CAPÍTULO 17 #2
Dailo y yo nos ponemos con la carne en la parrilla mientras el resto ayuda con los platos y a preparar una ensalada. Cuando ya estamos sudando la gota gorda detrás del fuego, se acerca Saúl con unas cervezas.
—Dailo, ve con tu prima, que tendrás mucho que contarle. Ya le echo yo una mano aquí a Nill.
—Gracias, tío. Pues no te voy a decir que no. —Se marcha sin rechistar, con su garimba en la mano.
Se une al resto bajo la pérgola. Escucho cómo se ponen al día. Marco está encantado de la vida, por no hablar de Lucía, que se ha integrado como una vieja chismosa, como si fuera amiga del entorno de Ali desde hace años.
—¿Pudiste hablar con ella? Te vi en la terraza antes —me pregunta Saúl, ansioso.
Sé que le mata no saber qué tengo que hablar con Ali, pero lo respeta, pese a la curiosidad que le carcome.
—Qué va. Solo le dije que tengo algo que contarle. Luego, si no te importa, daré un paseo con ella, si quiere, y se lo diré.
—No te voy a preguntar. Sé que primero quieres decírselo a ella. Pero me mata un poco no saberlo, porque viniendo de ti... sé que no será nada bueno cuando no me lo cuentas, que soy tu medio hermano.
—Va a necesitar tu apoyo más que nunca. Así que espero que no te pille demasiado entretenido.
—Uy. ¿Eso ha sido un golpe bajo con doble sentido?
—Sí, por el rollito ese que te traes con Ana. ¿O te crees que soy bobo?
—De rollito nada. La tía no para de llamarme pijo. Aunque, bueno, contigo tampoco se queda corta, que te manda cada una...
—Ya, ya. Pero yo no entro al trapo guiñándole ojitos y todo.
Se ríe mientras gira la carne en la parrilla, y me suelta:
—Es una piba con carácter. Eso mola.
—¿Y eso quiere decir...?
—Eso no quiere decir nada. Ya veremos.
—Bueno, bueno, bueno...
Me propina un puñetazo flojo en el hombro, en plan colegas, para que me calle ya. Lo pillo. Terminamos de sacar la carne y la llevamos a la mesa.
Durante la cena, Ludwig me pregunta por la obra de Suiza y la de Berlín, y luego por mi padre. Noto cómo Lucía se tensa un poco, por la postura de su espalda. Yo estas cosas las tomo de otra manera, me alegra que, pese a su enfermedad y a que ya casi no sale de casa, sigan interesándose por él.
—Está bien. Los temblores van a más a temporadas y su humor varía según el día, pero ahí va... al golpito.
Ahí va. Como si esas dos palabras pudieran sostener todo lo que no digo de los días donde parece no salir el sol para él.
Se hace un segundo de silencio. Los primos de Ali y Ana desconocían que mi padre tuviera algún problema de salud, y eso que la isla es pequeña y aquí todo se sabe. No es un secreto ni lo ocultamos. Tampoco pusimos un anuncio.
—Dile que lo visitaré en unos días —dice Ludwig—. Igual le viene bien charlar con un amigo.
—No tengo ninguna duda. Se lo diremos. Y a mamá seguro que también le encanta que vayan a casa —añade Lucía.
Ana, que se había quedado en silencio, se levanta de golpe y sube el volumen del equipo de música que hay sobre la barra.
—¿Qué mejor momento para aprender bachata? Venga, Marco, cumple tu palabra y enséñame algo.
Reconozco que ese gesto la hace caerme aún mejor.
Ha visto lo mismo que yo, cómo la pregunta afectaba a Lucía, y no ha dudado en cambiar de tema de raíz, sacando a Marco a bailar.
Ahí están los dos, intentando seguir una canción de Romeo Santos, dando tremendo espectáculo.
Vaya par. Él tan mulato, ella tan pelirroja, el yin y el yang.
Busco a Saúl con la mirada, instintivamente. Los está observando, como sospechaba. Pero lejos de ver celos en su mirada, se está riendo y animándolos.
Aprovecho el momento. Ya hemos acabado de cenar, Lucía habla con Zulema, y Adrián le han dado un toque de humor a la velada sacando a bailar a su primo Dailo. Tremendo jolgorio están armando. Los padres del rubio se lo pasan como niños.
Busco a Ali con la mirada, y cuando ella me la devuelve, le hago un gesto de salir.
—¿Damos una vuelta?
Asiente con la cabeza y sale detrás de mí. Ya en la puerta de entrada, me pregunta:
—¿Dónde vamos?
—Si caminamos un poco, al fondo hay un mirador.
Seguro que lo conoces, aunque la isla ha cambiado, lo han remodelado.
—Miro al cielo, en un intento de explicarlo—.
Es de noche, no creo que se vea mucho, pero no está lejos.
Puedes venir mañana de nuevo. Las vistas son increíbles.
Se ve toda la zona de Rojas, la que derribaron hace unos años.
La cara de espanto que pone es brutal. Le cambia el semblante por completo.
—Estaba todo ilegal, no cumplían con la normativa de urbanismo y la de costas y lo derribaron entero. —Da pena hasta contarlo—. Mucha gente tenía su cueva o su casita allí abajo.
—Mi tío tenía una casita. Veraneábamos ahí. Pasamos muy buenos ratos. A Adri y a Dailo les volvía locos, se pasaban el día descalzos, tirándose desde las rocas. Y nosotras también. —Se le quiebra algo en la voz—. No me puedo creer que no quede nada. No me lo habían contado.
Veo la tristeza real en sus ojos. Esa mirada ensombrecida que le vi en Berlín cuando le mencioné que no tenía redes sociales. La estoy cagando. No necesito que se ponga triste. No ahora.
—Supongo que no te querrían preocupar, mi niña. Fue un palo para la gente de la zona. Pero tengo que decir que lo han dejado bastante bien.
Levanta la vista con lo que creo que es sorpresa.
Verla así, con esa nostalgia colgándole de los hombros, ha hecho que me salga el «mi niña» sin pensarlo.
Ha sido inevitable. Y sí, soy canario, pero yo no llamo «mi niña» a todo el mundo, como hace tanta gente en la isla. A mí no me sale con cualquiera.
—¿Alguien más sabe lo que me vas a contar?
Es directa. Va al grano, sin medias tintas. Y en realidad lo agradezco, porque me lo pone más fácil.
Estamos entrando al mirador. Ya está oscuro, se ve lo justo con la luz de la luna. Después de lo que acaba de decir, casi mejor así. Al menos no tiene que ver ahora las rocas sin casas, el hueco donde estuvo su infancia.
Me siento en el banco de hormigón, esperando que se siente a mi lado. Cuando lo hace, me quedo mirándole el pelo suelto, esas ondas que la brisa de la noche le mueve apenas.
—Bueno, ya estamos aquí. Cuéntame.
La manera en que se coloca es la de quien espera un golpe. Y no dudo de que lo sea.
—A ver, Ali. Hace un tiempo, una clienta estuvo en mi oficina ofreciéndome un proyecto.
De esos atractivos, de los que dan mucho dinero.
Vino a nosotros porque para algo de ese calibre en la isla no hay muchas empresas capaces de asumirlo, y la nuestra es la referencia.
Me ofrecía algo que, aunque no era mi idea, conforme lo estudiaba me gustaba más, porque le vi una posibilidad distinta a la que ella planteaba. Pero se complicó.
—Eh, no estoy entendiendo nada, Nill. Se supone que ibas a contarme algo que tiene que ver conmigo. —Su cara de desconcierto es absoluta—. Por favor, no te enrolles. No entiendo qué tienes tú que ver con algo relacionado conmigo.
No suelo ser de los que les cuesta expresarse. Pero no sé hasta qué punto le va a afectar, y después de haber visto el brillo de sus ojos durante el día, una parte de mí se niega a arrebatárselo de nuevo. Y, aun así, no me queda otra.
—Cuando estuve en Berlín me dijiste tu apellido. Acosta.
Ella asiente.
—Pues al volver, la clienta empezó a presionar para cerrar el acuerdo, y Lucía y la madre de Saúl se encargaron de estudiar la oferta.
—Veo cómo se desespera, e intento resumir—.
El caso es que, para poder comprar las tierras, tenía que firmar la heredera.
Y ahí estaba tu nombre. Ali Acosta. Al principio pensé que era casualidad. Pero creo que no lo es.
No hace falta que le vea la cara del todo. Ha pasado de la desesperación a la angustia en cuestión de segundos.
—¿Qué? ¿Una clienta? ¿Cómo se llama? Dime, por favor, que mi padre... No. No. No, no, no.
Se levanta. Camina sin sentido de un lado a otro. Los ojos se le llenan de lágrimas. Y ahora las dudas me asaltan a mí. ¿Será ella?
—Ali. —La sujeto de los hombros, mirándola a los ojos—. Respira, por favor. Mírame. ¿Tamara te suena de algo?
El color desaparece por completo de su cara. Las lágrimas caen sin control mientras su respiración se agita.
—Nill, mi padre. Dímelo. ¿Qué le ha pasado? Dime que no es verdad. Dime que aún me queda algo.
—Ali, Ali, espera. No, no. Tu padre está bien.
No ha fallecido. —La abrazo. No puedo hacer otra cosa que abrazarla—.
Respira, mi niña. Tu padre, José, está vivo.
Mírame. Tranquilízate. Tamara quiere vender las tierras contiguas a la casa, como mujer que es de él.
Pero tú eres la heredera. Y sin tu firma no puede hacerlo.
Se queda callada, asimilando. Y de pronto se separa de mí, bruscamente, como si mis brazos quemaran.
—¿Y me traes aquí para contármelo en privado porque quieres convencerme? ¿Es eso, Nill? ¿Quieres que te firme para tener las tierras?
Me mira con desaprobación. Es rabia, dolor, miedo, todo a la vez.
—¿Quieres que te firme eso? No sé ni siquiera si mi padre está bien, Nill. De esos terrenos lo único que sé es que en ellos jugaba con mis primos, que mis padres los compraron con todo el esfuerzo del mundo. Es mi infancia. Ahí no hay más que arbustos, pero es lo único que me queda de ella.
Se sienta en el banco, destrozada. Y yo estoy aquí, como un idiota. No gestiono bien los sentimientos, y ahora mismo los estoy teniendo todos a la vez. Aprieto el puño, frustrado. Me pongo en cuclillas delante de ella.
—Escúchame, Ali. No quiero convencerte de nada.
No sé ni cómo has pensado eso de mí. —La lengua me choca con fuerza en el paladar—.
Aunque, bueno, en realidad no me conoces.
En cuanto supuse que eras tú, quise contártelo.
Pero el rubio me dijo que venías, y pensé que era mejor decírtelo en persona.
Por eso os recogí yo en el aeropuerto. Lucía me avisó de que dudarías de mí.
Debí contártelo por correo, joder. Jamás haría algo así, sabiendo lo importante que eres para mi amigo.