Capítulo 10 Sangre fría en el comité #4
Los ascensores tardaban demasiado. Clara bajó por las escaleras con Andrea, Teresa, Rafael y dos asesores. Cada piso parecía interminable. Cuando llegaron al nivel del laboratorio, encontraron a Isabel esperándolos.
—Enrique no está en su puesto —dijo—. Su casillero está abierto.
Clara sintió un miedo helado.
—¿Abierto cómo?
Isabel no respondió.
Los guio hasta la farmacia secundaria.
La puerta estaba entreabierta.
Dentro, varios cajones estaban abiertos. Una papelera volcada. Un monitor encendido con la pantalla bloqueada. En el suelo había etiquetas arrancadas.
Y sobre la mesa central, una placa de identificación.
Enrique Torres — Farmacia clínica.
Clara la tomó con cuidado.
—No…
Andrea dio órdenes a sus asesores. Fotografías. Registro de acceso. Seguridad. Bloqueo del área.
Teresa miró alrededor.
—Esto no parece una salida voluntaria.
Clara recordó a Gabriel.
El casillero vaciado. El correo cerrado. El nombre eliminado.
Ahora Enrique.
El precio de preguntar estaba subiendo.
En una esquina, Isabel encontró una bolsa de bioseguridad parcialmente escondida detrás de una caja de guantes.
—Clara.
Dentro había un pequeño tubo de muestra.
La etiqueta estaba dañada, pero aún se leía una parte:
R-7 / infusión retirada / pendiente análisis
La muestra de Mateo.
Clara sintió una mezcla de alivio y miedo.
—Intentaron desaparecerla.
Andrea tomó la bolsa con guantes.
—Se preservará externamente.
Entonces, desde el pasillo, llegó una voz.
—Qué escena tan innecesaria.
Marta Beltrán estaba en la puerta.
No parecía sorprendida por el desorden.
Clara la miró.
—¿Dónde está Enrique?
Marta levantó una ceja.
—No lo sé. Quizá decidió abandonar su puesto, como el señor Molina.
La sangre de Clara hirvió.
—Gabriel no abandonó nada. Lo borraron.
Marta sonrió apenas.
—Doctora Álvarez, su problema es que escucha historias de personas asustadas y las confunde con verdad.
Andrea intervino.
—Directora Beltrán, esta área queda bajo revisión. Le solicito que se retire.
Marta sostuvo su mirada unos segundos. Luego se apartó.
Pero antes de irse, miró a Rafael.
—Doctor Ortega, espero que haya pensado bien cuánto quiere recordar.
Rafael se puso rígido.
Clara observó ese intercambio.
No era una advertencia general.
Era personal.
Cuando Marta se fue, Rafael parecía pálido.
—¿Qué quiso decir? —preguntó Clara.
Él no respondió.
—Rafael.
—Hay más archivos —dijo él.
Andrea se volvió hacia él.
—¿Dónde?
Rafael tragó saliva.
—No en el servidor del comité. En una unidad privada. Una copia de diseño inicial del modelo. Correos antiguos. Reuniones antes de Pinewood.
Clara sintió que el corazón volvía a hundirse.
—¿De quién es esa unidad?
Rafael cerró los ojos.
—Mía.
Teresa lo miró con dureza.
—¿Y pensaba mencionarlo cuándo?
Rafael respiró como si cada palabra le costara.
—Cuando estuviera seguro de que no iban a usarlo para destruir a Clara antes de llegar a Marta.
Clara negó lentamente.
—No. No vuelvas a convertir tus silencios en protección.
Él la miró con dolor.
—Tienes razón.
Andrea fue directa.
—Doctor Ortega, ¿entregará voluntariamente esa unidad?
Rafael dudó.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Clara sintió que ese silencio podía romperlo todo.
Finalmente, él asintió.
—Sí.
En ese momento, el teléfono de Clara vibró otra vez.
Número desconocido.
Un mensaje.
EL COMITÉ SANGRA SOLO CUANDO ALGUIEN TRAICIONA DESDE DENTRO.
PREGÚNTELE A SU MENTOR QUÉ HIZO CON LA PRIMERA VERSIÓN DE PRONÓSTICO.
Clara levantó la vista lentamente hacia Rafael.
Él vio su cara y supo que algo había cambiado.
—¿Qué pasa?
Clara le mostró el mensaje.
Rafael lo leyó.
Toda la poca sangre que le quedaba en el rostro desapareció.
—No —susurró.
Teresa se acercó.
—¿Qué es la primera versión de Pronóstico?
Rafael no respondió.
Clara sintió que el ruido del laboratorio se alejaba. Los asesores, las etiquetas, Andrea hablando por teléfono, Isabel preservando la muestra, todo quedó en segundo plano.
Solo Rafael.
Su mentor.
Su maestro.
El hombre que le había enseñado a escuchar a los pacientes.
El hombre cuyo modelo había enseñado a los datos a callar.
—Rafael —dijo Clara con una voz que apenas reconoció—. ¿Qué hiciste con la primera versión?
Él cerró los ojos.
Y en ese silencio, Clara entendió algo terrible.
El comité era frío.
Salazar era ambicioso.
Mercedes era cómplice.
Marta era poder.
Pero el origen de la mentira podía estar más cerca.
Mucho más cerca.
Rafael abrió los ojos.
—Clara, antes de que me odies, necesito que sepas una cosa.
Ella sintió que el corazón se le rompía antes de escuchar el resto.
—No me pidas eso.
Él dio un paso hacia ella.
—Pronóstico no empezó como encubrimiento.
Clara retrocedió.
—Pero terminó como uno.
Rafael no pudo negarlo.
En la farmacia secundaria, rodeada de etiquetas arrancadas, muestras escondidas y archivos que alguien intentaba borrar, Clara comprendió que el verdadero horror no siempre nacía de personas que querían hacer daño.
A veces nacía de personas inteligentes que se convencían de que podían controlar las consecuencias.
A veces nacía de un comité con sangre fría.
Y a veces llevaba el rostro de alguien a quien una vez habías llamado mentor.