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DIECINUEVE

A las seis y treinta y cinco de la mañana me despierto. La luz del amanecer de Coral Gables entra oblicua por las cortinas blancas. El aire acondicionado ha bajado la temperatura a veintitrés grados exactos. La sábana me cubre hasta la cintura. Miro a la derecha; Vera no está en la cama.

Me levanto, me pongo el pantalón y salgo a la sala de arriba.

Vera está de pie ante el ventanal, vestida con una de mis camisas blancas.

Le queda grande, cayéndole hasta medio muslo, con las mangas remangadas hasta el codo.

Sostiene la cámara con la mano izquierda, pero no está fotografiando; la mantiene baja, observando la calle.

La claridad le entra desde la derecha. Pelo corto. Nuca desnuda. Pies descalzos sobre la madera. Me detengo en el umbral un segundo. Ella me oye. Se gira.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Me dejas hacer una foto?

—¿A mí?

—A la ventana. Desde aquí. Con la luz de las seis y treinta y cinco.

—Hazla.

Levanta el equipo. Compone. Dispara tres veces y lo deja caer sobre el pecho, sujeto por la correa.

—Vera.

—Dime.

—Sal del encuadre. Saca la misma foto sin nadie.

Se aparta. Vuelve a componer desde otro ángulo. Dispara otra. Baja el objetivo.

—Sandro.

—Dime.

—Esta camisa se queda conmigo.

—Se queda contigo.

—¿Sin objeciones?

—Sin objeciones.

Viene hacia mí y se detiene a un paso. Sostiene mi mirada.

—Era su frase, no la mía.

—Era su frase, no la tuya.

—Gracias.

—De nada.

Me abraza. Es un contacto corto, de apenas tres segundos.

Luego se separa y camina hacia la cocina.

Pone la cafetera y saca dos tazas. Nos sentamos a la mesa pequeña con un café y la fruta.

Por la ventana lateral entra la luz de las siete menos veinte.

Coral Gables a esta hora tiene a los pájaros despiertos, pero todavía no a los jardineros.

—Sandro.

—Dime.

—Tengo que volver al apartamento hoy. Clara y Luna me esperan para desayunar a las nueve.

—Vale.

—¿Te molesta?

—No.

—¿De verdad?

—De verdad. Esta noche ha tenido su sitio. No se toca.

—Bien. Sandro...

—Dime.

—No recuerdo la última vez que un día pasó tan rápido en mi vida.

—Ya.

—Ayer a las nueve de la mañana trabajaba en un patrón de otoño. Ahora son las siete menos cuarto del miércoles y, entre medio, ha pasado la frase de Gabriel, un beso nuevo, una foto del Oloffson y una camisa que ya no me pertenece.

Se hace un silencio.

—¿Vamos a poder sostener este ritmo? —le pregunto.

—No lo sé.

—Probablemente no.

—Probablemente no. ¿Y? Por eso no hay que medirlo. Mide lo que se pueda medir, Sandro. Lo otro, déjalo suelto.

—Es fácil decirlo.

—Lo es.

—¿Lo dices porque lo sabes hacer?

—Lo digo porque te lo acabo de oír decir a ti.

A las siete y media, ella se levanta. Vuelve al dormitorio y se viste con su ropa de ayer.

Pliega mi camisa con cuidado, la mete en la bolsa de tela y cierra la cremallera.

Bajamos juntos. En la calle, ha aparcado el coche de alquiler gris oscuro al otro lado de la acera. Le abro la puerta. Se mete.

—Nos vemos esta noche si puedes —digo.

—Puedo.

—Paso por tu apartamento a las ocho.

—A las ocho. Con las hermanas presentes. Se van mañana a las tres —añade ella—. Por la tarde tendré el apartamento solo hasta el viernes, que termina el alquiler. Quiero pasar el viernes en tu casa.

—Te daré las llaves cuando te vea esta noche.

—¿Las llaves?

—Las llaves del apartamento.

—Sandro.

—Dime.

—Eso es información.

—Eso es información.

Arranca y se incorpora al tráfico. Antes de alejarse, levanta la mano izquierda por la ventanilla. Lo hace pausadamente. No como un adiós. Como una firma. Le devuelvo el gesto. Me quedo en la acera un minuto entero.

Luego subo al atelier. Apago el aire acondicionado y recojo las tazas. Coloco la carpeta con la fotografía de sus manos sobre la mesa del despacho, apoyada contra la base de la lámpara. Ahora no le busco marco. Ahora trabajo.

A las ocho y media entra Matteo. Me ve. Me mira. Se detiene un segundo más. Sonríe sin sonreír.

—Buenos días —dice.

—Buenos días.

—¿Café?

—Ya he tomado.

—Vale.

—Matteo.

—Dime.

—Le voy a entregar las llaves del apartamento.

—Ya.

—Esta noche.

—Ya.

—No me digas nada.

—No digo nada. Gracias.

—De nada, Sandro.

Se va al taller. Abro la libreta y consulto el calendario. Nueve días para el diecisiete de julio. No lo anoto. Nueve días no se anotan. Son para vivir.