Prohibido con el padre de mi mejor amigo (Serie papis prohibidos con diferencia de edad nº 1) LA MAÑANA SIGUIENTE
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LA MAÑANA SIGUIENTE

El brazo de Damian se tensó en torno a su cintura.

Apoyó la palma en la parte baja de su vientre, con los dedos abiertos como si quisiera anclarla allí para siempre.

Maya sintió el pulso lento y pesado de su polla contra la cadera y supo que ya estaba medio empalmado otra vez.

La casa permanecía en silencio —Logan se había marchado temprano al trabajo y el ruido de su camioneta se había perdido camino abajo—, pero el silencio entre ellos tenía su propio peso.

—Diez días —murmuró Damian finalmente, con la voz ronca de sueño. Sus labios le rozaron la oreja—. Es todo lo que nos queda.

A Maya se le encogió el estómago. Se dio la vuelta para quedar boca arriba y poder verle la cara.

Tenía los ojos oscuros, los párpados pesados, llenos del mismo temor silencioso que se le había instalado a ella en el pecho.

Alzó la mano y le recorrió la mandíbula con los dedos, notando la aspereza de la barba incipiente.

—No lo digas todavía —susurró—. Esta mañana no.

En lugar de eso, él se inclinó y la besó: lento, profundo, con sabor a las últimas horas que habían robado.

Su lengua acarició la de ella con un calor pausado, y Maya sintió que se abría para él, que los muslos se le separaban por instinto.

Cuando la mano de Damian se deslizó entre sus piernas, gimió suavemente contra su boca al notar lo mojada que estaba ya, la facilidad con que dos dedos se hundían en ella.

—Joder, Maya... Todavía estás llena de mí.

Las palabras le provocaron una nueva oleada de calor. Levantó las caderas, buscando el lento vaivén de sus dedos, y bajó la mano para rodearle la polla. La tenía gruesa y caliente, ya goteando en la punta. Lo acarició al ritmo que él marcaba dentro de ella; los dos respiraban cada vez más fuerte.

No se apresuraron. Damian se colocó sobre ella, acomodándose entre sus muslos, y apoyó la polla contra su entrada.

Empujó con una sola embestida larga y deliberada que le hizo arquear la espalda.

Maya gimió contra su hombro, con las piernas en torno a su cintura, mientras él llegaba hasta el fondo.

Se quedó allí, con la frente pegada a la de ella, para que sintiera cada centímetro.

—No puedo dejarte marchar —dijo en voz baja mientras movía las caderas en un círculo lento y profundo que le rozaba cada punto sensible por dentro—. No soporto la idea de despertar sin ti en esta cama.

Ella se aferró a su espalda y le clavó las uñas con suavidad.

—Entonces no lo hagas. Quédate dentro de mí. Así.

Se movió con una ternura desgarradora: embestidas largas y profundas que hacían crujir suavemente la cama bajo ellos.

Cada vez que se retiraba, ella sentía cómo él le rozaba las paredes; cada vez que volvía a hundirse, jadeaba ante la dilatación, mientras el sonido húmedo de su semen de la noche anterior le facilitaba el camino.

La mano de Damian permaneció sobre su vientre, con el pulgar acariciándole justo por encima del pubis mientras le observaba el rostro.

—Quiero que te corras despacio para mí —murmuró con voz grave—. Quiero sentir cada espasmo alrededor de mi polla.

A Maya se le entrecortó la respiración. Meció las caderas para ir a su encuentro, persiguiendo ese calor creciente.

Cuando el pulgar de él le encontró el clítoris, gimió quedamente, con los muslos temblándole.

Damian mantuvo el ritmo medido, hundiéndose a fondo en cada embestida, hasta que el orgasmo la atravesó en largas olas pulsantes.

Se apretó en torno a él, mojada y tensa, y él gimió; las caderas le temblaron, pero no aceleró en ningún momento.

—Dios, eso es. Tan jodidamente perfecta.

La besó mientras ella se corría, tragándose sus gemidos, y luego los giró para que lo montara.

Maya apoyó las manos en su pecho y volvió a hundirse en él, tomándolo entero.

El nuevo ángulo la hizo gemir. Lo cabalgó despacio, meciendo las caderas en círculos cerrados, y sintió cada relieve y cada vena rozarle por dentro.

Las manos de Damian le agarraron el trasero para guiarla sin forzarla nunca, con los ojos fijos en los de ella.

—Yo también lo temo —admitió, con la voz quebrada en un suave gemido—. Volver a ese apartamento vacío. No tenerte así.

A Damian se le tensó la mandíbula. Se incorporó y la rodeó con los brazos para quedar pecho contra pecho, y embistió hacia arriba con el mismo ritmo deliberado.

La posición le presionaba el clítoris contra la base de su polla en cada embestida.

Maya enterró el rostro en su cuello, respirando su olor, sintiendo el deslizamiento sudoroso de sus cuerpos.

—Córrete otra vez —le susurró al oído—. Déjame sentirlo mientras sigo dentro de ti.

Y lo hizo: tembló, se apretó en torno a él, y su humedad le resbaló por toda la polla.

Damian la siguió con un sonido bajo y gutural, palpitando caliente y hondo mientras se vaciaba de nuevo.

Se quedaron unidos después, con la polla de él ablandándose todavía dentro de ella y su semen goteando alrededor.

La mano de Damian volvió a su vientre, cálida y firme.

No hicieron ademán de separarse. La luz de la mañana seguía desplazándose sobre las sábanas. En algún lugar del piso de abajo, un reloj hacía tictac y contaba los segundos que no tenían.

Maya se apretó más contra él y le rodeó los hombros con los brazos. Ya sentía el dolor de echarlo de menos naciéndole bajo las costillas.

No quería soltarlo.