Capítulo 3
Darrell
La canción es tan increíble, y me emociona la idea de ver el vídeo y trabajar en él.
Ya he superado el momento incómodo de hace unos minutos, cuando nuestras miradas se cruzaron mientras me abría la puerta.
No sé qué fue aquello. Quiero decir, está casado, y encima está totalmente fuera de mi liga, y yo nunca mezclo los negocios con el placer.
Jamás he salido con nadie con quien haya trabajado, ni pienso hacerlo.
Entonces le pregunto algo, y nada más decirlo, sé que he metido la pata.
—¿Alguna vez la has engañado?
Se queda mirándome sorprendido. Levanto la mano.
—Olvídalo. Nunca he preguntado eso. No sé de dónde ha salido.
—No —resopla—. Para responder a tu pregunta. No. Nunca la he engañado.
—Lo siento. Ha sido una pregunta totalmente fuera de lugar.
Pausa incómoda.
—Casi lo hice una vez —se pasa el dedo por debajo de la nariz, rascándosela, supongo que por nerviosismo—. Si de verdad quieres saberlo.
—No, no quiero. Como he dicho, siento haberlo preguntado. A veces me iría mejor siendo introvertida, porque las cosas que digo son de locos. No tenía ningún derecho a preguntarte eso.
—Las tías se me tiran encima a veces, y es difícil decir que no, incluida mi propia mujer. Una vez vino al backstage cuando me vio en un local, me arrancó la camisa e hizo conmigo lo que quiso, y eso es lo que pasa a veces. A los chicos les encanta eso, pero a mí no.
—Te creo. Y Randy, en serio, no me debes ninguna explicación.
—No, no —levanta una mano—. Sé que es un estereotipo. Sexo, drogas y rock and roll. Lo pillo. Y sí, me he metido drogas, ya no, pero lo hice, y me va el rock and roll, pero no le pongo los cuernos a mi mujer.
—Bien. Me alegra oír eso —asiento—. No tenemos que seguir hablando de esto.
Nos quedamos en silencio, pero al cabo de un momento, pregunta:
—¿Alguna vez te has liado con artistas?
Niego con la cabeza enérgicamente.
—Nunca. Ni lo haré. Nunca he tenido la oportunidad, y gracias a Dios.
—¿No? ¿Ninguna estrella de rock ha intentado tirarte los tejos a cambio de un vídeo editado gratis? —noto que me está tomando el pelo, porque me da un codazo.
—La verdad, probablemente sois la banda más maja que he conocido. Normalmente son muy difíciles de tratar. Muy pocas veces son realmente majos y no me dan la lata. Y esta es la primera vez que me invitan a un concierto y me llevan a comer.
Me mira fijamente y dice con énfasis:
—Me estás tomando el pelo.
—No. Ni un poco.
—Pues eso es ridículo.
—Me alegra que pienses así.
—¿Y tú qué? ¿Cómo es que no estás casada?
—Casi me casé el año pasado, pero pillé al tío, como tú dices, poniéndome los cuernos.
—No me digas —niega con la cabeza—. ¿Cuánto te faltaba para llegar al altar?
—Unos seis meses. Fue un compromiso largo, gracias a Dios —resoplo.
—¿Y qué hace ahora? ¿Cumpliendo condena, espero?
Me río.
—No, en realidad está esperando un hijo con la misma tía con la que me puso los cuernos. Están prometidos. Bien por él. Está claro que no estábamos hechos el uno para el otro.
—¿Cómo os conocisteis?
—Por amigos comunes. Por eso sigo sabiendo de él.
—¿Y tu familia? ¿Tienes? —pregunta mientras paramos en un pequeño restaurante familiar. Veo el enorme Cadillac de Bobby aparcado al fondo.
—Sí. Una hermana. Mayor. Vivo con ella.
—¿Ah, sí? Yo no podría vivir con Wade. Nos mataríamos.
—Kris y yo estamos muy unidas. A ella también le pusieron los cuernos, pero por suerte no estaba prometida con el tío.
—Entonces tenéis vuestro propio club —comenta con una sonrisa encantadora.
—Algo así. Pero, oye, pasa. La infidelidad y el adulterio son tan jodidamente comunes que da asco.
—Te entiendo. Mi padre le puso los cuernos a mi madre. Bueno, gracias a eso tenemos a Wade, pero aun así.
—¿Qué le pasa a la gente? ¿Por qué nadie puede ser honesto y largarse si no es feliz en su relación? Es que... no lo entiendo.
—Bueno, es cuestión de tentación —explica con franqueza—. Como he dicho, estuve a punto de engañarla una vez. No siempre es por ser infeliz. Yo era feliz en mi matrimonio, pero dejé que una tía se acercara demasiado, y casi pasa.
—¿Se lo contaste a tu mujer?
Me mira y asiente.
—Sí. Me sentí tan jodidamente culpable que me puse malo. Ni siquiera podía mirarla a la cara.
—¿Y cómo reaccionó ella?
—Discutimos un rato, pero luego los dos nos calmamos y nos dimos cuenta de que, en realidad, no había pasado nada. Me besó… o sea… me besó como si fuera a devorarme, pero a fin de cuentas, solo nos besamos.
Me mira y esboza una sonrisa tensa.
—Esta conversación es demasiado seria para antes del desayuno.
—Ya lo creo. Vamos a comer.
Mantiene la mano en la parte baja de mi espalda mientras entramos al restaurante.
Es muy educado y caballeroso. Los chicos están todos sentados al fondo, y el lugar huele de maravilla.
Es el típico restaurante con manteles de plástico y servilletas de papel en dispensadores sobre las mesas.
Se me hace la boca agua solo de pasar junto al bufé libre de desayuno.
—Eh, ¿listos para zampar? —pregunta Randy mientras nos acercamos a la mesa.
—Claro. Oye, ¿qué te pareció la canción? —me pregunta Wade.
—Me encantó. Tiene muchos huevos —digo con sinceridad, levantando el pulgar.
—Me gusta esta chica —comenta Wade, como si yo no estuviera aquí—. Dice tacos y dice «huevos».
Eso me arranca una carcajada.
—Vamos a comer.
—Después de ti —Randy me indica con la mano que pase primero.
Cogemos platos y nos servimos, y veo que todos somos unos voraces, llenándonos los platos como si no hubiéramos comido en una semana.
—Vaya, debéis de haber cogido un hambre tremenda ensayando toda la noche.
—Ni que lo digas —asiente Randy mientras nos sentamos a la mesa. Se sienta a mi lado, y no puedo evitar fijarme en cómo me retira la silla, como todo un caballero. Espero que su mujer se dé cuenta de lo jodidamente afortunada que es. ¿Sabéis cuántos tíos hacen eso hoy en día?
—¿No estás agotado? —pregunto, masticando un bocado de tortitas.
—La verdad es que no. Pero me va a dar pronto —responde, comiéndose una tira de beicon.
—Yo no —presume Wade—. Puedo pasarme días sin dormir.
—Y créeme, lo ha hecho —añade Corey—. El tío es como un murciélago. Le he metido sedantes unas cuantas veces, solo para que se callara de una puta vez y durmiera.
Me río. Estos chicos tienen una franqueza genial.
—Y por eso no vivo con él —interviene Randy.
—Eso, y que Emily no lo soporta —dice Gordon.
—Ah, sí, eso —se ríe Randy.
—¿En serio? Eso no puede ser fácil —comento.
—Se toleran —Randy se encoge de hombros.
—Sí, y tengo un muñeco vudú de Emily en casa con alfileres clavados —afirma Wade, y no estoy segura de si está bromeando o no—. ¿Recuerdas esas dos últimas audiciones que tuvo, en las que no consiguió el papel?
Se señala a sí mismo con el pulgar.
—Eso no está bien —le reprende Bobby.
—Fácil decirlo para ti. A ti te adora —señala Wade.
—¿Quieres decir que a ella nunca le has apuntado con una pistola? —pregunto, medio en broma.
—No, pero me ha visto hacérselo a Tony, al que ella también odia —aclara Bobby.
—¿Quién es Tony? —pregunto.
—Nuestro antiguo road manager. Lo despidieron.
—Sí, lo que me recuerda que todavía tenemos que contratar a otro road manager —responde Bobby—. Estaréis de gira otra vez antes de que os deis cuenta. Y esta vez, será fuera de Los Ángeles.
—¿Por qué lo despidieron? —pregunto, metiéndome donde no me llaman.
—Porque intentó meterle mano a Emily —dice Randy.
—Lo que le costó el trabajo y acabar con la nariz ensangrentada —interviene Gordon.
—¿Quién se lo hizo? —me río, impresionada.
Randy tuerce el gesto.
—Ella.
—Tiene una voz increíble y unas tetas de escándalo —dice Wade.
—Si no fueras mi hermano, serías tú el que acabaría con la jodida nariz ensangrentada por ese comentario —advierte Randy.
—Todo el mundo en los Estados Unidos continentales sabe cómo son las tetas de Emily —dice Wade con tono de «anda ya».
—¿Son de verdad? —pregunta Corey, metiendo baza.
—Que te jodan —dice Randy, fulminándolo con la mirada.
—Venga, tío. ¿Lo son o no? —Corey lo intenta de nuevo.
—Si no lo sabes, tío, es que no tienes experiencia suficiente para notar la diferencia.
—Cállate. Me he tirado a suficientes tías —se queja Corey.
—¿Lo son, tío? —pregunta Gordon, y no puedo evitar sonreír por la forma tan inocente y delicada en que lo pregunta.
—Pues claro que no son de verdad, tío. Se las hizo en el puto instituto, antes de salir en pantalla —dice Wade.
Randy habla con los dientes apretados.
—¿Podemos dejar todos de hablar de las jodidas tetas de mi mujer?
—Chicos, chicos —Bobby levanta una mano—. Tranquilos. ¿Queréis que nos echen de aquí?
—Nunca nos echarían, Bobster —Wade le da una palmada en la espalda—. Somos uno de sus clientes más antiguos y leales. Además, ¿de qué otra forma van a conseguir entradas gratis?
—Ah, oye, eso me recuerda —dice Randy, dirigiéndose a mí e interrumpiendo a Wade—. ¿Quieres traer a tu hermana mañana por la noche?
—Sería fantástico. Le encantáis —afirmo con sinceridad.
—¿Está buena? —pregunta Wade, bajando la voz.
—Somos gemelas, no idénticas.
Wade y Corey intercambian una mirada y dicen al unísono:
—Está buena.
Me río a carcajadas.
—¿Qué? ¿Pensáis que estoy buena? —me sonrojo—. De verdad que estáis faltos de sueño.
—Oh, cariño, reconozco a una tía buena cuando la veo —Wade arquea las cejas, pero de manera inofensiva, no inquietante—. ¿Puedo conocerla?
—Quieres que te presente a mi hermana —digo con voz neutra—. Tienes a cientos de tías buenas, con cuerpo de modelo de pasarela, babeando por ti, y quieres conocer a mi hermana.
—Oye, un culo es un culo —dice Wade.
—Bueno, mi hermana no es un simple culo, y además, le han roto el corazón, así que no irá a por ti.
—Algo me dice que a ti también te han roto el corazón, bomboncito —Wade me guiña un ojo.
Levanto una ceja.
—¿A quién no?
Randy levanta un dedo.
—A mí no.
—Eso es porque te casaste con la primera chica con la que saliste, imbécil —señala Wade con sarcasmo.
—No lo hice —refuta Randy—. Salí con muchas chicas.