Promesas de sal CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

Ella levanta la mirada de sus rodillas, con los ojos rojos y anegados. Y arriesgándome a que me mande a la mierda o me pegue un empujón, le seco las lágrimas con el pulgar.

—Siento muchísimo tener que decirte algo así. Desde el principio esa mujer no me pareció trigo limpio. No imaginé que tuviera que ver contigo. ¿Cómo lo iba a saber?

Respira de forma agitada. No le está llegando el aire. Lo veo.

—Ali, respira, por favor. ¿Vale ?

Me siento en el banco de lado, dejando una pierna a cada lado.

—Ven. Ponte así. —La invito a colocarse frente a mí, en la misma postura. Le agarro las manos—. Sé que lo estás asimilando.

Tose. No respira bien.

—Me... mareo.

—Tranquila. Mírame. Está todo bien. No he firmado nada.

Más bien le estoy dando largas, para que crea que voy a firmar y no se lo ofrezca a nadie más.

Quería contártelo primero. Y no, no las voy a comprar, ¿vale?

Tus primos están ahí, en casa de Saúl. Está Ana, el rubio, yo.

Tus tíos están deseando verte. —Le acaricio las manos con los pulgares, despacio, como quien intenta calmar a un pájaro, así como hizo su prima hace un rato—.

Sí, soy un marujo, escuché a Zulema... Y esto tendrá alguna manera de solucionarse.

Y por tu padre, créeme que entiendo que estés preocupada.

Me escucha. La respiración se le va calmando poco a poco. Yo sigo acariciándole las manos y sigo hablándole, porque intuyo que mi voz la ancla.

—Esta semana podrás verlo. Y estarás mejor. A veces es más lo que imaginamos que lo que de verdad es.

Niega con la cabeza.

—Si Ana fue a por mí hasta Berlín... Y Adri le contó que no recordaba cosas, es porque es lo suficientemente importante.

—Mira, Ali. Cuando a mi padre le diagnosticaron Parkinson, nos asustamos muchísimo.

Yo hasta renuncié a irme con Saúl a Alemania, a estudiar lo que más soñaba, solo por el miedo a perderlo.

Te entiendo y no te voy a engañar, está siendo duro.

Pero a veces no saber, no entender algo del todo, asusta mucho más que tener toda la información delante. No te anticipes.

Ella fija sus ojos, castaños y oscuros, en los míos. Como quien busca una respuesta más. Pero no sé qué otra cosa decirle. Solo tengo ganas de abrazarla, de que sepa que no está sola, que aún le queda mucho. Sus primos, su familia, este grupo que hoy acaba de nacer.

—Siento haber pensado mal de ti.

Niego. Pero ella continúa.

—Yo... solo me dejé llevar por las advertencias de Ana y...

Le pongo el dedo en los labios para que no tenga que justificarse. Y menos ahora.

—No, Ali. Ana tiene razón en muchas cosas, y parte de mi fama es real. Aunque también es cierto que yo no engaño a nadie. Siempre voy de frente, dejo las cosas claras. Pero no la juzgo. No me conoce del todo. Podré ser lo que quieran que digan de mí, pero si eres amiga de Saúl...

Me callo. No tiene sentido seguir por ahí.

—Saúl me dijo que eras muy leal.

Asiento.

—Saúl me conoce bien. Sería incapaz de hacer algo así solo por dinero.

Cada vez estamos más cerca. Y ya no sé si soy yo quien se acerca o es ella. Solo sé que ahora mismo lo único que deseo es abrazarla. No me gusta ver cómo las sombras apagan la luz que vi en ella hoy, con el mar de fondo .

—Gracias por contármelo. De verdad. —Traga saliva—. ¿Te puedo preguntar qué proyecto tenía ella y cuál habías pensado tú?

Ahí está. La chica de Berlín, con sus cálculos para los planos y su curiosidad intacta.

—Ella vio potencial para un pequeño complejo de villas de lujo.

—¿Y tú? ¿Qué posibilidades le viste tú?

—Era algo más personal que negocio. Claro que eso no lo dije, porque desde el principio me olió mal. Me gustó la idea de las villas, pero algo más sencillo. Casas integradas con la zona, mucha piedra, blanco, jardines, piscina.

—¿Para venderlas?

—No. Para mí. Para mis amigos, a los que siempre les gustó la idea de vivir cerca.

Muy cerca. —Se me escapa una sonrisa ladeada—.

Era demasiado lo que ella pedía para hacer eso.

De haberlas comprado con el dinero de la familia...

no sé si lo habrían aceptado. Y luego habría que invertir aún más para construirlo.

—Era mejor idea que un complejo.

—Eso pensé yo también.

Estamos muy cerca. Y sé que estoy jodidamente loco por tener ganas de besarla ahora mismo. Es hasta surrealista. Pero mis ojos van de sus ojos a sus labios, sin remedio. Y ella se los muerde. No ayuda en nada ese gesto. Sus manos siguen bajo las mías.

—¿Aún sigues pensando que soy un peligro?

Asiente, mirándome fijamente, y juraría que se ha acercado un poco más.

—Aunque ahora creo que no tanto .

Su rodilla roza la mía. Su mano gira para acariciar la mía. Sé que no debo. Lo sé con toda la parte de mí que aún piensa. Pero acerco mis labios a los suyos y espero medio segundo, ese medio segundo en el que todavía podría echarse atrás. Ella no se aparta.

Su mano sube a mi nuca. La mía va directa a su cintura, y la otra se enreda en su pelo, a la altura de la cabeza.

Y entonces la beso. Toda la tensión de Berlín, la del pasillo, la de la obra, la de este día imposible, se derrama en este beso como agua rompiendo un dique.

Ella sabe a menta y a sal, a lágrimas y a algo dulce que no sé nombrar, y responde con una necesidad que me desarma, como si llevara conteniéndose tanto como yo.

La brisa nos envuelve, el mar suena abajo, invisible, y por un instante el mundo entero se reduce a este banco de hormigón y a la manera en que encaja su boca con la mía, como si alguien la hubiera diseñado para eso.

La beso. Despacio primero, y luego no tan despacio, y su mano en mi nuca se cierra un poco, y todo en mí se olvida de las razones.

Solo la luna es testigo de este momento.

Hasta que las razones vuelven.

Cuando me separo de ella, no es que me arrepienta. Su beso me ha encantado. Pero sé que he metido la pata hasta el fondo.

—Lo siento, Ali. Joder, no debí...

—No debimos. No.

Lo dice arrugando la nariz, en un gesto que me dan unas ganas terribles de volver a besarla. No lo hago.

—¿Te parece si volvemos con los demás? Igual quieres compartir lo que te he contado con tu familia .

Me levanto y la ayudo a levantarse. Después de este rato en el banco de hormigón, las piernas se me han quedado entumecidas.

—¿Estás más tranquila?

Asiente.

—Vamos. ¿Olvidamos esto, empezamos de nuevo y me das otra oportunidad de no cagarla?

Hace un gesto que parece una sonrisa, pero no le llega a los ojos.

—Hecho.

Caminamos de vuelta a la casa de Saúl, más en silencio que hablando. Aún lleva los ojos rojos y no ha recuperado el color del todo. Menudo capullo estoy hecho. Cómo se me ocurre besarla en esta situación, justo hoy, justo cuando acabo de romperle el suelo bajo los pies.

Cuando entramos de nuevo, la música sigue sonando, pero más baja.

Alguien ha bajado el volumen, o quizás es que la fiesta ya se ha ido apagando sola, como se apagan las brasas cuando nadie las atiza.

Ali entra delante de mí, y le basta cruzar el umbral para que se le note.

No hace falta decir nada. Lucía es la primera en verla.

Y en esa mirada que me lanza, esa que solo nos dedicamos ella y yo, lo entiende casi todo. Solo con verme la cara.

Se levanta sin prisa y va hacia Ali. Se sienta a su lado, le pasa un brazo por los hombros.

—Ali, mírame. Nill se enteró justo al volver de Berlín, ¿vale? No antes. No te ha ocultado nada. En cuanto ató cabos, quiso decírtelo a ti, solo a ti. —Le habla con esa serenidad suya que no es blanda, que es firme como una viga maestra—. No desconfíes de él. Ahora mismo jugamos de tu lado.

Ali asiente despacio, con la mirada perdida en algún punto de la mesa. Lucía le busca los ojos antes de continuar.

—Y te digo una cosa. Esa mujer se creyó muy lista viniendo a nosotros, pensando que una empresa grande y con trabajo de sobra firmaría rápido, sin pararse a mirar de quién eran esas tierras ni quién tenía que heredarlas.

Se le olvidó que cuanto más grande es la empresa, más lupa hay detrás de cada firma. Y ahí es donde apareció tu nombre.

Yo no digo nada. Me dirijo al coche, bajo los planos y el ordenador, porque si algo puede hacer que esto sea más fácil es que lo vean con sus propios ojos. Que dejen de ser palabras en un mirador a oscuras y se conviertan en documentos, en nombres, en fechas.

Cuando vuelvo, Ali ya ha empezado a contarlo entre sollozos. Le tiembla la voz, pero lo cuenta todo, y a medida que lo hace, la mesa se va llenando de un silencio distinto al de antes.

Cuando ven los planos, reconocen la casa y el nombre de José, y estalla el ambiente.

—Pero ¿esta tía de qué va? —Adrián se levanta de golpe, con esa chulería suya convertida ahora en otra cosa—. ¿La mujer de tu padre queriendo vender lo que es tuyo? ¡Lo que faltaba! ¡Que se casó con él hace menos de un año, la fresca!

—Todo este tiempo haciéndose la santa —escupe Dailo, que de repente ha perdido toda su dulzura bohemia—. La de veces que la defendimos delante de la abuela. Menudos toletes que somos. Se aprovecha ahora.. .

Noto cómo se guarda información. Ali tiene razón, hay algo que no le están contando.

—Yo lo dije. —Zule habla bajo, pero la escuchamos todos, porque cuando Zule habla es porque tiene algo que decir—. Lo dije mil veces. Que esa mujer no era tan buena como parecía. Cuánta razón tenías, Ali, cuando lo decías. Nadie te creyó del todo. Pues mira...

Ali la mira, y en esa mirada hay algo parecido al alivio de saberse, por fin, comprendida y acompañada en lo que llevaba años cargando sola.

Es Irma quien pone orden. Se sienta frente a Ali, con la calma de quien ha visto demasiados expedientes como para asustarse de uno más, y le coge las manos por encima de la mesa.