Capítulo 10 #3
—No es eso, en realidad. Es que… es extraño cómo hace doce horas la amaba, y ahora… ahora casi la odio. Es como… ¿adónde se fue el amor?
—Creo que el amor sigue ahí, solo que está herido y dañado, y de ti depende decidir si quieres repararlo.
—Qué va, imposible. No la soporto. No quiero volver a verla en mi vida. Después de esto, es como… es como si hubiera dejado de amarla. No la quiero, no siento nada por ella, solo odio. Como si ahora fuera mi enemiga.
—Todavía es muy reciente, Randy. Dale tiempo —dice, apretándome los hombros—. Créeme, yo he pasado por eso.
—Entonces sabes que no hay vuelta atrás.
Me mira, pero luego asiente, clavando sus ojos en los míos.
—Yo nunca pude. Kristina tampoco. Creo que una vez que se cruza esa línea, se acabó. Y a menos que lleves muchos años felizmente casado y tengas mucho más en juego, es difícil reparar la relación.
—Eso… no tiene arreglo. Además, ella ya ha pasado página —explico—. Me dijo que están enamorados y que se han comprado una casa juntos. Me dio un asco tremendo.
Abre los ojos de par en par.
—Dios mío.
—Sí, dijo que quería esperar hasta después de nuestro aniversario para decírmelo —sacudo la cabeza—.
Una estupidez, porque por lo visto lleva pasando mucho tiempo.
Podría habérmelo dicho hace siglos. Conoce a Jeff desde que empezó su último rodaje, hace unos seis meses, y ya lo conocía de antes.
Por lo que sé, esto podría llevar pasando desde justo después de casarnos.
Me pregunto por qué coño se casó conmigo.
Darrell se limita a suspirar y sacudir la cabeza.
—O sea, sé que quería seguir casada, aunque no sé por qué. Ella lo pagaba todo mientras los chicos y yo cobrábamos una miseria por tocar en garitos y locales pequeños. Lo raro es que nunca me lo restregó por la cara ni mostró ningún resentimiento.
—Quizás engañarte era su manera de hacerlo.
—Puede ser. Pero si le molestaba tanto, ¿por qué no me lo dijo?
—Probablemente porque quería las dos cosas, y eso le daba poder.
—¿Qué quieres decir?
—Manteniéndote y engañándote, ella tenía el control.
Me detengo un momento para asimilarlo.
—Está jodidamente enferma.
Darrell me mira con tanta sinceridad en los ojos que me quedo parado observándola un instante.
—Siento mucho que estés pasando por esto, Randy. Te mereces algo mucho mejor.
La forma en que me mira es casi maternal.
Esta chica se preocupa de verdad por mí.
Como si fuera un imán, me siento atraído hacia ella, y antes de poder evitarlo, mis manos rodean lentamente su cintura, y es como si eso fuera justo lo que ella quería…
abrazarme, así que la abrazo. Es como si en su mente me estuviera suplicando que la dejara estrecharme, como si quizás no fuera apropiado, o quizás yo pudiera sentirme incómodo abrazando a otra tía después de lo que pasó con Emily.
Y mientras la atraigo hacia mí, sus brazos me rodean el cuello con fuerza, y se siente tan jodidamente bien que juro por Dios que se me empieza a formar un nudo en la garganta.
Sin tensión sexual, sin segundas intenciones, sin juegos mentales, nada.
Solo… un abrazo. Justo cuando más lo necesito.
Su contacto es tan reconfortante que es lo más parecido que he sentido desde la última vez que fumé un porro.
No tenía ni idea de que llevaba tanta ansiedad acumulada hasta que la sentí liberarse de mis hombros mientras Darrell me abraza.
Hunde la cabeza en mi cuello y se acurruca contra mí, casi como si sentir esa ansiedad salir de mí fuera exactamente lo que ella también necesita.
No intercambiamos palabras, no hay matices en sus movimientos que sugieran expectativas, solo amistad pura y simple, y ayudar a un amigo a superar un momento muy difícil.
Día uno: ira y aturdimiento. Día dos: quién coño sabe, solo estoy sobreviviendo al día uno.
Darrell se queda ahí abrazándome hasta que Martin y uno de nuestros roadies salen disparados por la parte de atrás, preparándose para cargar el camión de transporte que espera al otro lado del autobús de la gira. No me había dado cuenta de que había alguien sentado en la cabina, observándonos.
—Eh, tenemos público, cariño —digo, apartándome.
—Oh —susurra—. ¿Te he metido en un lío?
—No, qué va, es solo que… por mucho que no quiera que te vayas, sé que mañana tienes que trabajar. No quiero entretenerte.
—Randy, puedo quedarme si quieres —ofrece con dulzura, esbozando una cálida sonrisa.
—Quiero que te quedes, pero sé que tienes que irte —le beso la frente.
—¡Eh, Randy! ¿Estamos listos para salir a la carretera, tío? —vocifera Frank, nuestro conductor, saliendo del auditorio.
—Vale, te dejo —dice Darrell, y me besa en la mejilla—. Nos vemos el sábado.
Asiento.
—Vale. Y oye, gracias.
—Cuando quieras.
—¿Randy? —repite Frank.
—Sí, colega, estamos listos para irnos —digo, viendo a Darrell subir al autobús—. Solo... tenemos que dejar bajar a alguien.
Y mientras veo a las chicas marcharse, me quedo mirando su coche hasta que los faros desaparecen.
...y ya la echo de menos.