Pronóstico: Víctimas silenciosas Capítulo 9 El precio de preguntar #2
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Capítulo 9 El precio de preguntar #2

—No. Todavía tiene su nombre en una placa. Todavía tiene una carrera que pueden destruir. Todavía tiene gente que espera que usted sea valiente. Cuando pierda todo eso, sabrá el precio.

Clara sintió que la frase le dolía porque era cierta.

—Tal vez lo pierda —dijo—. Pero Mateo no puede perder la vida para que yo conserve mi carrera.

Gabriel la miró durante mucho tiempo.

Luego bajó la cabeza.

—Mariana siempre dijo que yo hablaba más de ética que de coraje.

—Entonces hoy hable de las dos cosas.

Daniel dio un paso adentro.

—Puedo llamar a Teresa. Podemos grabar una declaración protegida ahora mismo, en video, con fecha, hora, identificación y cadena de archivos. No se publica. Se entrega a la autoridad sanitaria y a la abogada externa.

Gabriel respiró con dificultad.

—Si hago eso, ya no hay vuelta atrás.

Clara miró hacia la puerta de la cripta, hacia la luz del amanecer que empezaba a crecer.

—Para Mateo tampoco.

Gabriel cerró los ojos.

Cuando los abrió, algo en él había cambiado. El miedo seguía allí, pero ya no ocupaba todo el espacio.

—Hágalo rápido.

Daniel preparó el teléfono, sin conectarlo a internet. Clara colocó los documentos sobre la mesa. Gabriel se sentó, mostró su identificación profesional antigua y comenzó a hablar.

Esta vez su voz no tembló.

Dijo su nombre. Su cargo. Su función en el protocolo. Explicó el lote B-19, los eventos adversos, la reclasificación, la presión interna, las amenazas, la desaparición forzada de su cargo y la existencia de SILENCIO-R.

Cuando mencionó a Rafael Ortega, Clara sintió que el pecho se le apretaba.

—El doctor Ortega no diseñó el medicamento —dijo Gabriel—, pero su revisión metodológica permitió que los datos alterados parecieran aceptables.

No puedo afirmar que su intención inicial fuera criminal.

Sí puedo afirmar que fue advertido de los riesgos y que su firma fue utilizada para sostener la continuidad del protocolo.

Clara agradeció en silencio esa precisión. Gabriel no exageraba. No convertía sospechas en hechos. Eso lo hacía más creíble.

La grabación terminó a las 6:57 a. m.

Daniel guardó dos copias en dispositivos separados. Clara tomó una. Gabriel conservó otra.

Entonces la puerta principal de la capilla se abrió con un golpe.

Todos quedaron inmóviles.

Pasos.

No muchos.

Dos personas, quizá tres.

Daniel apagó la lámpara. Clara guardó los documentos. Gabriel se puso de pie, pálido.

Una voz resonó desde arriba.

—Señor Molina.

Clara reconoció a Julián Costa.

Otra vez.

Gabriel retrocedió.

—No…

Clara le tomó el brazo.

—Hay salida?

—Por la sacristía, al fondo.

Daniel susurró:

—Vayan. Yo los retraso.

—No —dijo Clara.

—Soy periodista. Hacer preguntas molestas es literalmente mi trabajo.

No esperó respuesta. Subió las escaleras de la cripta con calma.

Clara escuchó su voz arriba:

—Buenos días. ¿Buscan a alguien?

Julián respondió algo que no pudo distinguir.

Gabriel abrió una puerta estrecha al fondo. Daba a un pequeño corredor de servicio. Clara lo siguió. El pasillo olía a humedad. Al final había una salida lateral hacia un patio.

Mientras cruzaban, Gabriel susurró:

—No debí venir.

—Sí debió.

—Me encontrarán.

—Entonces deje de estar solo.

Salieron al patio justo cuando se escucharon voces más fuertes dentro de la capilla.

Clara sacó el teléfono alternativo que Teresa le había dado y marcó.

—Necesitamos extracción segura ahora —dijo apenas contestaron—. San Lucas. Salida lateral.

La voz de Teresa respondió:

—Un auto gris llegará en tres minutos. No se quede en la calle principal.

Clara tomó a Gabriel por el brazo y lo llevó hacia un muro bajo cubierto de hiedra. Se escondieron detrás.

Gabriel respiraba rápido.

—No puedo volver a esto.

—No está volviendo a lo mismo —dijo Clara—. Esta vez hay copias. Testigos. Autoridades externas. Padres que no van a callarse.

—Pinewood tiene dinero.

—Mateo tiene vida.

Gabriel la miró, sorprendido por la frase.

Clara no sabía de dónde le había salido. Quizá del cansancio. Quizá de la rabia. Quizá de todas las madres y padres que había visto junto a incubadoras esperando una oportunidad.

Un auto gris se detuvo al otro lado del patio.

Una mujer de mediana edad bajó la ventanilla.

—De parte de Teresa.

Clara abrió la puerta trasera para Gabriel.

—Vaya con ella.

—¿Y usted?

—Vuelvo al hospital.

Gabriel negó.

—No sola.

—No estoy sola.

Mostró la memoria.

—Usted acaba de venir conmigo.

Gabriel la miró con una mezcla de gratitud y miedo.

—Doctora Álvarez.

—Clara.

Él asintió.

—Clara… el precio de preguntar sube cuando la respuesta se acerca al poder.

—Entonces hay que pagarlo antes de que lo paguen los bebés.

Gabriel subió al auto.

Antes de cerrar la puerta, dijo:

—Revise la última página de SILENCIO-R. Hay un nombre que no aparece en las primeras tablas. Alguien por encima de Salazar autorizó la continuidad después de mi alerta final.

—¿Quién?

Gabriel tragó saliva.

—No lo memoricé completo. Solo recuerdo las iniciales del comité ejecutivo.

—Dígame.

—M.B.

El auto arrancó antes de que Clara pudiera preguntar más.

M.B.

No era Salazar.

No era Mercedes Vidal.

No era Julián Costa.

No era Rafael Ortega.