Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Booksie

Entra bajo tu propio riesgo - Muestra

Vive la vida o muere en el intento

Justo cuando empiezo a creer que le llevo ventaja a mi equipo, una bala me da en la nuca. El casco me vibra y no puedo evitar reírme cuando la pintura me chorrea por el cuello. Esta noche la lavadora va a tener trabajo. Oigo a Jenny, mi mejor amiga, gritar:

—¡Booksie! ¡Corre hacia el centro amarillo! ¡Nadie lo vigila! ¡Vamos a machacarlos!

A Jenny le encanta el paintball. Le tocaba elegir qué hacer en la noche de chicas, y esto fue lo primero que eligió.

Con veinte puntos de ventaja sobre nuestros rivales, Jenny queda satisfecha cuando el juego termina una hora después.

—¿Queréis otra ronda? —pregunta Wendy, la hermana de Jenny.

La miramos como si le hubiera salido otra cabeza.

—Bueno, eso solo nos ha ocupado hora y media... ¿Qué hacemos el resto de la noche?

Estamos en el aparcamiento del local de paintball; lo que queda de nuestro equipo, al menos. Las otras tres chicas se han ido a casa. Wendy mira al otro lado de la calle, media manzana más abajo.

—Joder. ¿Sabíais que hay un club de striptease aquí? —se le salen los ojos de las órbitas.

—Ni hablar —digo tajante.

Tengo novio en casa, y seguro que no le haría gracia saber que he salido a ver tíos desnudos pavoneándose en un antro con poca luz.

—¿Por qué no, Booksie? Tenemos que conocer alguno antes de la despedida de soltera de Jenny, ¿no?

Mierda, ahí me ha pillado.

—Yo quiero ir —dice Jenny como si nada—. ¿Por qué no quieres ir, Books?

Mis amigas me llaman Booksie desde siempre. Es una broma cariñosa porque siempre estoy en casa leyendo o estudiando. Vamos, que siempre tengo la nariz metida en un libro.

—¿Para qué necesito ir a un sitio así? Tengo a Mark en casa.

Jenny me pasa un brazo por los hombros.

—Precisamente por eso necesitas ir. Te quiero, cielo, pero Mark es más friki que tú. ¿No te apetece ir a un sitio donde los tíos buenos se desvivan por tu atención y te hagan vibrar? ¿Mark te hace vibrar?

—¿Brandon te hace vibrar a ti? —pregunto demasiado rápido.

—¡Y tanto! —responde Jenny, lo cual no me sorprende.

Brandon está tan bueno que me maldigo por no habérmelo ligado yo primero.

—Venga, deja de discutir. Mark no te espera en casa hasta después de medianoche. Tenemos horas por delante. Vamos.

—Es que no quiero ir —me quejo—. Parecemos unas frikis con toda esta pintura en el pelo, y he sudado como una cerda con el equipo de paintball.

Me lanza una mirada.

—Tengo un cepillo y un desodorante en el coche. Vamos.

—¿En serio?

—En serio. Y es mi coche, así que te aguantas, Booksie.

Sabía que sacaría esa carta si se desesperaba. Jenny tiene buenas intenciones. Pero desde que ella y Brandon se prometieron, se ha convertido en una novia histérica. Basta con mencionar algo de la boda para que se lance de cabeza.

Diez minutos después, tras bañarnos en desodorante y turnarnos con las muestras de maquillaje de boda de Jenny, entramos en el club de striptease.

Todas llevábamos ropa cómoda para el paintball, sin saber qué haríamos después.

Jamás imaginé que acabaríamos en un sitio así.

Una flecha, o lo que creí que era una flecha —en realidad era un pene de neón torcido—, nos guio hasta la planta de arriba, donde están los hombres desnudos.

La planta baja es un sex shop... menuda sorpresa.

Al menos la música promete. Al entrar en el club, pagando la friolera de diez dólares por cabeza, veo que la pista de baile está llena. Todavía no hay strippers a la vista, para mi alivio. Solo hay un montón de chicas bailando y pasándolo bien. «Quizás esto no sea tan malo como pensaba».

—¿Quieres que conduzca yo, hermanita? —le pregunta Wendy a Jenny con consideración.

—No, quiero ver este sitio con la cabeza despejada.

Pongo los ojos en blanco.

—Necesito una copa —digo, sorprendiéndome a mí misma.

—¿Os traigo vino blanco? —ofrece Jenny.

—Perfecto.

Dos minutos después me he terminado la primera copa.

—Ve a por otra —le indica Jenny a Wendy.

—No es típico de ti beber, Books. Me gusta esta faceta tuya —Jenny me da un codazo—. Ya iba siendo hora de que te relajaras un poco.

—Tú deberías hacer lo mismo —digo, cogiendo mi segunda copa de manos de Wendy.

Estamos junto a la barra, que no es mucho más grande que mi vestidor.

El club entero no es más grande que una iglesia pequeña.

La pista de baile es un cuadrado en un extremo, con un arco cubierto de cuentas brillantes que hace de puerta improvisada en la pared del fondo.

Alrededor de la pista hay viejas sillas de madera que parecen sacadas de un mercadillo.

Las mesas redondas están algo combadas pero parecen limpias.

El suelo no está pegajoso, ni tampoco la barra, lo cual es un punto a favor, porque pensaba que este sería de esos sitios donde hay que limpiar cualquier superficie antes de tocarla.

Jenny está a punto de replicar cuando oímos a un locutor por los altavoces.

Nos pide a todas que tomemos asiento porque un bombón está a punto de honrarnos con su presencia.

Y no exagera. Un tío vestido de bombero aparece de repente detrás del arco de cuentas.

Lleva el equipo completo, incluida la bombona de oxígeno, lo cual me impresiona.

«Quizás sea bombero de verdad y hace esto para sacarse un extra».

Me permito pensarlo mientras la segunda copa de vino hace efecto.

—¡Woohoo! —grito mientras Jenny y Wendy intercambian una mirada.

Ellas también están impresionadas.

Sale y al principio solo se mueve al ritmo de «Stayin' Alive» de los Bee Gees, paseándose por toda la pista.

Cuando la canción llega al primer estribillo, ese «Stayin' aliiiiiiiiiive», se quita la chaqueta lentamente mientras las luces del escenario parpadean.

Algunas chicas silban, animándolo a quitarse más.

Debajo de la chaqueta lleva una camiseta de tirantes que deja ver unos pectorales impresionantes y unos hombros y bíceps memorables.

Parece untado en aceite bajo las luces. Sigue con el espectáculo, moviendo las cejas y tirando de los tirantes que le sujetan los pantalones, que le quedan un par de tallas grandes.

Tiene el pelo rubio, corto y ligeramente rizado, y sus ojos verdes brillan bajo la luz.

En poco tiempo ya lleva solo la camiseta de tirantes y unos pantalones cortos.

Se deja puesto el casco de bombero mientras se contonea al ritmo de la versión extendida de la popular canción disco.

No puedo quitarle los ojos de encima. Es guapísimo, está tonificado y se mueve como si fuera un dios en la cama.

Cuando por fin se arranca los pantalones cortos, el público ruge y mis ojos van directos a su, bueno...

ya sabes. Está muy bien dotado. Llena el tanga de maravilla.

Al instante, mis muslos se humedecen y se calientan.

Diez segundos después, se arranca —y digo literalmente se arranca— la camiseta de tirantes desde el centro de la pista de baile, bajo los focos del escenario.

Está tan bueno que me derrito por dentro.

—Toma, he cogido unos billetes en la barra —dice Jenny mientras me pasa un fajo—. Ve a ver qué te hace con eso.

—¿Qué? ¿Por qué yo? —protesto, pensando que preferiría quedarme aquí sentada babeando, tan tímida como soy.

—Por favor —dice con tono seco—. Lo que pasa en el club de striptease se queda en el club de striptease. Ve a divertirte un poco. Te lo mereces.

—¿Y Wendy?

—Podéis ir las dos.

Miro a Wendy y se encoge de hombros, haciéndome un gesto para que vaya yo primero.

Las chicas revolotean a su alrededor. Uno de los guardias de seguridad le trae una silla.

Levanta la pierna y baila de forma provocativa, supongo que para que sus atributos masculinos se marquen más...

como si lo necesitaran. Es más hombre de lo que he visto en mi vida.

Mientras Wendy y yo nos acercamos, casi tenemos que abrirnos paso a empujones entre la multitud de mujeres cachondas que compiten por su atención.

Está a lo suyo: bailando y flexionando los bíceps y los abdominales para que las chicas babeen por él.

Con el tanga cubierto de billetes, camina hacia las mesas que siguen ocupadas, repartiendo su atención.

—Supongo que iremos a por el siguiente —dice Wendy.

Justo cuando lo dice, la canción cambia a «Hot Stuff» de Donna Summer y aparece otro stripper.

Lleva un esmoquin blanco con faldón y chistera.

Está buenísimo: alto y musculoso como el bombero, pero con la piel aceitunada, ojos de un azul intenso y el pelo corto.

No me puedo creer que existan hombres así. Es casi como un cuento de hadas.

Wendy me lleva de vuelta a nuestra mesa y vemos que el bombero está pasando por todas las mesas. —A lo mejor vuelve a la nuestra —dice—. ¿Quieres otro vino?

—Claro —digo, observando al hombre del esmoquin quitarse la chaqueta y echársela al hombro como si fuera un modelo de pasarela.

Joder, me lo quedo. Está para comérselo.

Los pantalones de vestir se le ciñen al trasero, que también está prieto.

Tengo que reprimir el impulso de ir a darle un mordisco.

Parece dos bolas de helado. Tengo las bragas empapadas y tengo que cruzar las piernas para intentar frenar el calentón.

Esta vez nos quedamos en nuestros asientos mientras esperamos a que el hombre del esmoquin, que poco a poco se está convirtiendo en el hombre sin esmoquin, se acerque a nosotras.

La camisa apenas le contiene los bíceps mientras se desabrocha los botones.

Cuando se queda ahí plantado solo con los pantalones de traje, le cuento la tableta de chocolate, babeando por cada músculo.

Quiero tocarlos, besarlos, chuparle los pezones duros.

Dios, esto es lo más caliente que he visto en mi vida.

Wendy me pasa otra copa y doy un sorbo lento mientras observo al hombre del esmoquin acercarse más a nosotras.

Se arranca los pantalones, que ahora me doy cuenta de que son de quita y pon, y miro...

ahí. Joder. Es más grande que el bombero.

Este lugar me está haciendo cosas. Estos hombres me están haciendo cosas.

Este vino también me está haciendo cosas.

Cuando me quiero dar cuenta, el hombre del esmoquin está a menos de medio metro de mí.

Cojo un billete y lo meto a ciegas en su tanga, sin apartar los ojos de los suyos.

Es enorme comparado conmigo. Pero tiene unos ojos tan inocentes.

—Adelante, no muerdo —dice mientras le meto el billete.

Me acaricia la mejilla con la mano y me derrito por dentro.

Mientras se aleja bailando, me doy cuenta de que tengo la boca abierta de par en par.

—¿Estás bien? —dice Wendy, medio riéndose—. Parece que vas a vomitar o algo así.

Niego con la cabeza y me bebo el resto del vino de un trago. —Creo que estoy enamorada —digo, sin querer decirlo en voz alta.

Jenny suelta una carcajada. —Yo también, hermana. Este sitio entra fijo en la lista para mi despedida de soltera. Tengo que averiguar cómo se llaman estos tíos y asegurarme de que estén aquí esa noche.

—Ahí estaré —digo, todavía en trance.

—Desde luego —dice Wendy.

Cuando sale otro stripper, estoy alucinada.

Nunca he visto nada igual. Es como «Trato hecho» pero con penes.

Elegiré cualquier puerta de la que salga cualquiera de estos ángeles.

Observo al bombero acercarse hacia nosotras.

—Oye, ¿sabías que hay una sala VIP en este sitio?

—dice Wendy—. Se lo he preguntado al camarero —me mira—.

¿Quieres llevarte a uno de estos bombones a la sala VIP?

—¿Por qué? ¿Jenny quiere que la pruebe por ella? —mi tono es intencionalmente sarcástico, como si mi mejor amiga no estuviera sentada justo a mi lado.

—Ve —ignora la pulla, riéndose entre dientes—. No durarás ni sesenta segundos a solas en una habitación con uno de estos tíos.

—¿Ah, sí?

—Sí —se ríe a carcajadas, casi escupiendo la Pepsi por la nariz.

—¿Eso es un desafío?

—Doble desafío.