Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 40
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Capítulo 40

El avión ya nos estaba esperando para despegar cuando llegamos al aeropuerto. A Sandro le correspondía la responsabilidad de cuidar del resto de la familia y garantizar su seguridad, mientras que yo iba a disfrutar de lo mejor de aquella boda concertada: mi esposa.

Mirelle estaba tensa, nerviosa, apartando la mirada constantemente y sin capacidad alguna para ocultar esos sentimientos, pero, dado lo que le había sucedido, era muy comprensible.

Creía que se sentiría mejor cuando se diera cuenta de que estaba a salvo.

Santiago podría haberse aprovechado de la situación cuando estaban a solas y Adrián le había confiado la vida de su hermana, pero el traidor tendría que ser mucho más astuto o tonto para intentar enfrentarse a mí.

A diferencia de Mirelle, yo estaba muy lejos de ser una damisela indefensa.

Si se atrevía a acercarse a nosotros de nuevo, lo pagaría con la vida.

—¡No tengo nada! —Me sorprendió la exclamación de Mirelle, que casi saltó de su asiento en el avión tras un largo silencio.

—¿Cómo que no? —Fruncí el ceño al volverme hacia ella.

—No he traído maleta, ni mis cosas, ni mi ropa...

—Tu hermano me las enviará a mi casa.

—Pero ahora no tengo nada para cambiarme.

Una sonrisa pícara se dibujó en mis labios y la hizo encogerse. Fue inevitable imaginarme a Mirelle desnuda y me gustó lo que vi; probablemente sería aún mejor cuando dejara de ser solo mi imaginación y se convirtiera en realidad.

—Miguel... —murmuró mi nombre, temerosa.

—Hay tiendas por allí, querida.

Mi esposa… Disfruté de cómo esas dos palabras salieron de mi boca. Si el matrimonio tenía alguna ventaja, creía que estaba a punto de descubrirla.

—Yo tampoco he traído dinero.

—Tengo mucho y ahora también es tuyo.

Sus mejillas se sonrojaron aún más y Mirelle esbozó una sutil sonrisa, lo que indicaba que quizá se sentía un poco más tranquila con respecto a todo aquello.

—Está bien... —soltó mucho después, casi como un suspiro de alivio.

Mi mujer no dijo nada más, solo se giró hacia la ventanilla para contemplar las nubes mientras sobrevolábamos alguna parte de Centroamérica.

Cogí mi móvil mientras ella estaba distraída y le envié un mensaje a mi hermano para saber cómo estaba el resto de la familia. Por mucho que confiara en él, sobre todo si hubiera que matar a alguien, no podía evitar sentir cierta preocupación por haberlos dejado en otro país.

Miguel:

¿Qué tal va todo por ahí?

Sandro:

Acabamos de salir de una fiesta sin los novios.

Miguel:

No necesitan mi ayuda para comer y beber.

Sandro:

En eso tienes razón, pero aun así es raro. Nuestra madre no paraba de quejarse porque te hubieras ido sin aparecer. «Qué falta de educación con los empleados». Pero sé que lo que querías era pasar ya al postre, jajaja.

Miguel:

Todavía estoy en el avión.

Sandro:

¿Quién necesita una cama?

A Agda le gusta echar un polvo en el asiento.

Miguel:

Voy a empezar con calma.

Sandro:

Pobrecita, se va a hacer ilusiones pensando que eres delicado.

Miguel:

Eres demasiado impulsivo, tanto que dejaste embarazada a una mujer con la que ni siquiera querías comprometerte.

Sandro:

Los accidentes ocurren.

Miguel:

Es mejor cuando se pueden evitar.

Sandro:

Si tú lo dices...

Paola ya se ha ido, ahora mismo debe de estar cogiendo el vuelo a España con ese chico y Raúl .

Miguel:

¿Y vosotros?

Sandro:

Nosotros también nos vamos ya. Pensaba que Alma querría quedarse un rato más, quizá charlar con Adrián, pero ha sido la primera en querer irse.

Miguel:

El retraso en la boda ha cansado a todo el mundo.

Sandro:

Sabes que no es eso, hermano.

Alminha no quiere casarse con ese tipo.

Él le dobla la edad, va en silla de ruedas...

¿No podemos cancelarlo?

Miguel:

Sabes que no.

Sandro:

No quiero que ella sufra.

Miguel:

Yo tampoco, pero todos pagamos un precio por esta familia.

Sandro:

Ya es suficiente con que Paola esté lejos de nosotros.

Miguel:

¿Quieres a Ramón bajo nuestro techo?

Sandro:

Mis hijos podrían haber muerto por su culpa, así que claro que no quiero.

Miguel:

Pues nada.

Sandro:

Pero es diferente. Alma no se metió con Adrián, fuiste tú quien la metiste en eso.

Miguel:

Ella va a estar bien.

Sandro:

Espero de verdad que sí, o yo mismo terminaré de matarte.

Miguel:

Yo me encargaré de eso.

Sandro:

Vale.

Miguel:

Mantened a la familia a salvo y avisadme cuando estéis en casa.

Sandro:

No te preocupes.

Que te lo pases bien, jeje

Ni siquiera respondí a la última frase de mi hermano, solo guardé el móvil en el bolsillo con una sonrisa en los labios.

Estaba deseando que llegaran esas vacaciones de luna de miel.