Promesas de sal CAPÍTULO 18 #4
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CAPÍTULO 18 #4

—A ver, cariño. Deja de llorar y escúchame, que esto tiene solución y no es tan grave como parece esta noche.

—Su voz es la de alguien que sabe exactamente de lo que habla—.

Como heredera directa de tu madre, esas tierras no se pueden vender sin ti.

Si lo hiciese, no sería legal. Punto. Tamara puede presionar todo lo que quiera, pero sin tu firma no hay nada que hacer.

Legalmente, tú tienes la sartén por el mango, aunque ahora mismo no lo sientas así.

—Pero yo... —Ali traga—. Yo no sé de esto. No sé ni por dónde empezar. Ni siquiera sé cómo está mi padre, si la apoya... Y no tengo con qué pagar a un abogado.

Irma se echa un poco hacia atrás, y por un segundo pone la misma cara que pone Saúl cuando algo le parece absurdo.

—¿Pagar? —Chasquea la lengua—. Pero, criatura, ¿qué clase de familia te crees que somos?

Mañana te vienes conmigo a primera hora a la oficina, antes de que os vayáis a hacer el ganso a la playa, y lo vemos todo con calma.

Del papeleo y de la parte legal me encargo yo.

Tú solo tienes que preocuparte de ver a tu padre y de descansar, que buena falta te hace.

Ali abre la boca para protestar, esa protesta de quien no está acostumbrado a que le regalen nada, pero Irma levanta una mano y la corta antes de que empiece.

—Ni una palabra más. Se hace así y ya está.

Y en la cara de Ali, entre las lágrimas que aún no se han secado del todo, veo asomar algo nuevo. No es alegría, todavía no. Pero es la primera grieta por donde empieza a entrar la luz. La certeza de que, esta vez, no va a estar sola.

La miro desde el otro lado de la mesa, y ella me sostiene la mirada un segundo. Solo un segundo. Pero en ese segundo caben el beso, el error, las tierras, su padre y todo lo que aún no sabemos cómo vamos a resolver.

Y pienso, mientras Lucía le aprieta el hombro y Zule le acaricia la mano con ese pulgar que no para, que quizás la haya cagado hasta el fondo besándola esta noche. De lo que no me arrepiento es de haberle contado todo, y de hacerle ver que no está sola en esto.

Glosario canario

Al golpito: poco a poco, sobrellevando algo con dificultad, pero sin rendirse.

Fisco: variante de fisquito, una pizca, un poco de algo.

Garimba: cerveza.

Repicar: contestar.

Tolete: tonto, ingenuo .

CAPÍTULO 18

ALI

La orilla

Pasado un rato, mis primos se despiden. Sé que no quieren irse, o más bien que no quieren dejarme aquí, menos aún después de todo lo que se han enterado esta noche.

Zule me da un abrazo y, al oído, en bajito, me dice que no importa la hora, que si necesito que me rescaten, la llame.

La tranquilizo diciéndole que estaré bien, que estoy con Saúl.

Dailo me estampa tal abrazo que por poco me rompe un par de costillas.

Hay que ver lo fuerte que se ha puesto el niño.

El último es Adri, que hace lo mismo que hace desde que éramos unos críos: me da un beso en la frente y me desea las buenas noches con su particular «buenas noches, enana».

Algo se me remueve por dentro. Hasta este momento no lo había hecho, ni siquiera cuando me recibió en el aeropuerto, y darme cuenta de eso me aprieta la garganta más de lo que esperaba.

Ana es Ana, y ella, lejos de dramatizar la situación, la normaliza.

Es lo que más me gusta de ella: coge lo enorme y lo hace pequeño, coge lo simple y lo vuelve extraordinario.

Me da un beso y se marcha protestando porque se unirá al plan de la playa más tarde, ya que trabaja de mañana y le toca levantarse a las cuatro.

Mis primos salen de la casa poniendo los ojos en blanco, porque aún les queda un buen rato de coche con ella quejándose .

Cuando ellos se van, Nill y Lucía también se despiden.

Ella me abraza igual que lo han hecho mis primos y me dice que todo va a salir bien, que no me preocupe.

Cuando llega el turno de Nill, no sé qué hacer.

No sé cómo reaccionar después del beso. Parecía arrepentido, y no seré yo quien le diga que yo no me arrepiento.

La situación es rara. Me quedo plantada, sin saber por dónde salir, pero él se me acerca.

—Buenas noches, Ali. Descansa, mañana verás las cosas desde otro punto de vista.

Me da dos besos. Se los devuelvo, pero algo se me remueve en el estómago. Después del beso, después de aquel «mi niña», la frialdad de esta despedida no me gusta nada. Aunque tampoco sé qué más puedo esperar.

Saúl me acompaña hasta la habitación que me han preparado. Es amplia, de paredes claras, con una cama vestida de lino gris, un cabecero de rejilla y un ventanal que se abre a la negrura del mar, donde a esta hora solo se adivina el rumor del agua allá abajo.

—Espero que te guste, peque. Si necesitas algo, mi habitación es la de al lado.

Asiento.

—Ana tenía razón... Menudo chozo.

Pone cara de orgullo.

—Tienen buen gusto mis padres. Casi como tú.

—Casi, dice. —Se me escapa una sonrisa—. Gracias por todo, rubio.

Resopla con esa ironía suya de siempre.

—Anda, déjate de dar las gracias a todas horas y descansa. Mañana, más .

—Buenas noches.

Me despierta la alarma del móvil y, cuando abro los ojos, tengo que mirar dos veces para saber dónde estoy. El día de ayer fue tan intenso que parece que lo hubiera soñado.

Me levanto y entro en el baño para ducharme antes de bajar a la cocina. Todavía es de noche, o casi. He madrugado tanto que el cielo aún no ha decidido de qué color quiere ser hoy.

Abro el grifo y me meto bajo el agua. El baño es de esos que parecen sacados de una revista: microcemento en tono arena, un lavabo tallado sobre un tronco de madera, una ventana estrecha y alta por la que se filtra la primera claridad. Y frente a mí, tras el cristal de la ducha, el Atlántico.

Al principio es solo una masa oscura, indistinguible del cielo.

Pero mientras el agua caliente me recorre la espalda, el amanecer empieza a suceder al otro lado del cristal, despacio, sin prisa.

La línea del horizonte se enciende primero, una franja delgada de luz que va ganando terreno, y el mar aparece de golpe, inmenso, extendiéndose hasta donde no alcanzo a ver.

Impone de esa manera en que solo imponen las cosas más grandes que uno, las que llevan ahí millones de años y seguirán cuando yo ya no esté.

Me quedo mirándolo un rato, con la frente apoyada en el cristal frío y el agua cayéndome por el pelo, y por un momento me siento diminuta.

Pero no de la manera que asusta, sino de esa otra, la que consuela, la que te recuerda que tus problemas, por enormes que parezcan de noche, caben en algún sitio .

Cierro los ojos y dejo que el agua haga su trabajo.

Que se lleve por el desagüe todo lo que traigo dentro.

El miedo a lo que me espera en esa casa.

La necesidad de saber cómo está mi padre de verdad, sin versiones editadas, sin gente protegiéndome de la realidad.

La incertidumbre de las tierras. Las ganas de ver a mis tíos y el nudo que se me hace al pensarlo.

Y el beso.

Por más que intento colocarlo en el cajón de las cosas que no importan, no se deja.

Vuelve la intensidad de su boca sobre la mía, la urgencia con la que me sujetaba, esa mano enredándose en mi pelo como si llevara tiempo queriendo hacerlo.

Algo así cuesta pasarlo por alto. Cuesta fingir que no ocurrió.

Cuesta mirarlo de frente sin que se me acelere algo por dentro que no sé si estoy preparada para sentir. No ahora. No con todo lo demás.

Giro la llave hacia el lado más frío. El agua helada me golpea de repente y me arranca un jadeo, pero es justo lo que necesito.

Un latigazo que me devuelve al cuerpo, que me saca de la cabeza.

Porque hay sentimientos que una no elige cuándo llegan, pero sí puede elegir si va a dejar que la gobiernen.

Y yo tengo demasiadas cosas que resolver como para permitirme, encima, enamorarme del hombre menos indicado en el momento más inoportuno.

Aguanto el frío unos segundos más, hasta que noto la piel despierta y la mente algo más clara. Luego cierro el grifo. Hoy toca enfrentar el día. Por fin aquí, en mi isla, de donde no debí irme jamás. O al menos no como tuve que hacerlo...

Bajo las escaleras y ya se escucha lo que intuyo que es un desayuno familiar. Entro en la cocina justo cuando Ludwig sale de ella con mala cara, maldiciendo por lo bajo.

—Buenos días, Ali. Me voy, que tengo prisa. Te dejo con el resto de la familia.

Le deseo también un buen día y busco enseguida a Saúl con la mirada. Está serio, más de lo que le he visto nunca. Marco le da un manotazo suave en la espalda.

—Puff, no llegas y ya la estás liando.

Saúl lo mira con mala cara, e Irma interviene antes de que la cosa vaya a más.

—Marcooo, deja a tu hermano. Ali, ¿quieres café?

—Vale.

—Salimos en diez minutos, que Saúl ya me ha comentado que luego van a la playa.

—Ya estoy lista, solo me falta coger el teléfono.

—Pues ve a por él mientras sirvo el café.

Aquí ha pasado algo. Lo veo en la cara de mi amigo y en la manera en que Ludwig ha salido de la casa. Cojo el bolso y el móvil, y en dos minutos estoy de vuelta en la planta de abajo.

—Ahí tienes el café, peque —dice Saúl.

Irma no está.

—Ha ido a por sus cosas —aclara Marco.

—¿Ha pasado algo? —pregunto a Saúl, bajando el tono.

—Nada. No te preocupes. Cosas de mi padre.

—Cosas... Nada menos que trabajo. Normal que se enfade, tío —suelta Marco.

—Tú cállate, que se te da bien opinar cuando no estás en el ajo.

—Cosas de ser adoptado... —dice Marco, levantando las manos.

—Adoptado y el niño bonito —replica Saúl.

—Chicoooos, que los estoy oyendo. Dejen eso para otro momento. —Irma reaparece con las llaves en la mano—. Ali y yo nos vamos. Y tú —señala a Saúl— llámalo. Habla con él.