CAPÍTULO 19 #6
Miro el reloj: son casi las dos. Quién estará montando ese escándalo. Y enseguida me viene el recuerdo. Tiene que ser Ana. Bajo las escaleras corriendo, y Saúl, Marco y Lucía ya están abriendo la puerta de entrada .
Efectivamente, es ella, con «Efecto Pasillo» a todo volumen, dándole al claxon como si no hubiera un mañana, las ventanillas bajadas y proclamando su llegada al barrio entero.
—¡Ya estoy aquí! ¿Vamos o qué? —grita desde dentro del coche, con una efusividad que solo podría ser suya.
—Ana... —le digo—. ¿Te has vuelto loca? Baja el volumeeen.
—No me digas que se te ha pegado el remilgo del pijo, por favor.
—¡Anaaaaa!
—Venga, vayan subiendo, que llegamos tarde.
—Voy a por las tablas —dice Marco—. Vengo enseguida. Y que no se te ocurra quitar la música.
—Ese chico me cae genial —suelta Ana.
Lucía, riéndose, se acerca a su coche y saca la bolsa de playa para meterla en el de mi amiga.
—Saúl, sácame una tabla, porfa, que vengo directa del curro y Nill no viene.
—Llevamos cuatro, Luci, allí las repartimos. Menos mal que cada uno tenemos dos.
—Uy, menos mal que tenemos de todo, mimimimi. ¡Vaya tela con el pijo!
—Ana, porfa... —le pido.
—Tía, es que... a falta de una, cuatro tablas. Me lo ponen a huevo.
Lucía vuelve a reírse y saluda a Ana.
—Espero caerte mejor que Saúl.
—Tú me caes bien. No eres tan pija como estos.
—Son buena gente, ya verás.
—Esa fe tengo. Espero que Ali haya ten ido buen ojo al elegir amigo, al menos.
—Ana, afloja... Saúl es un tío genial.
—¿Me va a quitar mi puesto de mejor amiga del mundo? ¿En serio?
Lo dice mirándome con incredulidad, forzando el gesto, como si el mero hecho de planteárselo fuera la mayor estupidez del mundo.
Me río, porque lo de Ana no es ni medio normal.
Marco y Saúl salen cargados con las tablas y las cintas para atarlas a la baca.
Entre las mochilas, los bolsos de playa, las tablas y los cinco apretados en el Seat Ibiza de mi amiga, esto es un cuadro digno de enmarcar.
Llegamos a la playa del Socorro y, en cuanto bajo del coche, me invade el olor a salitre. Respiro hondo. Sentir este olor, el aire del alisio rozándome la piel, es lo que más de una vez anhelé en el gris de Berlín. O al menos gris era para mí, quizás porque la que estaba apagada era yo.
Veo a Dailo y a Zulema bajando de un Volkswagen Polo gris que supongo de mi primo, y voy directa hacia ellos. No puedo evitar abrazarlos con fuerza.
—Eyyy, casi me tiras —dice Dailo cuando me lanzo a sus brazos.
—¿Y mi abrazo? —Zule se acerca.
La abrazo también, y por el rabillo del ojo veo a Érica sacando sus cosas del maletero.
—¡Hola, Ali! ¿Preparada para un día de surf? Hoy hay previsión de buenas olas.
Sabe surfear. Y normalmente lo hace con la tabla de Nill. No consigo acallar esta voz que me está jugando malas pasadas.
—Pues no me vas a creer, pero yo jamás me he subido a una tabla.
—Ah, pensé que sabías. Bueno, poco a poco se aprende, aunque esta playa no es la más indicada para empezar.
—Me vale con estar cerca del mar y en buena compañía.
Ella intenta ser amable, y yo no sé qué me pasa que no puedo con ella. El problema es mío, lo sé, y eso todavía me molesta más.
Cuando estamos todos listos y cargados de tablas, mochilas y bolsas con comida, bajamos a la playa dejando atrás los aparcamientos. Extendemos las toallas sobre la arena volcánica, negra y tibia, y nos sentamos a comer.
Las tortillas de Adri están espectaculares, y lo confirma el silencio repentino que se instala en cuanto todos empiezan a comer.
Hasta Ana devora su bocadillo sin soltar ni una de sus perlas.
Ese silencio me deja apreciar el sonido de las olas rompiendo contra la arena y las piedras de la orilla.
Cuánto se puede llegar a echar de menos algo que un día normalizas.
El móvil vuelve a vibrar.
CHIQUITA ARMAD A
Adrián Gentuza, igual puedo escaparme luego a darme un chuzo y pillar alguna ola... Espero que las tortillas hayan triunfado.
Érica Están de vicio. Muchas gracias. Si todo está así de bueno, me tocará pasarme por el bar a cenar.
Adrián ¡Cuando quieras!
Ana Si invitas, dinos hora y día, que vamos todos.
Adrián Qué morro tienes, Anita.
Dailo Corten el rollo, que nos metemos al agua ya.
Me pregunto si a Nill le parecería bien tanta amabilidad de Érica hacia mi primo. Y me pregunto por qué me pregunto eso.
Mi primo empieza a encerar su tabla. A nuestra altura llega un chico con la suya, que saluda a Dailo, a Marco y a Lucía. Un surfista habitual de la playa, de los que conocen a todo el que se mete aquí.
—Hoy hemos traído gente nueva, a ver si hay olas dignas —dice Dailo.
—Seguro que sí. Que vaya bien, me meto ya.
Dailo se despide mientras termina de encerar y se enfunda el neopreno. Érica, Marco y Saúl hacen lo mismo. Ana me mira con cara de circunstancias.
—¿Te importa si me meto, Ali, o prefieres que me quede contigo?
—Métete, de verdad. Así cojo un poco de sol.
—Yo me quedo con ella, que nos tenemos que poner al día —dice Zule.
—Vale, pero no critiquen demasiado, marujas. Y si lo hacen, luego me cuentan .
Sale corriendo hacia la orilla con la tabla bajo el brazo, se abrocha la cremallera del neopreno y se mete en el mar. No sabía que a Ana le gustase surfear. Mi prima, que me ve analizándola, lo aclara.
—Cuando te fuiste, se unió mucho a los chicos. Dailo la arrastraba, al verla tan perdida. Al final le gusta más a ella que a ninguno de ellos. Fíjate cómo lo hace.
—¿Tú también sabes surfear? —le pregunto.
Pone cara de que va a sorprenderme, y lo hace.
—Sí. Yo también me dejé llevar por estos locos. —Levanta las manos, como si no le hubiera quedado más remedio.
La vida ha seguido su curso por aquí, igual que la mía en Berlín. Solo que esto parece mucho más divertido. Los veo coger olas, hablarse dentro del agua sin que me llegue lo que dicen, reírse cuando alguno se cae.
—Entra tú también, si quieres, Zule. Yo estoy bien aquí.
Duda, y sé que es porque no quiere dejarme sola. Quizás teme que salga corriendo. No lo voy a hacer. Estoy aquí, y ya no pienso irme a ningún sitio.
—Va, métete, enséñame lo que sabes hacer. Ya me enseñarán a mí en un sitio más tranquilo, aquí ni de coña.
—Vale, ahora verás. Y no, tal y como están las olas es mejor no arriesgar; para aprender son mejores las playas del sur, peque —dice mientras se acerca a la orilla.
—¿No te pones neopreno?
—Yo no soy tan fina como estos. Me gusta sentir el roce de la tabla.
Llevo un rato mirándolos. Hay más gente surfeando, y a veces parece que van a chocar entre ellos, pero no lo hacen.
Veo a Zule ponerse en pie varias veces y coger la ola con una limpieza que no le conocía.
Ana se cae dos veces y las dos vuelve a intentarlo, cabezota como es.
Un poco más acá, la gente entra a refrescarse sin meterse del todo, porque hoy hay bastante oleaje y mucha corriente.
Me acerco a la orilla para verlos mejor y camino un poco, dejando que las olas me mojen los pies.
Sigue llegando gente con sus tablas, y los veo persignarse antes de entrar al agua.
El respeto por el océano siempre está ahí.
Yo misma lo he hecho alguna vez, de niña, antes de tirarme con mis primos desde las rocas de Rojas cuando el mar andaba revuelto.
Vuelvo a buscar al grupo con la mirada. Lucía no ha subido a ninguna ola en todo este rato, pero de pronto la veo colocarse de frente, esperar, medir el agua. Y entonces se pone en pie, aguanta casi hasta la orilla, y se deja caer con una elegancia que arranca los aplausos del resto desde detrás.
Me siento en la orilla, donde las olas llegan ya suaves y solo me acarician los tobillos. Sonrío cada vez que alguno termina una ola entera. Cuando lo consigue Ana, aplaudo. No sé si me ve o me escucha, pero lo hago igual.
—Veo que te lo estás pasando bien. ¿Tú no entras?
Su voz. No tengo ninguna duda. Es Nill.
No me giro de inmediato, aunque el cuerpo ya lo ha reconocido antes que la cabeza. Me pasa desde ayer, desde ese banco de hormigón: basta que aparezca para que algo dentro de mí se ponga en alerta, como si cada célula se acordara de lo que hicieron nuestras bocas, eso que preferiría olvidar.
Y lo he intentado. Vaya que si lo he intentado. Bajo el agua de la ducha esta mañana, girando el grifo hacia el frío, prometiéndome que un beso dado en mitad de una noche imposible no significa nada, que fue el momento, la vulnerabilidad, las lágrimas. Que él mismo lo dijo. Que no debimos.
Pero una cosa es lo que me repito y otra lo que me hace el pulso cuando escucho su voz a mi espalda.
Respiro hondo. El salitre, el rumor de las olas, las risas del grupo mar adentro. Me agarro a todo eso como quien busca tierra firme. Porque no puedo permitírmelo. No a él, no ahora, no con todo lo que me queda por resolver.
Glosario canario
Arregostarse: acostumbrarse o tomarle gusto en exceso a algo.
Choss: interjección de sorpresa o entusiasmo.
Dar un chuzo: darse un baño rápido o un chapuzón .
CAPÍTULO 19
NILL
La primera clase
La llegada de Saúl a la isla, y la fusión de nuestro grupo con el de su amiga, está desestabilizando el ritmo habitual de mi agenda como no lo hacía nada desde que asumí el peso de la gerencia de la constructora.
Hoy he despachado a los clientes a una velocidad vertiginosa, he pospuesto todo lo que no era urgente, y todo para poder salir antes y unirme al grupo.
Cuando llego a la playa, la diviso sentada en la orilla, sonriendo y aplaudiendo cuando Ana consigue coger una ola. Le hago saber que estoy aquí, y aun así tarda un momento antes de girarse y contestarme.
—¡Hola! ¿Al final te has escapado un rato? Hay bastante oleaje, quizás luego me meta.
Noto sus ojos recorriéndome antes de desviar la mirada de nuevo hacia el horizonte, y aprovecho ese segundo para observarla yo a ella, en esa postura relajada que tiene ahora frente al mar, el pelo ondeando con la brisa. Me siento a su lado, clavando antes la tabla en la arena.
—Sí, me he escapado... coger olas con los amigos viene bien de vez en cuando. ¿No sabes surfear?