula. —Eso fue lo que me puso en este camino.
No quería que otra familia pasara por lo que pasó la mía.
Así que usé todo lo que tenía: contactos, dinero, tiempo.
Monté una red privada. Recluté a veteranos que habían visto lo peor del mundo, formé a sanitarios, alquilé hospitales.
Todo para reparar una mínima parte de lo que no pude evitar.
El silencio que siguió fue denso y sofocante. Tenía los puños apretados contra los muslos.
—No hablo de esto. Nunca —dije en voz baja.
Pero con ella no parecía debilidad. Simplemente parecía... necesario. Como algo que tenía que quitarme de encima si alguna vez quería abrirme de verdad a ella.
Oí a Nora sorberse la nariz y me volví hacia ella. Tenía los ojos rojos, vidriosos, rebosantes de lágrimas que aún no habían caído.
Sin pensarlo, le cogí la mano y se la apreté.
—Así que cuando dije que nunca abandonaría a esas chicas —dije en voz baja—, lo decía en serio. Porque ya he perdido a alguien a manos de monstruos como esos.
Me tomó el rostro con una mano temblorosa y me rozó la comisura de la boca con el pulgar. —Oh, Colt —susurró, escudriñándome el rostro—. No fue culpa tuya.
Aparté la mirada. —Lo sé, racionalmente. Pero no dejo de preguntarme... ¿y si hubiera vuelto a casa antes? ¿Y si no me hubiera refugiado en el trabajo después de que murieran nuestros padres? Era una niña, y la dejé sola con ese dolor. Eso sí es culpa mía.
Quizá si no me hubiera ido a la guerra, podría haberla salvado de la suya. Se me entrecortó la respiración. Decirlo en voz alta no hizo que el dolor desapareciera, pero sí aflojó algo. Un peso que había cargado durante décadas por fin cedió.
Entonces Nora hizo algo que no esperaba: se inclinó y apoyó la frente contra la mía, con suavidad, como si supiera que necesitaba el contacto más que las palabras.
—Sé que es difícil de aceptar, pero te lo prometo, de verdad que no fue culpa tuya —dijo con suavidad—.
Crecí en hogares de acogida, y durante años me culpé de todo lo malo que pasaba.
Pensaba que quizá era demasiado ruidosa, demasiado necesitada, una carga.
Pero he llegado a entender que la gente mala no necesita una razón para hacerte daño.
Simplemente lo hacen. Y eso es cosa suya.
Parpadeé, con la voz ronca. —Siento mucho que hayas pasado por eso.
Se encogió de hombros levemente, como si no quisiera compasión. —Lo que quiero decir es que la sanación empieza cuando dejamos de cargar con la vergüenza de cosas que nunca nos correspondió cargar.
Exhalé lentamente, con la mirada fija en sus cálidos ojos color avellana, llenos de empatía.
¿Cómo demonios había pasado tanto tiempo sin ella en mi vida?
Me ve. Me ve entero. Y no ha apartado la mirada.
En ese momento lo comprendí. No éramos opuestos, en absoluto. Éramos espejos. Dos personas que habían sobrevivido a cosas que nadie debería tener que sobrevivir, intentando darle sentido a todo de la única manera que sabíamos.
Justo entonces, todos los muros que había pasado años levantando a mi alrededor se agrietaron bajo el peso de lo que sentía por ella.
Acorté la distancia entre nosotros. Le acuné la nuca y su pelo sedoso se deslizó entre mis dedos. Se le entrecortó la respiración cuando le incliné el rostro hacia el mío. No se apartó.
La besé. Y cuando me devolvió el beso, lo supe. Ya no estaba solo.
Por primera vez en años, la esperanza atravesó la oscuridad.
Pero incluso mientras sus labios se movían con los míos, una advertencia se enroscó en mis entrañas.
Porque nada en mi mundo permanecía intacto mucho tiempo. Y la idea de perderla, después de haberla encontrado por fin, me aterrorizaba más que cualquier misión.