Protector gruñón accidental (Los protectores prohibidos) 3 NORA
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El resto del trayecto fue corto y perturbadoramente silencioso.

Ni siquiera yo encontré nada sobre lo que parlotear, y eso que soy toda una profesional de la cháchara nerviosa.

Claro que eso pasa cuando, encima de todo lo demás, descubres que la Mafia ha estado rastreando tu teléfono desde el principio.

Medio esperaba que la casa de seguridad estuviera escondida en alguna isla privada y desolada propiedad del Capitán Gruñoncete. Pero cuando el coche se detuvo frente a un recinto de altas vallas, sentí un alivio enorme.

Seguíamos en la ciudad. Gracias a Dios.

El lugar se alzaba como una fortaleza: negro mate, todo aristas. Una casa sacada del mismísimo manual de Batman.

El lugar perfecto para el Señor Multimillonario Taciturno.

—¿Vives aquí? —pregunté, sin poder ocultar el tono crítico—. Muy sutil. Para nada grita «misterioso y amenazante».

No respondió. Solo tecleó un código en la verja, que se deslizó para abrirse. Cuando se cerró detrás de nosotros, caí en la cuenta: estaba oficialmente desaparecida del mapa. Por extraño que parezca, eso no me reconfortaba, sino que me inquietaba.

Lucas me sostuvo la puerta, y al salir al aire de la tarde, me dio un mareo. El día me había dejado agotada, como si llevara una manta de plomo encima.

Colt encabezó la marcha hacia la puerta de cristal, que se abrió con un silbido cuando nos acercamos. Pisé el suelo reluciente y mi tacón resbaló.

—¡Socorrooo! —chillé mientras agitaba los brazos. El brazo de Colt me rodeó la cintura y me atrapó antes de que me estampara de bruces.

Su mano me sujetó en la parte baja de la espalda.

—¿Estás bien? —Entrecerró los ojos con preocupación.

Forcé una sonrisa.

—No creo que le caiga muy bien a tu casa. Si no supiera que es imposible, diría que está intentando asesinarme.

Ni esbozó una sonrisa. Se limitó a ponerme de pie y siguió caminando.

Vaya público más difícil.

—Supongo que tu casa tendrá que esperar su turno. La Mafia ya ha pedido vez —murmuré mientras lo seguía.

Colt se detuvo frente a un pequeño panel rojo junto a la puerta.

—Bajo ningún concepto abras la puerta principal —dijo con gravedad—. Y jamás toques el panel rojo.

Luego subió las escaleras sin añadir nada más.

Lo seguí hasta el salón, con su minimalismo estéril tan frío como el exterior de la casa.

—Tu habitación es la segunda a la izquierda —indicó—. No está cerrada con llave. Ponte cómoda. Tengo que hacer una llamada.

Y desapareció.

Me arrastré hasta mi habitación y cerré la puerta. Por primera vez en mucho tiempo, estaba completamente sola.

La luz del sol entraba a raudales por las cortinas abiertas. Pero lo único que veía más allá del cristal eran hombres armados al acecho detrás de los árboles, esperando a que me asomara para dispararme.

La casa de seguridad era más bonita que cualquier piso en el que hubiera vivido. Líneas elegantes, muebles caros, una cocina de las que salen en las revistas. Hasta el dormitorio de invitados tenía sábanas que parecían nubes. Debería haberme parecido un refugio. En cambio, me parecía una jaula.

Con el corazón desbocado, cerré las cortinas de un tirón. La oscuridad cayó sobre mí, pero no frenó la espiral. El silencio solo dejó que afloraran los recuerdos, esos que normalmente mantenía bajo llave.

Tenía ocho años cuando entendí por primera vez lo que significaba ser invisible.

Mi madre llevaba seis meses muerta. Sobredosis.

La había encontrado en el suelo del baño, con la aguja todavía clavada en el brazo, los ojos perdidos en la nada.

La trabajadora social que vino me dijo que no era culpa mía, que no habría podido salvarla, que algunas personas estaban demasiado rotas para poder recomponerse.

No la creí. Todavía no la creo.

Se suponía que el acogimiento familiar era temporal.

«Solo hasta que encontremos a tu padre», decían.

«Solo hasta que localicemos a algún familiar».

Pero mi padre era un fantasma: un nombre en un certificado de nacimiento, nada más.

Y la familia que mi madre había dejado en Puerto Rico no quería saber nada de la nieta de una yonqui.

Así que fui rebotando de casa en casa. Tres hogares en dos años. Cada uno peor que el anterior.

La primera familia era amable pero estaba desbordada. Demasiados niños, pocos recursos. Aprendí a hacerme pequeña, a ocupar el menor espacio posible. Dio igual. Me devolvieron igualmente cuando su propia hija se quedó embarazada y necesitó mi habitación.

La segunda familia quería el cheque del gobierno más que a una niña. Cenaba sola casi todas las noches, las sobras de lo que ellos no se habían terminado. La mujer me llamaba «la acogida» en vez de por mi nombre. Como si no fuera una persona, solo una categoría.

La tercera familia... De la tercera familia no hablo.

Lo que más recuerdo de aquellos años no es el hambre ni la soledad.

Es el silencio. Cómo los adultos hablaban de mí como si yo no estuviera delante.

Cómo las trabajadoras sociales revolvían papeles y hacían promesas que nunca cumplían.

Cómo el sistema estaba diseñado para procesar niños, no para salvarlos.

Aprendí pronto que nadie iba a venir a rescatarme. Que si quería salir de allí, tendría que abrirme camino a uñas y dientes.

Y lo hice.

Una profesora se fijó en mí en primero de la ESO: la señora Patterson, con su pelo canoso, su termo de café y su empeño en no abandonar a los niños «difíciles». Vio algo en mí que yo no era capaz de ver. Potencial, lo llamaba. Garra.

Me ayudó a entrar en un instituto mejor. Me orientó hacia las becas. Escribió cartas de recomendación hasta que le dolieron las manos. Cuando me gradué del bachillerato —la primera de mi familia en conseguirlo— fue la única entre el público que lloró.

Fui a la universidad a base de préstamos y determinación. Estudié trabajo social porque sabía lo que era ser un expediente en el escritorio de alguien. Un número de caso. Un problema que gestionar, no una persona que salvar.

Juré que yo sería diferente. Vería a los niños. De verdad los vería. Lucharía por ellos cuando nadie más lo hiciera, saltaría las normas si las normas estaban mal, prendería fuego al sistema entero si hacía falta.

Pero los sistemas son más difíciles de quemar de lo que yo creía.

Tras tres años en la profesión, había aprendido que la pasión no bastaba.

Que la financiación siempre era escasa, el volumen de casos siempre imposible, los supervisores siempre más preocupados por cubrirse las espaldas que por las vidas.

Había visto a niños escurrirse por las rendijas que se suponía que yo debía tapar.

Firmé asignaciones que sabía que estaban mal porque no había otro sitio donde colocarlos.

Cada pérdida se sentía personal. Cada fracaso arrancaba otro pedazo de mí.

Y luego estaba Liz.

Una chica a la que mi sistema había fallado. Una chica que había pedido ayuda y a la que le habían dicho —mi propia supervisora— que no había nada que pudiéramos hacer. Una chica que desaparecería en la pesadilla de la trata mientras los burócratas movían papeles y se cubrían las espaldas.

Esta vez no.

Ya no me importaba el protocolo. No me importaba mi carrera, mi seguridad, mi vida cuidadosamente construida. Liz era real. Su miedo era real. Y prefería morir intentando salvarla que pasar otra noche mirando al techo, preguntándome si seguir las reglas me hacía cómplice.

Por eso me había puesto en contacto con ella directamente. Por eso había arriesgado todo para reunirme con ella en aquel café. Por eso me había lanzado al tráfico en cuanto recibí su mensaje, aunque sabía que probablemente era una trampa.

Porque la alternativa era convertirme en el tipo de persona que mira hacia otro lado. Y prefería estar muerta que ser invisible.

El recuerdo se desvaneció, pero el fuego que dejó atrás no.

Contrólate, Nora.

Me pasé las manos por el pelo, con el cuero cabelludo escociendo mientras la imagen del cañón de una pistola destellaba en mi mente. Estás a salvo. Estás a salvo.

Mi cuerpo no lo creía.

Quizá una ducha ayudaría.

El baño parecía pertenecer a una suite del Four Seasons. Me desnudé y me metí bajo el agua fría, dejando que arrastrara el miedo que se aferraba a mí.

Cuando salí, envuelta en el albornoz más lujoso que había tocado en mi vida, casi me sentía humana de nuevo.

Entonces vi el portátil sobre el escritorio. La esperanza brotó y tiró de mí hacia él.

Entré en mi portal de trabajo. Error. Actualizar. Error. Al quinto intento, la realidad cayó como un mazazo: este lugar no era solo una fortaleza. Era una prisión. Estaba completamente aislada.

Las lágrimas brotaron mientras cerraba la tapa de golpe. El portátil era inútil.

Me tambaleé hasta la cama y me hice un ovillo. Liz estaba ahí fuera, sufriendo horrores que solo podía imaginar, mientras yo estaba aquí sentada, indefensa.

Inútil.

El sollozo salió antes de que pudiera detenerlo. De repente tenía diez años otra vez, acurrucada en un hogar de acogida, con los oídos atentos al crujido de la puerta que tanto temía. También me encogí entonces. Pero eso nunca lo detuvo.

Me había fallado a mí misma entonces. Y ahora, escondida en esta mansión, le estaba fallando a Liz.

Indefensa.

Enterré el rostro en la almohada, ahogando mis sollozos hasta que el sueño finalmente me arrastró.

Me desperté con un hambre voraz y la constatación de que no había comido desde un triste sándwich aquella mañana. Fui descalza hasta la cocina, preparándome para encontrar esterilidad fría, pero no estaba tan mal. Tenía lo esencial, gracias a Dios.

Saqué pasta, tomates en lata, aceite de oliva y ajo de los armarios. Pronto, el chisporroteo de la salsa y el aroma de la albahaca llenaron el aire.

—¿Estás cocinando? —la voz de Colt me sobresaltó. Una mueca le torcía la boca mientras se acercaba.

Se había cambiado el traje por una camisa blanca con las mangas remangadas, dejando ver unos antebrazos con las venas marcadas. Se me cortó la respiración.

—Lucas ya está trayendo comi... —se detuvo, aspirando el aire—. Oh, vaya. Esto huele... jodidamente bien.

Una sonrisa asomó a mis labios.

—¿Decías algo sobre comida para llevar?

—Olvídalo. Le enviaré un mensaje a Lucas para que cancele mi comida —agitó una mano mientras se acercaba—. Esto huele mejor. Siéntate. Has tenido un día infernal.

Antes de que pudiera discutir, tomó la espátula. Sus dedos rozaron los míos y un escalofrío me recorrió.

Demasiado cansada para resistirme, dejé que me guiara a la mesa. Un momento después, puso un plato frente a mí y se sentó enfrente. La pasta era simple, rústica, y olía a hogar. Por un momento frágil, resultó reconfortante.

Comimos en silencio hasta que sus ojos se alzaron hacia los míos. Un calor me ardió en el pecho.

Entonces se aclaró la garganta.

—Hablé con Saber otra vez.

Así, sin más, la pasta se convirtió en ceniza.

—Encontró algunas pistas. Principalmente los antecedentes de Liz en Serbia: el contacto de la mafia que la trajo. Pero el cortafuegos de Estados Unidos es más difícil de penetrar de lo que esperaba. Necesita otras cuarenta y ocho horas.

Dejé el tenedor. Se me había quitado el apetito.

—¿Así que Liz pasa dos días más encerrada con traficantes porque tu amigo hacker necesita teclear más rápido?

—Nora...

Aparté el plato.

—No puedo hacer esto. Reírnos mientras comemos pasta como si todo estuviera bien... es demasiado falso.

Colt alargó el brazo sobre la mesa y envolvió mi mano con la suya.

—Nora. La sacaremos. Pero lo hacemos bien, o no lo hacemos.

Por un instante, quise creerle. Entonces recordé quién era. El señor Asquerosamente Rico, probablemente traumatizado por vacaciones en Aspen en lugar de Fiji.

Por supuesto que no lo entendía.

Liberé mi mano.

—Fácil para ti decirlo. Tú no eras quien la escuchaba suplicar ayuda mientras tu jefa te decía que pasaras página.

Se le tensó la mandíbula.

—¿Crees que esto es fácil para mí?

—No. Creo que eres un maníaco del control al que le encanta jugar a ser el héroe.

Sus ojos se encendieron.

—No juego a ser el héroe, Nora. Los héroes entran a ciegas y consiguen que maten a la gente —su voz bajó, afilada y peligrosa—. A menos que tengas información que Saber no tenga...

Espera.

—Mi portátil del trabajo —susurré.

Entrecerró los ojos.

—¿Qué?

—Está en casa. Lo dejé esta mañana con las prisas. Tiene todo: las notas del caso de Liz, transcripciones, registros de GPS. Eso podría llevarnos directamente hasta ella.

La esperanza surgió. Por fin, un avance.

Su rostro no cambió.

—Ni hablar.

Me quedé boquiabierta. —¿Perdona?

—Demasiado peligroso.

—No te estoy pidiendo permiso, Colt. Ese portátil tiene lo que necesitamos.

Su voz restalló como un látigo. —Y volver a ese apartamento podría costarte la vida.

Lo fulminé con la mirada, con el pecho agitado. —Es que no lo entiendes.

—¿Entender qué?

Solté una risa amarga. —Tú creciste entre algodones, Colt. Algunos aprendimos que si no nos salvábamos solos, nadie lo haría.

Algo brilló en sus ojos. Entonces su voz se redujo a un susurro. —¿Crees que me conoces? ¿Crees que no sé lo que es el infierno?

Apartó la silla de un empujón; la madera chirrió contra las baldosas. —No tienes ni idea, Nora.

Le temblaba la voz de contenerse. —Pero sí sé una cosa: entrar en ese apartamento sin refuerzos es un suicidio. Y no pienso permitírtelo.

—¿No vas a permitírmelo? —Me levanté de un salto, con la furia martilleándome en el pecho—. No eres mi guardián, Colt. Haré lo que me dé la maldita gana.

Se le oscurecieron los ojos mientras se acercaba, con los músculos en tensión. —No vas a ir a ninguna parte.

Su tono no admitía réplica. Giró sobre sus talones y salió furioso por el pasillo, con los puños apretados.

—Inténtalo —murmuré mientras se alejaba.