Prohibido con el padre de mi mejor amigo (Serie papis prohibidos con diferencia de edad nº 1) POLVO MAÑANERO
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POLVO MAÑANERO

Solo vino a despertarlo. No se fue hasta cuarenta minutos después.

Maya se coló en la habitación de Damian justo después del amanecer, con la casa aún en silencio y la puerta de Logan cerrada al fondo del pasillo.

La luz del sol se filtraba por las persianas a medio bajar, dibujando franjas sobre la cama donde Damian dormía boca abajo, con un brazo extendido hacia el lado vacío del colchón.

Solo llevaba unos pantalones de pijama holgados, la sábana revuelta a la altura de las pantorrillas.

La visión de su espalda ancha, las canas plateadas en las sienes, le despertó una oleada familiar de calor entre las piernas.

No había planeado quedarse. Solo pretendía despertarlo con una caricia, quizá robarle un beso rápido antes de que Logan se despertara. Pero en cuanto sus dedos le tocaron el hombro, Damian se dio la vuelta y tiró de ella hacia la cama.

La boca de él buscó la suya con calma, en un beso perezoso y profundo, nada que ver con el polvo frenético contra la valla del jardín el día anterior.

Maya se subió a la cama vestida con una camiseta vieja y unos pantalones cortos de algodón, y se sentó a horcajadas sobre las caderas de Damian mientras las manos de él se colaban bajo su camiseta.

No tenía prisa. Le rozó la parte inferior de los pechos con los pulgares, luego subió, trazando círculos alrededor de los pezones hasta que se le endurecieron.

—Ya estás mojada —le dijo con los labios pegados a su garganta, la voz ronca de sueño. Una mano se coló dentro de los pantalones cortos y encontró el calor húmedo entre sus muslos. Dos dedos le acariciaron los pliegues sin penetrarla, solo provocándola, extendiendo la prueba de cuánto lo deseaba.

Maya se meció contra su palma, mordiéndose el labio para no hacer ruido.

—Solo venía a despertarte.

—Lo has conseguido.

Damian sonrió contra su piel. Le enganchó los dedos en los pantalones cortos y se los bajó por las piernas antes de tirarlos a un lado.

La camiseta siguió el mismo camino. Desnuda, ella dejó que la mirara cuanto quisiera; el lento recorrido de sus ojos le erizó la piel.

Damian se incorporó y la atrajo hacia sí hasta que los pechos de ella se apretaron contra su torso, y volvió a besarla, más largo esta vez, con las lenguas enredándose, uno de esos besos que parecen no tener fin.

Maya lo sentía endurecerse debajo de ella, grueso e insistente contra la tela fina de los pantalones.

Se estiró entre los dos y lo liberó, cerrando los dedos alrededor de su polla caliente.

A él se le escapó un gemido grave. No embistió contra su mano; dejó que lo acariciara despacio, de la base a la punta, con el pulgar rozándole la cabeza en cada subida hasta que el líquido preseminal le humedeció la palma.

Cuando por fin la tumbó boca arriba, lo hizo con suavidad.

Se acomodó entre sus muslos abiertos, con una mano apoyada junto a su cabeza mientras la otra le guiaba la polla hasta la entrada.

La primera embestida fue superficial, solo la cabeza abriéndola, y los dos observaron cómo sucedía: los ojos de él oscuros, los de ella entornados de deseo.

—Joder, Maya.

Se hundió más profundo, centímetro a centímetro, hasta tocar fondo, y se quedó quieto. Sin movimientos frenéticos, solo el peso de su cuerpo y las paredes de ella palpitando a su alrededor.

—Qué bien se está dentro de ti. No dejo de decirme que esto tiene que acabar, pero…

Ella alzó las caderas para recibirlo aún más hondo, y él gimió contra su cuello.

—No pares —susurró—. Todavía no.

Se movieron así durante largos minutos, lentos y ondulantes, con la cama apenas crujiendo.

La mano de Damian le encontró el clítoris y empezó a trazar círculos firmes mientras la embestía con un ritmo pausado que le rozaba cada punto sensible.

Maya le clavó los dedos en los hombros, las piernas cerradas en torno a él.

El riesgo de que Logan se despertara solo lo intensificaba todo: el sonido húmedo de él entrando y saliendo de ella, el sudor acumulándose entre sus vientres, el pequeño jadeo que se le escapaba cada vez que él tocaba fondo.

Volvió a besarla, más suave, y cuando se apartó había algo más profundo que lujuria en su mirada.

—Pienso en ti cuando no debería —admitió en voz baja—. No solo en el sexo. En ti.

Las palabras le llegaron a algún lugar detrás de las costillas y la hicieron apretarse en torno a él.

Maya tiró de él hacia abajo, las bocas uniéndose en otro beso largo mientras el orgasmo le crecía en oleadas lentas.

Se corrió con un gemido ahogado contra su hombro, el cuerpo temblando, las paredes internas palpitando con fuerza alrededor de su polla.

Damian siguió moviéndose, prolongándoselo hasta que ella no paraba de temblar, y entonces se dejó ir con un sonido grave y gutural, derramándose muy dentro de ella en chorros cálidos y pulsantes.

Se quedaron unidos después, respirando el aliento del otro.

El pulgar de él le trazaba círculos perezosos en la cadera.

Maya sintió el latido constante del corazón de Damian contra el suyo y se dio cuenta de que no quería moverse.

La culpa seguía ahí, pero más callada, desplazada por algo más cálido y más peligroso.

Al final, Damian salió de ella. Maya notó cómo el semen de él le escurría despacio entre los muslos y no se molestó en limpiarse todavía.

Él le pasó los pantalones cortos y la camiseta que había tirado antes, y luego se puso una camiseta limpia.

Se movieron en un silencio cómodo, de esos que hablan de mañanas que podrían repetirse.

Maya se dirigió hacia la puerta descalza, con el corazón aún acelerado. Justo cuando su mano tocó el pomo, el sonido inconfundible de la puerta del dormitorio de Logan al abrirse resonó por el pasillo.