Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Hundida en mi cama, mojando la almohada con mis lágrimas, no podía dejar de pensar en lo que había pasado y dudaba de que fuera capaz de dormir aquella noche.

¿Cómo era posible que mi hermano me prometiera en matrimonio al hombre que había matado a mi cuñada y herido a mi cuñado? Adrián solo podía estar loco.

—No quiero casarme con él —dije, sollozando—. Es un monstruo, un asesino...

Estaba segura de que aquel hombre me haría sufrir, me haría daño e incluso me mataría. Pensar en ello me hacía sentir cada vez más desesperada y angustiada. Había llegado a pensar que nada podría ser peor que la muerte de Virginia, pero me equivocaba.

Oí un golpe en la puerta que me hizo girarme hacia ella y ver una sombra moviéndose en medio de la penumbra de la habitación.

—Adrián… —murmuré el nombre de mi hermano mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas con más intensidad aún.

—No. —Otra voz, severa y grave, me sacudió; sin embargo, tampoco era la de Miguel. —Es Santiago.

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué has entrado en mi habitación? —Me senté en la cama a toda prisa, enfrentándome al hombre que se había colado en la habitación de mi hermano sin avisar.

—Lo siento, Mirelle, pero lo he oído todo.

—¿Todo?

—Lo que tu hermano pretende hacer. No es justo casarte con ese hombre.

—No. —Mis llantos se intensificaron aún más—. ¡No lo es! No quiero casarme con ese monstruo. Por favor, Santiago, tienes que convencer a Adrián de que esto es una locura.

—No te preocupes. —Se acercó hasta sentarse en el borde de la cama y acariciarme el pelo—. Haré todo lo posible para convencer a tu hermano.

—Por favor… ¿Cómo vas a hacerlo? —pregunté, llena de esperanza—. Sabes que Adrián es terco y orgulloso. Parece mucho peor que antes, no va a dar marcha atrás en su decisión.

—Lo sé, pero también sé que es tu hermano, que se preocupa por ti y por tu bienestar.

—Quizá antes le importara, pero ahora no...

—Adrián sigue siendo un buen hermano.

—Un buen hermano no me sacrificaría —gruñí, furiosa—. No soy una moneda de cambio, soy una persona, tengo sentimientos, sueños, deseos. No quiero casarme con un hombre al que odio, al que temo y al que desprecio. Quiero casarme por amor, por mi propia elección...

—Ojalá pudiera ofrecerte eso —dijo, acercándose más a mí—. Te mereces ser feliz, Mirelle, junto a un hombre que te quiera de verdad.

—Yo… creo que eso nunca va a pasar —susurré, volviendo a llorar.

—Cálmate —dijo, extendiendo la mano para acariciarme el pelo—. Te prometo que todo irá bien.

—¿Cómo que todo va a salir bien? No puedes prometer eso, Santiago.

—Te ayudaré a escapar de este matrimonio, te llevaré lejos de aquí, a un lugar seguro.

—¿Cómo vas a hacerlo, Santiago? —pregunté, sorprendida—. Sabes que Miguel es poderoso y cruel. No me dejará marchar, me perseguirá, me matará.

—No, si él no sabe adónde has huido —dijo, sonriendo—. Tengo un plan, Mirelle.

—¿Qué plan? —pregunté, curiosa.

—¿Confías en mí, Mirelle?

Me estremecí ante su pregunta y no me sentí lo bastante segura como para responderla.

—Te llevaré a un lugar seguro —repitió cuando no dije nada más.

Antes de que pudiéramos discutir los detalles de aquel plan descabellado, la puerta se abrió de nuevo y entró mi madre.

—¿Qué haces aquí, Santiago?

—Señora… —Tragó saliva. —Bueno…

—Ya se va —dije, interrumpiéndolos a los dos y lanzándole una mirada a Santiago para que entendiera que más le valía obedecer.

—Sí, ya me voy.

En cuanto el hombre salió a hurtadillas de la habitación, me topé con la mirada fulminante de mi madre.

—¿Qué hacía él aquí? —preguntó ella con una mirada severa que me hizo temblar.

Sabía que no era apropiado que me vieran a solas de esa manera con uno de los hombres de mi hermano; sin embargo, tras esa sucesión de tragedias en mi vida, no me preocupaba lo que fuera o no de buen tono.

—No importa —me encogí de hombros.

—A tu hermano no le va a gustar saber esto.

—Mi hermano debería haber muerto —rugí, furiosa.

—¡Mirelle!

—Solo puede haberse vuelto loco si cree que casarme con Miguel nos garantiza algo.

—¿Lo ha dicho Adrián?

—¡Sí que lo dijo! Estoy segura de que vio a ese monstruo en nuestro salón.

—¡Ay, cariño! —suspiró, sentándose en la cama, en el lugar que hasta hacía un momento ocupaba Santiago—. En nuestro mundo, los matrimonios no siempre son fáciles.

—¡Eso no es justo!

—No, no lo es.

—¿Cómo voy a escapar de esto?

—No puedes. Lo siento.

—Pero, mamá...

—Todo irá bien, cariño. —Aquello me pareció la mayor mentira que me había contado jamás.

La idea de Santiago me parecía terrible, pero, aun así, parecía mi única opción.