La semilla del odio #3
Rumores de abusos, de favoritismos, de comportamientos inapropiados.
Nada concreto todavía, pero suficiente para que el pedestal empezara a tambalearse.
Luego centró su atención en Elena y Clara.
Convocó a ambas a un apartamento que alquiló exclusivamente para sus propósitos. Un lugar austero, minimalista, con grandes ventanales y poca luz. Allí, en aquel espacio neutral, las obligó a presenciar y participar en su propia degradación emocional.
Una noche, hizo que Elena se sentara frente a ella mientras Gustavo la follaba con rabia contenida. Valeria no gemía de placer. Gemía de poder.
—Míralo —le decía a Elena—. Míralo cómo obedece. Cómo se arrastra. Este es el hombre que te juró lealtad.
Elena lloraba en silencio, pero ya no intentaba huir. El miedo y la vergüenza la habían convertido en cómplice pasiva.
Clara, por su parte, se resistía más. Su juventud aún ardía con indignación. Hasta que una noche Valeria la enfrentó a solas.
—Dime la verdad —le susurró Valeria mientras le acariciaba el cabello—. ¿Nunca imaginaste que tu padre era capaz de esto?
Clara rompió a llorar. Y en ese llanto, Valeria vio la grieta. La joven estaba fascinada y horrorizada al mismo tiempo. La semilla de la corrupción ya había sido plantada.
La noche del gran partido de ascenso fue el escenario elegido para el golpe final.
El equipo jugaba en casa. El estadio estaba lleno. Gustavo dirigía desde la banda, pálido y nervioso. Valeria había exigido estar presente en el palco VIP, acompañada de Elena y Clara. Diego, convertido ya en una sombra, las seguía como un perro fiel.
Durante el descanso, Valeria mandó un mensaje:
«Vestuario. Ahora.»
Cuando Gustavo entró en el vestuario con el equipo, se encontró con una escena que jamás olvidaría.
Valeria estaba sentada en el centro del banco principal, completamente desnuda, con las piernas cruzadas. A su alrededor, Elena y Clara permanecían de pie, vestidas de negro, como damas de honor de una reina oscura.
—Esta noche —anunció Valeria— vais a jugar el segundo tiempo sabiendo que yo estoy aquí. Y cuando ganéis… vendréis todos a celebrarlo.
Gustavo intentó protestar. Valeria solo levantó una mano.
—Si perdéis… enviaré todo el material a la prensa, a vuestras familias y a las redes sociales. Si ganáis… os daré la noche más oscura de vuestras vidas.
Ganaron.
Y la celebración fue apocalíptica.
En la casa grande, Valeria transformó el salón en un teatro de degradación absoluta.
Obligó a Gustavo a arrodillarse en el centro mientras todo el equipo la follaba uno tras otro, y después de dos en dos.
Obligó a Elena a sostenerle la mano durante las penetraciones más brutales. Obligó a Clara a mirar cada detalle.
Pero el golpe maestro llegó al final.
Valeria, sudorosa, con el cuerpo marcado y el semen de casi todo el equipo corriendo por sus muslos, se acercó a Gustavo, que seguía arrodillado.
—Ahora —dijo con voz clara y potente— vas a lamer todo lo que han dejado dentro de mí… delante de tu mujer y de tu hija.
El silencio fue sepulcral.
Gustavo, con lágrimas de rabia y humillación, obedeció. Se arrastró hasta Valeria y cumplió la orden mientras Elena sollozaba y Clara observaba con los ojos muy abiertos, incapaz de procesar lo que veía.
Cuando terminó, Valeria le levantó la cara con la punta del pie.
—Esto es lo que eres —sentenció—. Un hombre roto. Un entrenador acabado. Un padre destruido.
Tres semanas después, todo llegó a su clímax.
Valeria convocó a todos por última vez en el pabellón abandonado donde todo había comenzado.
Estaban presentes: Gustavo, Elena, Clara, Diego, Marcos, Raúl y los jugadores principales.
Valeria apareció vestida de blanco. Un color irónico, casi sacrílego.
—Hoy termina esto —anunció—. Pero no como vosotros esperabais.
Miró a cada uno de ellos con una serenidad aterradora.
—Gustavo: estás despedido. Los directivos ya tienen suficiente material. Tu carrera ha terminado.
—Elena: tienes los papeles del divorcio preparados. Firma o todo sale a la luz.
—Clara: tú decidirás si sigues viviendo en la mentira o te marchas lejos de este veneno.
—Diego: tú ya no existes para mí. Eres libre… pero nunca volverás a mirarte al espejo sin ver al cobarde que fuiste.
Luego miró al resto del equipo.
—Vosotros seguiréis viviendo con el miedo. Porque yo tengo copias de todo. Y si alguna vez intentáis volver a hacer lo que me hicisteis a otra mujer… os destruiré sin piedad.
Valeria se acercó al centro de la sala y los miró a todos por última vez.
—Pensasteis que me romperíais. Pero solo conseguisteis despertarme. Yo ya no soy la chica que entró aquí temblando. Soy lo que vosotros creasteis: una reina hecha de vuestras ruinas.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, sin girarse, dijo sus últimas palabras:
—Vivid con ello.
La puerta se cerró tras ella.
Fuera, el amanecer teñía el cielo de un rojo sangriento.
Valeria respiró profundamente el aire frío de la mañana. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió viva.
No estaba curada. Probablemente nunca lo estaría.
Pero era libre.
Y era peligrosa.