Pronóstico: Víctimas silenciosas Capítulo 7 El farmacéutico desaparecido #2
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Capítulo 7 El farmacéutico desaparecido #2

—Parte. Gabriel le dijo: “Usted sabe lo que están haciendo con los datos.” El doctor Ortega respondió: “Estoy intentando evitar algo peor.”

Clara apretó el teléfono.

—¿Algo peor que bebés en crisis?

—No sé.

—¿Qué pasó después?

—Dos días más tarde, Gabriel no volvió.

La línea quedó en silencio.

—Enrique, ¿por qué no habló antes?

Él soltó una risa triste.

—Porque tengo dos hijos. Porque tengo deudas. Porque Pinewood no solo despide gente; la borra. Y porque cuando Gabriel desapareció, entendí que hacer lo correcto no siempre te convierte en héroe. A veces solo te convierte en advertencia.

Clara no supo qué decir.

Enrique continuó:

—Hay algo más. Gabriel guardaba una copia física de una llave en su casillero. No sé de qué era. Cuando desapareció, el casillero estaba vacío. Pero no lo vació seguridad. Lo vació alguien con acceso de médico.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo vi la bata.

—¿Qué bata?

—Una bata con las iniciales R.O. bordadas en el bolsillo.

El corazón de Clara se detuvo por un segundo.

—¿Está seguro?

—Ojalá no lo estuviera.

La llamada se cortó.

Clara se quedó con el teléfono en la mano.

Teresa no preguntó de inmediato. Esperó.

Clara habló con dificultad:

—Rafael pudo haber vaciado el casillero de Gabriel.

Teresa no reaccionó con sorpresa. Solo añadió el dato a la hoja.

—Entonces vamos a Somerville.

—¿Ahora?

—Ahora.

La panadería Santa Lucía estaba por cerrar cuando Clara y Teresa llegaron.

El local era pequeño, cálido y lleno del olor dulce del pan recién horneado.

Durante un segundo, Clara sintió una desconexión extraña.

Afuera había amenazas, datos manipulados y bebés en incubadoras.

Dentro, una mujer colocaba pasteles en una vitrina mientras una canción suave sonaba desde una radio.

La vida normal seguía existiendo, incluso cuando la verdad se estaba desmoronando.

—¿Mariana Molina? —preguntó Teresa.

La mujer levantó la vista.

Tenía unos treinta y tantos años, cabello castaño recogido y ojos cansados. Al escuchar su apellido, su expresión cambió.

—¿Quién pregunta?

Clara dio un paso adelante.

—Soy la doctora Clara Álvarez. Trabajo en Pinewood Memorial. Necesito hablar sobre su hermano Gabriel.

Mariana dejó la bandeja sobre el mostrador.

—Yo no hablo de Gabriel con nadie de Pinewood.

—No vengo de parte del hospital.

—Todos dicen eso.

Teresa intervino con voz firme:

—Señora Molina, creemos que su hermano intentó denunciar un riesgo grave para bebés prematuros. Tenemos documentos que él dejó.

Mariana se quedó inmóvil.

La dureza de su rostro se rompió apenas.

—¿Está vivo? —preguntó Clara.

La pregunta salió antes de que pudiera suavizarla.

Mariana miró hacia la puerta, luego bajó la persiana del local y giró el cartel a “cerrado”.

—Pasen atrás.

La trastienda olía a harina y café. Había una mesa pequeña, dos sillas y cajas apiladas contra la pared. Mariana cerró la puerta con llave.

—Gabriel está vivo —dijo.

Clara sintió que el alivio la golpeaba tan fuerte que tuvo que apoyarse en la mesa.

—¿Dónde está?

—No puedo decirlo.

—Necesito hablar con él.

Mariana cruzó los brazos.

—Mi hermano casi perdió todo por intentar hablar. Su trabajo, su casa, su nombre. ¿Y ahora una médica de Pinewood viene a decirme que necesita más?

Clara aceptó el golpe. Mariana tenía derecho a esa rabia.

—Tiene razón en desconfiar. Pero siguen usando N-47. Siguen poniendo en riesgo a bebés. Mateo Reyes casi muere hoy.

El rostro de Mariana cambió al escuchar el nombre.

—¿Mateo?

Clara se tensó.

—¿Lo conoce?

Mariana miró al suelo.

—Gabriel hablaba de códigos, no de nombres. Pero una vez dijo que había un bebé del subgrupo R que podía demostrarlo todo. Un bebé que estaba reaccionando de forma clara al lote.

—R-7 —susurró Clara.

Mariana asintió lentamente.

—Él decía que si ese bebé sobrevivía, los datos reales serían imposibles de negar.

Clara sintió una mezcla de esperanza y horror.

Mateo era la prueba viva, sí.

Pero también por eso era vulnerable.

—Mariana, necesito que Gabriel declare.

—No.

—Sin él, Pinewood dirá que los archivos están fuera de contexto.

—Con él, Pinewood terminará lo que empezó.

Teresa se inclinó hacia adelante.

—¿Qué le hicieron?

Mariana respiró con dificultad.

—Primero lo suspendieron. Después dijeron que había robado material confidencial. Luego recibió una carta legal. Luego llamadas. Luego un auto frente a su apartamento. Una noche llegó aquí con la camisa rota y la cara golpeada.

Clara sintió un frío intenso.

—¿Quién lo golpeó?

—No lo sabe. O no quiso decirlo. Solo repetía que no podía volver a casa.

—¿Fue a la policía?

Mariana soltó una risa amarga.

—Con qué prueba. ¿Un farmacéutico acusado por su propio hospital diciendo que lo seguían? Pinewood ya había preparado la historia antes de que él abriera la boca.

Clara pensó en las palabras de Julián Costa.

Manipular información. Causar alarma. Acceder a archivos privados.

El mismo patrón.

—¿Por qué dejó los archivos en la taquilla?

—Porque sabía que tarde o temprano alguien más vería lo que él vio. No confiaba en las autoridades internas. Pero confiaba en que otro médico, uno que todavía pudiera entrar al hospital, encontraría el hilo.

Mariana miró a Clara con dureza.

—Supongo que esa persona es usted.

Clara no respondió de inmediato.

No se sentía como una elegida. Se sentía cansada, asustada y profundamente sola.

—Yo solo escuché a los bebés —dijo.

La expresión de Mariana se suavizó apenas.

—Gabriel decía algo parecido. Que los monitores gritaban y los adultos fingían sordera.

Teresa apoyó las manos sobre la mesa.

—Señora Molina, necesitamos una forma de contactar a su hermano sin exponerlo. Puede ser una llamada, un audio, una declaración escrita, cualquier cosa que confirme autenticidad de documentos y cadena de hallazgos.

Mariana dudó.

—No prometo nada.

—No le pedimos que prometa. Le pedimos que le pregunte.

En ese momento, alguien golpeó la puerta principal de la panadería.

Tres golpes.

Lentos.

Mariana se puso pálida.

Clara y Teresa se miraron.

Otro golpe.

—¿Espera a alguien? —preguntó Clara en voz baja.

Mariana negó con la cabeza.

Las luces del local seguían encendidas, aunque el cartel estaba en cerrado. Desde la trastienda no podían ver quién estaba afuera.

Teresa apagó la luz de la habitación.

—No hagan ruido.

El tercer golpe fue más fuerte.

Luego una voz masculina dijo desde el otro lado:

—Mariana. Abra. Sabemos que está ahí.

Clara reconoció la voz.

Julián Costa.

Su cuerpo se tensó de inmediato.

Mariana susurró:

—¿Lo trajeron ustedes?

—No —dijo Clara.

Teresa tomó su bolso y sacó un pequeño teléfono.

—Hay salida trasera?

Mariana asintió.

—Por el patio.

—Vámonos.

La voz de Julián volvió a sonar:

—No queremos problemas. Solo necesitamos hablar con la doctora Álvarez.

Clara sintió un golpe de miedo.

La habían seguido.

O rastreado.

O alguien había hablado.

Mariana abrió una puerta pequeña que daba a un pasillo de servicio. Salieron al patio trasero, lleno de cajas vacías y bolsas de harina. La noche estaba fría. A lo lejos se escuchaba tráfico.

—Por aquí —susurró Mariana.

Avanzaron por un callejón estrecho. Clara llevaba la carpeta contra el pecho. Teresa caminaba sorprendentemente rápido para su edad. Detrás de ellas, la puerta principal de la panadería volvió a sonar, esta vez con golpes más fuertes.

—Van a entrar —dijo Mariana.

—¿Tiene copia de cámaras? —preguntó Teresa.

—Sí, en la nube del local.

—Guárdela.

Llegaron al final del callejón. Mariana se detuvo junto a una reja.

—Yo no puedo ir con ustedes.

Clara se giró.

—Mariana—

—Si desaparezco también, Gabriel no hablará jamás.

Tenía razón.

Mariana sacó un papel del bolsillo de su delantal y lo puso en la mano de Clara.

—Es un lugar donde él dejó mensajes antes. No sé si sigue usándolo. Vayan mañana al amanecer. Si él quiere hablar, aparecerá.

Clara miró el papel.

Capilla de San Lucas — cripta lateral — 6:30 a. m.

Mariana sostuvo su mirada.

—Y doctora… si mi hermano decide no aparecer, no lo juzgue. Ya intentó ser valiente una vez.

Clara sintió una tristeza profunda.

—No lo juzgaré.

—Pero tampoco lo espere demasiado. Si Pinewood vino aquí, ya saben que usted está cerca.

Desde la panadería se escuchó un golpe seco. Tal vez una puerta forzada.

Teresa tomó el brazo de Clara.

—Tenemos que irnos.

Corrieron hasta la calle siguiente. Teresa llamó a un taxi desde otro teléfono. Mientras esperaban, Clara encendió brevemente su móvil.

Tenía un mensaje de Isabel.

Intentan conseguir autorización judicial interna para traslado de Mateo. Elena y Tomás resisten. Rafael está aquí. No sé de qué lado.

Clara leyó el mensaje dos veces.

Rafael está aquí.

No sé de qué lado.

Guardó el teléfono.

Teresa la miró.

—¿Mateo?

—Siguen intentando moverlo.

—Entonces mañana puede ser tarde.

—Necesito ver a Gabriel al amanecer.

—Y también necesitamos que Mateo no desaparezca esta noche.

Clara sintió que el dilema la partía en dos. Una parte de ella quería correr al hospital y quedarse junto a la incubadora. La otra sabía que Gabriel podía ser la pieza que hiciera caer el muro completo.

—No puedo estar en dos lugares —dijo.

Teresa asintió.

—Por eso necesita aliados.

—¿Cuáles? Isabel está dentro, pero limitada. Enrique tiene miedo. Los padres están solos. Rafael…

No terminó la frase.

Teresa lo hizo por ella.

—Rafael es una incógnita. Y las incógnitas no se ponen en el centro de un plan.

El taxi llegó.

Subieron.

Durante el trayecto, Teresa llamó a dos personas. No dio detalles completos, solo habló de “riesgo neonatal activo”, “documentos preliminares” y “posible obstrucción institucional”. Clara escuchaba en silencio, impresionada por la precisión con que Teresa convertía el caos en acciones.

Cuando colgó, Teresa dijo:

—Una abogada externa de derechos del paciente se reunirá con los padres Reyes por videollamada esta noche. Si Pinewood intenta traslado sin consentimiento claro, ella pedirá intervención urgente.

Clara cerró los ojos.

—Gracias.

—No me agradezca todavía. Esto apenas empieza.