Capítulo 35
Ya había amanecido cuando la camioneta en la que viajaba entró en el garaje de la mansión de mi familia. Uno de los hombres de mi hermano me abrió la puerta y me tendió la mano, pero yo la rechacé.
Después de lo de Santiago, me resultaría difícil volver a confiar en cualquiera de ellos.
Bajé tambaleándome del vehículo y me habría caído si Miguel no me hubiera sujetado del brazo. Eso me hizo volver a mirarlo, algo que había evitado hacer durante el camino de vuelta, porque me sentía muy extraña.
—Cuidado —me advirtió.
—Gracias.
—¡Mirelle! —oí que gritaba mi madre al aparecer en mi campo de visión.
—¡Mamá! —Volví a llorar cuando por fin pude correr a sus brazos.
Hundir la cabeza en el pecho de mi madre me proporcionó un consuelo incomparable y, por fin, sentí que todo iría bien, ya que Miguel me había rescatado.
Nunca pensé que le estaría agradecida a mi prometido por algo, pero si podía abrazar a mi madre de nuevo era porque él había ido a buscarme. Independientemente de sus motivos, Miguel me había liberado de la trampa de Santiago para utilizarme contra mi hermano y quitarle sus poderes.
—Ay, mi niña. —Mamá me acarició el pelo revuelto y aplastado.
Había salido de casa como una novia preciosa, pero en ese momento parecía el fantasma de la Navidad pasada, un espectro. Me sentía sucia, pegajosa, y solo con recordar a ese tipo encima de mí, la sensación empeoraba. Necesitaba desesperadamente un baño para poder frotarme hasta el alma.
—Llévame a mi habitación —le supliqué—. Necesito un baño.
—Sí, cariño. —Me rodeó los hombros y me guió al interior de la casa, y dejé atrás a Miguel y a los demás, segura de que no sería la última vez que vería al hombre del que había huido.
Mi definición de «monstruo» había cambiado tras aquella noche infernal y todavía estaba intentando asimilarlo todo.
—¿Estás herida? —El pánico se apoderó del rostro de mi madre cuando vio toda esa sangre que me cubría.
Negué con la cabeza.
—Esa sangre no es mía.
—¡Ah, gracias a la Virgen! He rezado tanto para que volvieras ilesa.
Puede que no estuviera herida, pero eso no significaba que no me hubiera hecho daño; sin embargo, me pareció mejor no hablar de ello. En cierto modo, la culpa era mía por haber pensado en escapar de aquella boda sin pensar en las consecuencias a las que mi familia tendría que enfrentarse.
Entramos en mi habitación y mi madre me ayudó a quitarme aquel voluminoso vestido. Sentí algunos dolores y me di cuenta de que tenía moratones, sobre todo en los brazos, donde Santiago me había apretado.
Tras asegurarse de que estábamos solas, mi madre me miró con expresión seria y temí lo que fuera a decir a continuación.
—Mirelle, dime que tú no tienes nada que ver con lo que ha pasado.
—Mamá...
—Sé que no querías esta boda, pero huir es una locura y últimamente te habías acercado mucho a Santiago.
Mis ojos se volvieron a llenar de lágrimas y ella me atrajo hacia sí, acariciándome el pelo revuelto.
—Shi, ya está todo bien —me susurró, como solía hacer cuando yo era muy pequeña y me asustaba.
—No me lo imaginaba...
—¿No te imaginabas qué? —insistió para que se lo contara.
—Que Santiago quería hacer daño a mi hermano para ocupar su lugar.
—¿Hacerle daño?
—Quiere hacerse con el control del cártel.
—Ay, qué inocente. ¿Y te fuiste con ese hombre?
—Quería escapar, pero cuando se subió al coche y mató al otro, tuve claro que ya no era una buena idea.
—Ay, hija...
—Mamá... —Volví a abrazarla y a llorar.
—El matrimonio es lo mejor para nosotras. Nuestra familia tiene mucho que perder si Miguel Velásquez se pone en nuestra contra.
—Pero él mató a Virginia.
—¿A quién más mataría si tú desaparecieras?
No respondí; en lugar de eso, tragué saliva, pero no hacía falta decir en voz alta algo que las dos ya sabíamos.
—Cometí un error...
—Sí, lo cometiste, pero todo va a salir bien.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Miguel te ha ido a buscar y sigue dispuesto a casarse contigo.
—¿Y Santiago?
—¿No está muerto? —Mi madre pareció sorprendida.
Negué con la cabeza. Aunque no había preguntado nada, había oído a los hombres hablar de vuelta sobre el hecho de que Santiago y otros habían huido al bosque.
—Bueno, deja que tu hermano y tu futuro marido se encarguen de él. Tú solo tienes que preocuparte por tu familia y por mantenerte a salvo.
—¿Pero voy a estar a salvo?
—Después de lo de hoy, ¿tú qué crees?
Su pregunta me hizo reflexionar y acabé asintiendo con la cabeza.
Cuando apareció Miguel, sentí que ya nadie podría hacerme daño y esperaba que siempre fuera así.