Capítulo 59
Cuando los gemelos por fin volvieron a dormirse, salimos de su habitación intentando hacer el menor ruido posible y nos despedimos en el pasillo.
No había visto ni rastro de mi marido ni de mi cuñado, lo cual no prometía nada bueno. Aunque nadie me había atacado dentro de la casa, seguía siendo bastante obvio que no estaba a salvo.
Me sentía tan tonta por haber confiado en Santiago.
Era un maldito traidor que había fingido estar de nuestro lado, pero lo único que quería era derrocar a mi hermano.
Lo peor de todo era que Adrián parecía estar en su momento más frágil.
Una vez que se me pasó toda la rabia por haberme metido en aquel matrimonio, me resultó mucho más fácil comprender que mi hermano no podía hacer frente a enemigos externos e internos al mismo tiempo.
Miguel era mucho mejor como aliado.
Mi Miguel...
Mi marido...
Esbocé una sonrisa al darme cuenta de que me gustaba cómo sonaban esas frases. Era algo que antes no me había imaginado: la posibilidad de ser feliz en aquel matrimonio concertado.
Miré mis manos y vi las tiras reactivas. Un escalofrío me subió desde el vientre.
Me dirigí al baño y abrí una de las cajas, sacando la pequeña tira reactiva. Llevaba poco tiempo casada y sería una tontería esperar que el resultado fuera positivo; aun así, sentí una curiosidad absurda.
Seguí las instrucciones paso a paso y me senté en el inodoro, esperando. Solo vi una línea clara, pero era lo que debía de querer.
Aún es pronto...
—¡Mirelle! —El grito de Miguel al entrar en la habitación me hizo dar un respingo de susto.
Rápidamente, recogí todo, lo envolví en papel higiénico y lo tiré a la papelera. No quería hablar con él sobre eso, sobre todo porque no tenía un resultado positivo que enseñarle.
—¡Hola! —Incómoda, me detuve en la puerta del baño y me apoyé en el marco.
—¿Estás bien?
—¿Por qué no iba a estarlo? —Esbocé una sonrisa forzada.
—No sé, me has parecido un poco rara.
—Estoy bien. —Me acerqué a él, le puse la mano sobre el pecho y sentí cómo le latía el corazón bajo la camiseta.
—¿Y tú?
—Preocupado.
—¿Por qué?
—La amenaza a tu vida.
Tragué saliva.
—Pensaba que aquí estaba a salvo.
—Y lo estás, pero eso no significa que la amenaza haya desaparecido.
—Entendido. —Contuve la respiración durante unos segundos mientras unas imágenes desagradables invadían mi mente. —¿Sabes dónde está Santiago?
—Estoy trabajando en ello.
—Entonces no lo sabes.
—Te mantendré a salvo, Mirelle —volvió a eludir mi pregunta; no era exactamente la respuesta que esperaba, pero me ayudó a tranquilizarme un poco.
—Gracias.
—Ven aquí. —Me rodeó la cintura y me dio un beso más tranquilo, algo que rozaba la ternura. —¿Nos vamos a dormir?
Asentí con la cabeza.
Estaba bien, a salvo, y, por el momento, eso tenía que bastar.