Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 64
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Capítulo 64

—¡Una puta bomba! —exclamó Adrián cuando me acerqué a él y a los demás.

—Un regalo de tu amigo.

—¿Amigo?

—Santiago —respondió Mirelle con los dientes apretados.

—Pensaba que tenías el control de tu territorio.

Ignoré la provocación de Adrián. Tenía un asunto mucho más importante que atender, como comprobar que todos estuvieran bien y asegurarme de que no tuviéramos que lidiar con otra bomba o imprevisto, mientras mi cuerpo dolorido me recordaba que no era de hierro.

Por suerte, conseguí alejarme lo suficiente de la bomba como para no morir por la fuerza del impacto, que solo me lanzó hacia delante y me dejó mareado durante unos minutos.

Estaba magullado, pero nada parecía grave.

Por suerte, Sandro parecía haber conseguido sacar a todo el mundo y nadie había muerto, pero dudaba de que fuera la última vez que tuviéramos que lidiar con Santiago y sus hombres.

—¿Y ahora qué? ¿Querrás reconstruir la iglesia, o tu hermana y yo podemos casarnos en otro sitio? —preguntó Adrián, con tono provocador.

Era mejor que mi cuñado se callara, pues estaba seguro de que el objetivo de Santiago era él y no yo. El colombiano ganaba mucho más matando a su antiguo jefe que a mí.

—La boda seguirá adelante.

—¡¿Cómo?! —Alma se quedó sorprendida.

—Celebraremos la ceremonia en nuestra casa.

Nuestro jardín ya estaba preparado para la fiesta; solo había que colocar una mesa y montar un altar. El cura me miró con expresión de descontento, pero sabía que era mejor no desafiarme.

Creía que la seguridad de la mansión sería suficiente para evitar sorpresas ese día.

—Tienes que ir al médico. —Mirelle me cogió de la mano.

—Estoy bien —le aseguré.

—Miguel...

—Hay una boda que continuar.

Al final, asintió al darse cuenta de que discutir conmigo no era la mejor opción.

Se indicó a los invitados que se dirigieran a la mansión.

Allí, mi equipo de seguridad se encargó de registrar a todos y de comprobar que figuraran en la lista.

Se les acomodó en las mesas según la distribución que había hecho mi madre y montamos un altar improvisado en un rincón desde donde todos pudieran verlo.

No era exactamente como estaba previsto, pero organizar una nueva boda podría poner a nuestra familia aún más en peligro. Mientras no encontráramos a Santiago, era mejor ser precavidos.