Primera opción DIECISIETE
60%

DIECISIETE

Me detengo al instante. El timbre de este apartamento no ha sonado en veintiún días. La única persona que podría tocarlo es el casero, y me aseguró que no aparecería por aquí. No hay servicio de limpieza, los repartidores dejan los paquetes en conserjería y las visitas se anuncian por WhatsApp.

Vuelven a llamar. Tres timbrazos cortos y seguidos. Yo reconozco esa cadencia. Dejo los negativos sobre la mesa, cruzo el salón y abro la puerta.

Clara y Luna están en el descansillo, cargadas con dos maletas de cabina y una bolsa de lona compartida. Luna sostiene un café con hielo; Clara, un ventilador de mano encendido. Ambas lucen la expresión de quien acaba de descubrir que en Miami el calor es una afrenta personal.

—Sorpresa —suelta Luna.

—Sorpresa —Clara ni siquiera intenta fingir entusiasmo.

Sostengo la posición con la mano en la manilla de la puerta.

—¿Qué hacéis aquí?

—Hemos venido a verte —explica Luna con naturalidad.

—Hemos venido porque Luna me ha insistido durante seis días y en un momento de debilidad cometí el error de decir que sí —matiza Clara.

—Sois dos mujeres adultas —replico—. Tenéis vuestros trabajos. Estábamos bien las tres hace una semana y media cuando os marchasteis.

—Vera —interviene Clara con la calma propia de su oficio de abogada—, ¿vas a dejarnos entrar o vamos a discutir la logística aérea en el descansillo?

Me aparto. Entran en tromba. Luna ya ha depositado la maleta en el sofá y se ha metido en la cocina a inspeccionar la nevera.

—Vera, no tienes comida.

—No pensaba preparar cenas para tres personas que no había invitado.

—Vale, vale. Pediremos algo.

—Vera —Clara ya se está despojando de las sandalias—, ¿puedo saber por qué el casero cree que vives sola?

—Porque vivo sola.

—¿Y dónde dormimos?

—Tú en el sofá. Luna en la cama conmigo. O las dos en el sofá y yo en la alfombra.

—Alfombra no —sentencia Luna—. Seguro que tiene microorganismos con nombre y apellidos.

Esbozo una sonrisa involuntaria. Apenas medio segundo.

—De acuerdo. Os quedáis dos noches. Dos. El martes tenéis vuelo de vuelta.

—¿El martes? —se queja Luna.

—El martes.

Luna se tumba en el sofá con las piernas sobre el respaldo.

—Vera.

—Dime.

—Lo hemos hablado con mamá.

—¿El qué?

—Que Sandro tiene pinta de quedarse.

Permanezco dos segundos en silencio.

—Luna. Mamá vive en Sevilla.

—Mamá tiene WhatsApp, Vera. Ha visto el Instagram del atelier y la publicación de Sandro con tu foto. Llamó a Clara. Clara me llamó a mí. Tuvimos una conversación de cuarenta y dos minutos el jueves, las tres, sin ti. Resultado: estamos aquí.

—¿Para qué exactamente?

—Para verle la cara.

—Luna, tú no estás invitada a verle la cara a nadie.

—Técnicamente no. Pero si mi madre ha decidido que hay que venir porque Vera, que lleva tres años sin cenar con un hombre, ha cenado dos noches seguidas con uno, entonces aquí estamos.

—¿Dos noches?

—Viernes tres y sábado cuatro. Me lo ha confirmado él.

—¿Matteo?

—Le escribí a las diez de la mañana del sábado. Me dio el número Giulia. Está en Santorini, pero me contestó en doce minutos. Está muy implicada.

—Giulia debería centrarse en su propia boda.

—Parece que está más interesada en la tuya.

—No hay ninguna boda.

Me acerco a ella.

—Luna. Respira.

—Respiro. —Se incorpora y me mira con fijeza—. Vera, estoy muy contenta por ti. Lo vais a conocer esta noche.

Clara sale del baño en ese momento.

—¿A quién vamos a conocer?

—A Sandro —anuncio.

—Eso es una decisión rápida —dice Clara sonriendo.

—No es una decisión, es una cuestión operativa. Tenía una cita con él. Os ha tocado. Si habéis venido para verle la cara, mejor hoy que mañana. Mañana pasaré por el atelier y no quiero a las dos rondando cerca de la abuela Ornella; tiene un radar que no podríais soportar.

Saco el móvil y le escribo a Sandro.

Vera: «Sandro. Tengo que cambiar los planes de esta noche».

Sandro: «Dime». Vera: «Mis hermanas han aterrizado hace veinte minutos sin avisar.

Estarán aquí hasta el martes». Sandro: «Vale».

Vera: «Si no te ven hoy, el problema mañana será mayor.

Te invitamos a cenar aquí». Sandro: «Vera.

Vamos a una terraza en South Beach. Yo invito.

Tus hermanas y tú». Vera: «¿Te parece mejor?

». Sandro: «Mucho mejor que el apartamento. Paso a recogeros a las ocho y media».

Bloqueo el terminal.

—Preparaos. Sandro nos lleva a una terraza a las ocho y media. Portaos bien.

—Yo siempre me porto bien —protesta Luna.

—Luna, portarse bien significa preguntar tres veces en toda la noche. Tres, no quince.

—¿Solo tres? Es muy poco.

—Tres. Clara, tú puedes preguntar, pero sé que no lo harás.

—Exacto —confirma Clara—. Yo solo voy a observar.

A las ocho y veinticinco el móvil vibra: «En la puerta».

Bajamos las tres. Sandro ha aparcado el sedán oscuro en doble fila. Sale al vernos. Sonríe mínimamente al verme y me da dos besos. Neutrales, pero con una presión sutilmente mayor en el segundo.

—Soy Sandro Greco —dice, tendiendo la mano a Clara.

—Clara Molina. Un placer.

—Luna Molina —se presenta Luna—. He oído hablar mucho de ti.

—¿Mucho?

—Desde el veintidós de junio —matiza ella.

—Luna —advierto.

Sandro esboza su media sonrisa lateral.

—Encantado, Luna. Vera, de copiloto. Clara y Luna, atrás.

—No —interviene Luna—. Yo atrás con Clara, no. Clara se marea. Que vaya delante.

Nos subimos. Clara delante, yo detrás de Sandro y Luna tras de Clara. Arranca. Paolo Conte suena por los altavoces.

—Sandro —dice Clara—, ¿qué disco es este?

—«Una Faccia in Prestito». Paolo Conte, 1995.

—Es bonito. ¿Lo elegiste tú?

—Lo pongo a menudo.

—¿También cuando ella va en el coche?

—Clara —protesto.

—A veces sí y a veces no —responde Sandro sin desviar la mirada de la calzada.

Llegamos al restaurante. Nos sientan en una mesa para cuatro. Sandro queda frente a mí.

—Pidamos vino —sugiere Sandro—. ¿Alguna preferencia?

—Tinto. Italiano, si es posible —pide Clara.

Él selecciona un Barolo. Pedimos la comida y se produce un silencio de tres segundos. Luna lo rompe:

—Sandro. ¿Por qué Vera?

Clara suelta el aire por la nariz. Sandro la mira sin inmutarse.

—¿Por qué Vera qué exactamente?

—¿Por qué te has enamorado de ella?

—Luna —le riño.

Sandro dobla la servilleta con precisión técnica.

—No he dicho que esté enamorado de ella —dice con calma.

—Tampoco has dicho que no —replica Luna.

—Correcto. Deberías reformular la pregunta. Debería ser más técnica.

—Sandro, te permito reformularla tú mismo.

—¿Por qué le presto atención a Vera?

—Eso.

Sandro reflexiona cinco segundos.

—Porque Vera es la primera persona en diez años que ha entrado en un espacio que yo considero ordenado y no me ha parecido desordenado al hacerlo. Significa que Vera posee una presencia que no me distorsiona el sistema. El sistema acepta la configuración como viable. Es raro.

—¿Y eso es enamorarse? —pregunta Luna.

—Es el único sitio donde puede pasar.

—¿Y estás en ese terreno?

—Sandro mira a Luna, no a mí—. Estoy en ese terreno.

Lo admite con la entereza de quien ha decidido que, si esa pregunta iba a llegar, mejor que fuera de manos de la hermana.

—Sandro —digo al fin—. Esa es una frase de un once. Es la cuarta que me dices en doce días. Esto se me escapa del Excel.

—Aprende a usar otro software.

La cena fluye. A las diez menos cuarto, Luna derrama accidentalmente su copa sobre la manga de la camisa blanca de Sandro.

—¡Mierda! Sandro, lo siento muchísimo.

—No pasa nada. Se limpia.

—Eres muy paciente, Sandro.

—No es paciencia, es cálculo. Si me enfado contigo, Vera no me hablará en dos semanas.

Llegamos al edificio rosa a las once menos diez. Luna se mete en el portal y Clara la sigue. Sandro y yo nos quedamos solos. Él me tiende los brazos y me abraza. Un abrazo largo, de diez segundos.

—Gracias por esta noche.

—Tus hermanas son extraordinarias, Vera.

—Son intensas.

—Sandro, no planeé que te enfrentaras a Luna nada más empezar.

—Yo no planeé contestar lo que contesté, pero lo he hecho y no me arrepiento.

Se marcha. Subo al apartamento. Clara ya está en el sofá.

—Vera —dice Clara sin abrir los ojos—. Tiene una camisa manchada por tu culpa y ni se ha inmutado. ¿Sabes que eso significa algo?

—Ya lo sé.

Le escribo a Valentina: «Val. Sandro ha contestado por qué está enamorado frente a mis hermanas. Me ha abrazado por primera vez». Valentina responde: «¿Literalmente? Estás en problemas, Vera. Problemas de los buenos».

Me quedo en la terraza mirando el mar. Doce días para Port-au-Prince. Mi cuerpo ya tiene su propio calendario. Vuelvo a entrar y me acuesto con Luna. Antes de dormirse, ella murmura:

—Vera... Huele bien.

—¿Quién?

—Sandro.

Se duerme. Y yo, con el ronquido discreto de Clara de fondo, me permito pensar que, probablemente, Luna tiene razón.