Capítulo 2
Estaba mirando fijamente el techo de aquella habitación de motel en medio de la nada. En completo silencio, con la mano sobre el pecho, podía sentir y escuchar mi propia respiración, además del ronquido sordo de las dos prostitutas que yacían a mi lado.
Impaciente, esperaba noticias del frente de batalla de la guerra que librábamos en las calles de México. Mi cártel era el más poderoso del país; sin embargo, para mantenernos así, había que pagar un alto precio de terror, sangre y miedo constantemente sembrados por todas partes.
Cuando mi padre me preparó para ocupar ese puesto, me enseñó que debía ser cazador y cortar cabezas, aunque las familias fueran como hidras y de cada una brotaran otras en su lugar.
Tras la unión de mi hermana con Ramón Hernández, el Cártel de Tijuana había dejado de ser un problema; sin embargo, aún quedaban otros y mi atención se había centrado en los Ruiz, que dirigían el Cártel de Medellín, nuestros principales rivales en aquel momento.
En el mundo en el que vivíamos, prefería dar el primer paso y convertirme en el cazador antes que esperar y acabar convirtiéndome en la presa. Ramón me había enseñado que los enemigos podían estar más cerca de lo que uno imaginaba y no permitiría que mi familia corriera riesgos de nuevo.
Había hecho una jugada agresiva enviando a mis hombres tras los Ruiz; solo esperaba que eso fuera el jaque mate, pues un paso en falso lo echaría todo por la borda.
En cuanto empezó a sonar mi móvil, me giré rápidamente, lo cogí de la mesita de noche y contesté con tono firme:
—¿Sí?
—Jefe... —comenzó Javier al otro lado de la línea.
—¿Lo habéis atrapado? —le exigí a mi hombre que fuera directo al grano.
—Sí, lo hemos atrapado.
—¡Excelente!
Un enemigo menos por el que preocuparnos.