Princesa Pecadora (El imperio Knight's Ridge nº 17) Capítulo 16
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Capítulo 16

Capítulo Dieciséis

EVIE

La pregunta me sacude. Siempre había estado presente, pero nunca tanto como en los años posteriores a la muerte de mamá.

Simplemente supuse que estaba siendo un buen amigo, tratando de aportar su granito de arena para ayudar. Solía traernos comida y, a veces, dulces. Pero, ¿había algún motivo oculto en Blakely?

La respuesta es obvia. Y me revuelve el estómago cada vez que lo pienso.

Nos quedamos en el jacuzzi hasta que mi piel se arruga y el sol comienza a ponerse detrás de los árboles.

A pesar de la atracción que siento por él y del deseo de tener sus manos sobre mí, me quedo al otro lado de la bañera mientras nos lanzamos preguntas el uno al otro, conociéndonos como probablemente deberíamos haber hecho las primeras veces que estuvimos juntos.

Pero bueno, ya es demasiado tarde para dar marcha atrás.

Y, a pesar de todo, no querría hacerlo si tuviera la oportunidad.

Nos quitamos el cloro de la piel, las manos y los labios mientras compartimos la enorme cabina de ducha, pero ninguno de los dos va más allá. Es la mezcla perfecta entre frustrante y reconfortante.

No voy a mentir, me asusté un poco cuando contó esa historia sobre Theo y la vaselina.

Es obvio que él tiene mucha más experiencia que yo en estas cosas, y el miedo a no ser lo suficientemente buena, a ser demasiado indecisa e ingenua, puede más que yo.

Pero creí en las palabras que me dijo para tranquilizarme.

Y, sí, a pesar de que estuvo excitado desde el momento en que me sacó del jacuzzi hasta que se subió los calzoncillos, no intentó ir más allá.

No me presionó para que diera más de lo que yo estaba dispuesta a dar.

No es que yo no estuviera dispuesta. Si me hubiera empujado contra la pared y me hubiera rodeado la cintura con mis piernas, me habría entregado por completo.

Me retuerzo ante la imagen de nosotros dos enredados con el agua cayendo sobre nosotros.

—¿En qué piensas? —pregunta Alex, con su voz grave y resonante, sacándome de mi pequeña fantasía obscena.

Parpadeo, apartando la imagen de mi mente mientras él se coloca entre mis rodillas y pone sus manos harinosas sobre mis mejillas.

—En ti —confieso.

Después de salir de la ducha, Alex anuncia que vamos a hacer pizzas y me sube a la encimera, justo al lado de donde se pone a trabajar preparando la masa fresca para la base.

Si pensaba que la situación del croissant de antes me había dejado alucinada, no sé qué efecto me causa verlo amasar la masa fresca. Sin embargo, sé exactamente por qué se queda sin camiseta para la ocasión. Solo piensa en mí y en mi disfrute. Y vaya si lo disfruto.

—Eso es lo que me gusta oír —murmura antes de inclinarse y robarme los labios.

—¿Alguna vez has cocinado para otra chica? —le pregunto cuando se aparta.

—Fuera de nuestra familia, no —confiesa con sinceridad.

—¿Y tú? —pregunta.

No puedo evitar reírme.

—¿Qué te hace tanta gracia? —inquiere.

—Bueno, en primer lugar, ni siquiera invitaría a mi peor enemiga a nuestro piso. Aunque eso significara que podría envenenarla con mi cocina.

—Estoy seguro de que no es tan malo.

—Lo dice el chico que creció en una mansión y ahora tiene su propio apartamento de lujo de dos dormitorios para él solo. Sí, entiendo por qué llegas a esa conclusión. ¿Cuántas veces tienes que apartar con el pie las agujas usadas en la escalera para evitar que tu hermano pequeño pise alguna?

Alex hace una mueca de dolor antes de enderezar los hombros.

—No vas a volver allí. Nunca.

Por mucho que me guste la promesa de sus palabras, no puedo aferrarme a ellas.

—Es nuestro hogar, Alex. ¿Y qué haría entonces, mudarme contigo? —bromeo.

—Sí.

Me sorprende la seguridad de su voz.

—Estás loco. No puedo mudarme a tu piso. Nosotros… apenas nos conocemos.

—Por ahora nos va bien.

—Sí, pero es como si estuviéramos de vacaciones o algo así. No voy a invadir tu vida aquí.

Él niega con la cabeza como si fuera yo la que hubiera perdido la cabeza.

—Estás pensando demasiado. Quiero que invadas mi vida. Mi vida era un asco antes de conocerte. —Levanto las cejas—. Bueno, no era un asco del todo, pero me sentía solo y… —suspira—. Que estés aquí… hace que todo sea mejor.

Alzo la mano e imito su postura, acariciándole la mandíbula.

—Eres increíble —le susurro, buscando sus ojos con la esperanza de descubrir más sobre quién es realmente este peligroso soldado Cirillo.

Se encoge de hombros. —Tú lo eres todo.

Me besa de nuevo y, cuando finalmente se separa, apoya su frente contra la mía.

Suena el temporizador que pone en su teléfono para dejar reposar la masa y se aleja, dejándome fría sin su contacto.

—¿Estás bien? —le pregunto cuando baja la mano hacia su entrepierna.

—Nunca mejor —dice con un guiño burlón por encima del hombro.

—Entonces, ¿no hay ningún exnovio del que tenga que preocuparme? —pregunta, volviendo a encarrilar nuestra conversación.

Me río. —Bueno, hubo uno.

Su espalda se tensa al oír mi confesión.

—Sí, Liam y yo estábamos muy unidos. Incluso hablamos de casarnos y de cuántos hijos queríamos tener.

—¿Qué? —pregunta, incrédulo.

Lucho por mantener la compostura. De verdad que lo intento, pero al cabo de unos segundos no puedo evitar sonreír.

—¿Qué? —repite, aunque su tono es muy distinto al anterior.

Resoplo de forma poco atractiva. —Sí, era algo serio —digo, incapaz de ocultar mi diversión.

—Evie —gruñe, lanzándome una nube de harina. Me cubre los brazos desnudos, la camiseta negra y los pantalones cortos.

—Cuarto curso. Llevábamos dos horas saliendo cuando me robó mi lápiz rosa favorito y lo terminé.

—Qué idiota —sisea Alex—. Bueno, su pérdida es mi ganancia.

Agarro la bolsa de harina y le tiro un puñado. —¿En serio?

—Oh, ahora estás en problemas.

Me echa otro puñado en la cabeza antes de que salte del mostrador y le devuelva el golpe.

En pocos minutos estamos rodeados por una enorme nube blanca, ambos cubiertos, revolcándonos en lo que debe parecer nieve, ya que me tira al suelo con lo que solo puedo describir como una experta maniobra de lucha libre.

Con las muñecas inmovilizadas por encima de la cabeza y las caderas atrapadas entre sus musculosos muslos, no puedo moverme ni un centímetro.

—Mira lo que has hecho, Pecadora —dice, sin apartar la mirada de mis ojos.

—¿Yo? —jadeo—. Creo que tú lanzaste el primer puñado.

—Demuéstralo.

Inclina la cabeza y recorre con la nariz mi mandíbula antes de lamerme el cuello.

—Uf —se queja—. La he cagado.

—¿Ah, sí? —gimo, inclinando la cabeza hacia un lado para facilitarle el acceso.

—Debería haber tirado azúcar glas. Esta mierda es asquerosa.

Pero en cuanto lo dice, el calor de su lengua vuelve.

—No parece que te esté deteniendo.

—Nada lo hará cuando se trata de ti.

Sus besos recorren mi pecho antes de subir de nuevo y apoderarse de mis labios.

—Puaj —me quejo cuando su lengua se entrelaza con la mía—. Qué asco.

—Cuidado, pecadora. Si me ofendes demasiado, solo uno de los dos tendrá un final feliz.

—No lo harías —le susurro cuando se incorpora.

Su pecho está cubierto de harina; su piel bronceada ahora se ve pálida.

Incapaz de contenerme, extiendo la mano y dibujo en el polvo:

EVIE.

Su pecho se agita mientras escribo lentamente cada letra, sus ojos clavados en los míos.

—Mía —susurra.

—Tuya.

El aire entre nosotros crepita con electricidad, y la corriente se intensifica cuando mi mano se desliza desde sus muslos para frotar su miembro, que vuelve a tensarse contra la tela.

—Evie —gime, y un grueso trago hace que la columna de su cuello se estremezca de la manera más deliciosa.

—¿Qué? ¿Querías que parara?

Sus ojos se encienden; el plateado se vuelve gris oscuro cuando lo aprieto un poco.

—Yo… —se muerde el labio—. Estoy intentando portarme bien.

—Ser bueno es dulce, y me gusta el Alex dulce, de verdad. Pero ahora mismo creo que quiero al Alex malo.

Un profundo gruñido retumba en su pecho mientras su miembro se endurece aún más entre mis manos.

Lo suelto, meto los dedos bajo la cintura de sus pantalones y, cuando él me ayuda levantando el trasero, se los bajo, dejándolo al descubierto ante mí.

En el momento en que mis dedos envuelven su miembro sin la barrera de la tela, aspira bruscamente.

—Evie, joder —gime, y su polla se sacude de placer.

Poco a poco empiezo a trabajarlo, con los ojos recorriendo su cuerpo, observando sus reacciones.

Sus ojos son pozos oscuros; sus labios carnosos están entreabiertos, pero su mandíbula se contrae mientras aprieta los dientes. Los músculos de su pecho y abdominales se tensan y se relajan mientras lo acaricio.

Entonces su polla… He visto unas cuantas a través de una pantalla. Nunca ninguna en la vida real. Pero ninguna se compara con la suya. ¿Es posible que una polla sea bonita? Si lo es, entonces Alex definitivamente tiene una de esas.

Es perfecta. La piel es suave, larga y gruesa, con venas que recorren toda su longitud y que me hacen la boca agua para pasar mi lengua por ellas.

—Dios. Eso se siente… —vuelve a tragar saliva, interrumpiendo sus palabras—. Creo que tengo que devolverte el favor.

—¿Qué favor? —susurro con voz ronca de deseo. No se parece en nada a la chica tímida y vergonzosa que creo que soy. Me encanta.

Me encanta la mujer segura y descarada en la que me convierto cuando estoy con Alex.

Es casi tan adictivo como él.

Extendiendo la mano, me baja la camiseta, dejando al descubierto mis pechos.

—Voy a dejar mi marca en tu pecho, como tú hiciste conmigo.

Se mueve, cerniéndose sobre mí como un muro aterrador de fuerza y músculos. Me hace sentir pequeña, femenina y frágil. Me encanta.

—Así —elogia—. Sigue.

Lo acaricio, estimulada por sus palabras y los profundos rugidos de su pecho, hasta que su polla se estremece. Echa la cabeza hacia atrás y mi nombre sale de sus labios mientras su semen caliente salpica mi pecho desnudo.

No me detengo. No puedo. Estoy demasiado fascinada viéndolo perder el control como para darme cuenta de que sigo acariciándolo hasta que sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca, deteniéndome.

Girando ese brazo hacia el suelo, levanta el otro y continúa con su favor.

Moja el dedo en el desastre que ha dejado y empieza a escribir:

ALEX.

Mi pecho se agita; mi respiración es más que irregular y mis bragas están empapadas mientras me reclama de una manera tan carnal y cruda.

—Por favor —gimo.

—Tenemos que ponerte en anticonceptivos, nena. Te necesito, te necesito tanto, joder, pero no hay forma de que ponga nada entre nosotros.

Su confesión me deja sin aliento.

—Yo… —trago saliva—. No puedo tomar la píldora. La odiaba. Los efectos secundarios.

—Lo sé —dice, haciéndome fruncir el ceño.

—Encontraremos una solución. O eso, o tendremos muchos hijos.

Antes de que pueda intentar formular una respuesta, me levanta del suelo y me hace girar.

Mi espalda golpea el frío mostrador y grito sorprendida. Pero en cuanto sus nudillos rozan mis caderas, agarran mis pantalones cortos y los bajan por mis muslos, me olvido de todo.

En cuanto una de mis piernas queda libre, abandona la tela que cuelga de mi otro pie y se queda mirando lo que quiere.

—Que le den a la pizza —murmura, lanzándose sobre mí.

—Alex —grito, agarrándole del cabello.

A diferencia de antes, no se burla de mí ni me excita para luego alejarse. Una vez que su lengua está sobre mí, no se detiene hasta que grito, retorciéndome sobre la encimera mientras mi cuerpo tiembla con la fuerza del orgasmo.

Me suelta y se pone de pie, limpiándose la boca con la mano.

—Cambio mi respuesta. Si pudiera elegir cualquier cosa para cenar, te elegiría a ti.

—¿Cómo puedes ser tan perfecto?

Las palabras salen de mi boca antes de darme cuenta de que las pienso.

Algo oscuro cruza por sus ojos y su mandíbula se contrae.

—No lo soy, Pecadora. Estoy muy lejos de ser perfecto, y me aterra que lo descubras y me des la espalda.

Niego con la cabeza.

—Eso no va a pasar.

—Ya lo veremos —murmura con tristeza, ayudándome a bajar de la encimera.

—Ve a asearte.

Me da una palmada en el trasero y me empuja suavemente hacia las escaleras.

—Yo me encargo de esto y te sigo.

Quiero discutir, pero la expresión de su rostro me detiene, así que hago lo que me dice y subo las escaleras con las piernas temblorosas tras el orgasmo.