Capítulo 61
Mi boda había tenido lugar en Colombia, pero la de mi hermano sería en México, el territorio de los Velásquez.
Teniendo en cuenta todo lo que había pasado y la amenaza inminente que Santiago seguía representando, era mucho mejor así.
Ya habíamos corrido demasiados riesgos y nadie quería que se repitieran los últimos y terribles episodios.
Tal y como Miguel me había prometido, estaba a salvo en su casa e incluso había conseguido olvidar los peligros que había corrido durante mi luna de miel, toda aquella sangre y aquellos hombres que intentaban matarme.
Miguel cuidaba de mí, era un marido mucho mejor de lo que había imaginado. Estaba feliz, quizá incluso más de lo que me sentía en casa, sobre todo tras el ataque a mi hermano y el cambio que había experimentado él.
Agda, mi cuñada, era amable conmigo y hablábamos siempre que podíamos; incluso me gustaba ayudarla con los gemelos, quizá preparándome para mis propios hijos, que llegarían pronto.
Mi suegra también era amable, se preocupaba por mis necesidades y me ayudaba a adaptarme a la nueva casa.
Alma también era amable, por mucho que mostrara miedo ante el destino que le esperaba y siempre me hiciera preguntas sobre mi hermano.
Virginia no se quejaba de que él fuera un mal marido y yo esperaba que para Alma tampoco lo fuera.
Deseaba de todo corazón que se entendieran tan bien como Miguel y yo, y que formaran una familia.
Adrián también se merecía tener hijos y la gente esperaba eso de él.
Virginia no paraba de comentarme las expectativas que habían creado en torno a un embarazo, que por desgracia no llegó a producirse.
La iglesia estaba llena, incluso más que el día de mi boda; de muchos de los invitados ni siquiera me imaginaba quiénes eran, aunque me pareció reconocer alguna que otra cara de la televisión.
Teniendo en cuenta el cargo que ocupaba mi marido, era de esperar que él y su familia tuvieran conocidos importantes.
Entré sola y me senté en uno de los bancos de delante, donde me habían indicado, ya que Miguel acompañaría a su hermana, en ausencia de su padre. Adrián no se había ofrecido a entrar conmigo y yo tampoco dije nada; estábamos muy lejos de vivir nuestro momento de mayor cercanía y compañerismo.
Me fijé en el arco de flores que adornaba el altar, cuya mesa estaba cubierta con un precioso mantel bordado con hilos de plata que representaban símbolos del catolicismo. La decoración de aquel lugar no tenía nada que envidiar a la de mi propia ceremonia.
En cuanto entró mi hermano, todavía en la silla de ruedas, me quedé mirándolo, pero no intercambiamos ni una sola palabra.
No sabía cómo iba su recuperación; hablaba con mi madre, pero ya no tenía la misma cercanía con él; sin embargo, sentía que Adrián ni siquiera estaba intentando ponerse mejor, lo cual era terrible.
Teniendo en cuenta el tiempo que había pasado y el pronóstico de los médicos cuando le dieron el alta, ya debería haber vuelto a caminar.
Empezó a sonar la marcha nupcial y yo, al igual que todos los demás presentes en la iglesia, nos giramos para ver entrar a la novia del brazo de su hermano.
Alma ni siquiera podía ocultar que no quería estar allí; sinceramente, no podía juzgarla por ello, ya que yo misma me había sentido igual en alguna ocasión.
Se acercaron al altar y Miguel le entregó la mano a mi hermano. Intercambiaron miradas y palabras cordiales antes de que mi marido se alejara y viniera a sentarse a mi lado.
Su mano grande y firme se posó sobre la mía y yo le dediqué una sonrisa sin decir nada, mientras el cura daba comienzo a los ritos de la boda.
La ventaja, o quizá no, de una ceremonia tradicional era que siempre se decían y hacían las mismas cosas y no había sorpresas.
Al menos, yo esperaba que no las hubiera.
Sentí que mi móvil sonaba dentro de mi pequeño bolso de mano y me apresuré a cogerlo; sería horrible que el sonido interrumpiera la ceremonia; además, todos me mirarían de una forma que me haría sentir muy cohibida.
No reconocí el número, pero contesté brevemente, en un susurro:
—Ahora no puedo hablar.
—Yo no colgaría si fuera tú. —La voz de Santiago al otro lado de la línea me hizo estremecer.
—¿Qué quieres? —Mantuve el tono bajo para no interrumpir la ceremonia, que seguía su curso sin que nadie notara mi nerviosismo.
—Una iglesia preciosa, tanta gente bien vestida… Sería una pena que todo se fuera al traste.
—¿De qué estás hablando?
—¿Quién es? —Miguel me miró fijamente y se dio cuenta de que algo iba mal.
Tensa, no supe muy bien qué decir, pero mi silencio no era lo que mi marido esperaba.
Impaciente, Miguel me quitó el móvil de la mano y habló con quien estaba al otro lado de la línea.