CAPÍTULO 16 #4
—Encantada, Ali. Por aquí, durante años, el pesado este nos ha hablado mucho de ti. ¡Ya era hora de ponerte cara!
Lo dice con una sonrisa que no tiene doblez, o al menos no se la noto.
Sigue colocando sillas y dice que viene enseguida a tomarnos nota, pero se queda un poco más bromeando con Marco.
No se me pasa por alto cómo desvía la mirada hacia Nill de vez en cuando y le sonríe con esa complicidad que no necesita palabras.
Nos sentamos. El sol de la tarde pega de lado y hay algo en la temperatura del aire, ese bochornito mezclado con la brisa del Atlántico, que me resulta tan familiar que duele un poco.
De la manera buena. De la que duele cuando algo que creías perdido aparece de repente y resulta que no se había ido a ningún sitio, sino que la que se había ido eras tú .
El local está prácticamente vacío y eso me deja apreciarlo con calma.
Las vistas a Martiánez, los acantilados de La Matanza cerrando el fondo, el sol pegando de lado sobre el agua haciendo que el Atlántico brille de esa manera que solo tiene a esta hora, cuando empieza a ponerse en el horizonte.
Estoy observando todo cuando me quedo con la boca abierta al ver pasar a escasos metros de nosotros un par de parapentes, planeando sobre nosotros con esa ligereza imposible que tienen las cosas que no deberían volar y vuelan.
—¡Han pasado muy cerca! —dice Ana.
—¿No habían estado aquí antes, en serio? —pregunta Saúl.
—Pues no solemos frecuentar sitios de pijos, no. Qué pesadito...
—Pues esto te pierdes, fiera.
—Como me vuelvas a llamar fiera te juro que te lanzo abajo y no precisamente en parapente.
Los demás ríen.
—Ya veo que te has integrado bien con el amigo de Ali, ¿eh? —dice Adrián.
—¿Qué dices tú? Cállate, que tuve que ir yo a por tu prima porque tú no le echaste lo que hay que tener, por eso me ha tocado integrarme.
—No me gusta agobiar a la gente, listilla.
—¿Yo te agobio, Ali? Dile que no es así.
—No me agobias —digo, repitiendo lo que quiere que diga simplemente para que pare.
—Por lo que veo, te cae bien Saúl, ¿no, Anita? —dice Zulema, que desde que llegamos ha estado observando cada movimiento de todos con esa manera suya tan silenciosa y precisa.
—Estupendamente, Zule. De toda la vida del señor me caen bien a mí los pijos —responde Ana, irónica.
El rubio la mira desafiante y picarón.
—Al final verás que seré el mejor que te caiga, fiera.
Ana lo mira con malas pulgas, pero al final se ríe, y en esa risa hay algo que no estaba antes, algo que ya no es resistencia.
Se gira hacia mí y me envuelve en un abrazo apretado, de esos suyos donde todo contacto le parece poco.
—Lo importante hoy aquí es que Ali ha vuelto.
Justo en ese momento llegan a la mesa las cervezas y los mojitos.
Los vasos altos con hielo picado, menta fresca, rodaja de naranja y esa mezcla de frutas tropicales que aquí hacen de una manera que no he encontrado en ningún otro sitio del mundo.
El color amarillo dorado del mojito de maracuyá contrasta con el verde de la menta y el azul del mar detrás.
Solo por eso ya merece la pena haber venido.
—Brindemos por eso —dice Dailo, con una sonrisa de oreja a oreja.
Le miro y pienso en lo que no sé de él. En todo lo que me he perdido.
—¿Y tú desde cuándo llevas piercings y pendientes? —le pregunto, porque cuando me marché no los llevaba y ahora el pendiente de aro le da un aire que no me esperaba y sin embargo le queda como si siempre hubiera sido así.
—Primita, hay muchas cosas de las que te irás enterando. Yo he cambiado mi estilo, Adri tiene un restaurante de pizzas en la plaza del Charco, y Zule...
—Zule tiene boca y le puede contar sus cosas, guapito. —Zulema lo corta con cariño y diversión, pero dejando claro que no es partidaria de airear sus asuntos delante de gente que no conoce lo suficiente.
La entiendo. Es exactamente lo que yo habría hecho.
Abro la boca porque lo de la pizzería me deja alucinando.
—¿Desde cuándo tienes una pizzería?
—Un restaurante —me corrige Adrián, señalándose a sí mismo con ese aire de chulito innato, de los que no necesitan trabajárselo—.
Y yo soy el chef principal, aunque ahora tengo un aprendiz que me echa una mano.
Sé que no te cuadra viniendo de mí, mi padre no consiguió que fuese albañil como Dailo, me enamoré de la cocina, peque.
Que te digan, que seguro aquí todos lo conocen.
—¿El de la esquina? —dice Nill.
—El mismo. —Adrián asiente.
—Está muy bueno. Aunque tiene también fama... —añade Nill.
—¡Cállate, que en eso no estás tú para hablar, eh, don Juan! —suelta Ana.
Nill levanta las manos en son de paz.
—Oye, que no lo digo yo. Lo confirman las redes. Viral que eres, Adri. Creo que las pibas van más por ti que por las pizzas.
Adrián se ríe de manera triunfal con esa chulería que se ha instalado en él estos años.
—Al final lo importante es que el negocio funciona, ¿no?
En ese momento siento los ojos de Nill rozarme. No es una mirada larga ni intencionada, solo un instante, de esos que se producen sin que nadie lo planifique y que sin embargo tienen peso. Desvío la vista hacia el mar, que sigue estando ahí, imperturbable, como si no pasara nada.
—Pues yo no he estado —dice Érica, que aparece dejando dos garimbas más para mis primos, que al parecer tenían sed y tienen más aguante y práctica que yo.
—Pues ya sabes dónde está —dice Adrián, guiñándole un ojo con total descaro y una sonrisa ladeada.
Nill lo mira. No dice nada, pero hay algo en esa mirada, algo que no es exactamente enfado sino más parecido a una advertencia silenciosa de quien marca territorio sin levantar la voz.
Yo me enderezo en la silla, percatándome de ese gesto. Y ahora tengo una pregunta que no sé dónde meter.
¿Serán más que amigos?
Érica, como si no hubiera notado nada, o como si precisamente lo hubiera notado todo, deja la bandeja sobre la barra y se apoya en el respaldo de la silla de Nill con esa familiaridad de quien lleva años haciéndolo.
—Oye, Nill, te veo estresado, relájate un poco... ¿no ibas a llamar a Sara? Porque se ha pasado ya dos veces por aquí haciendo preguntas incómodas. Ya sabes cómo se pone.
Lo dice de pasada, con una ligereza completamente calculada, sin mirarle a él sino mirando al grupo en general, como quien comparte algo intrascendente. Pero no lo es. Nill lo sabe, yo lo sé, y creo que Érica también .
—Ya le llamaré en cuanto pueda.
—Claro, claro. No te olvides de hacerlo. —Érica coge su bandeja con una sonrisa que no le llega del todo a los ojos—. Ahora vengo con lo que falta.
Se aleja hacia la barra y yo me quedo mirando el mojito sin verlo.
Sara.
No sé quién es Sara. No tengo por qué saberlo. Y sin embargo ese nombre acaba de instalarse en algún rincón que no me apetece examinar ahora mismo, con el Atlántico delante y la tarde demasiado perfecta para estropearla.
La tarde pasa y algo dentro de mí se relaja de una manera que no recordaba.
Estar en compañía de mis primos, de Ana, de Saúl y de su gente tiene ese efecto extraño de devolverme algo que creía haber dejado en algún cajón cerrado hace demasiado tiempo.
Me resulta sorprendente lo bien que está yendo todo, pese a los arranques y las pullas de Ana y lo distintos que son los caracteres que se juntan en esta mesa.
A lo largo de la tarde, Nill y yo cruzamos más miradas de las que ninguno de los dos busca y ninguno de los dos evita del todo.
Una cuando Dailo cuenta algo que nos hace reír a los dos al mismo tiempo y nuestros ojos se encuentran un segundo, antes de que los dos miremos hacia otro lado.
Otra cuando Ana dice algo tan fuera de lugar que yo me muerdo el labio para no reírme y él me ve hacerlo desde el otro lado de la mesa.
Y otra más, la más larga, cuando el sol empieza a bajar hacia el horizonte y el cielo se tiñe de ese naranja que aquí no se parece a ningún otro naranja del mundo y yo me quedo mirándolo sin querer y cuando vuelvo la vista encuentro la suya esperando, quieta, como si llevara ahí más tiempo del que querría admitir.
No digo nada. Él tampoco.
Pero algo ha cambiado de temperatura en esta tarde, y los dos lo sabemos.
Me levanto para ir al baño y noto cómo el mojito me ha subido más de la cuenta. Hacía tanto que no tomaba nada que el cuerpo lo acusa más de lo habitual. Me tambaleo un poco pero enseguida me recompongo.
—Voy al baño, ahora vuelvo.
—¿Estás bien?
Esa es Zulema. Me conoce tan bien que se ha percatado de que el alcohol ha hecho su efecto antes de que yo haya dicho nada.
—Sí, sí, tranquila. Vuelvo enseguida.
En cuanto entro me refresco la nuca y me miro en el espejo. Mis ojos todavía no están en esa fase vidriosa de cuando el alcohol hace efecto de verdad, pero el calorcillo en las mejillas no miente. No beberé más. Me aclaro un poco la cara también, porque no solo necesito aclararme el cuerpo.