Epílogo #21
—Me enamoré de ti en cuanto te vi —confesó Kendra finalmente —. Pero no quería aceptarlo, me resistía porque tenía miedo. Miedo de involucrarme contigo porque sé lo doloroso que es perder a alguien a quien amas.
Alejandro la cogió en brazos y le acarició la espalda.
—¿Tu hermana?
Kendra asintió.
—¿Puedes perdonarme?
La apartó suavemente de él. Su sonrisa era tan abierta y cálida que ella no pudo evitar llorar en voz alta.
Se arrojó contra su pecho y dejó salir todas sus preocupaciones, todas sus penas y, sobre todo, su alegría por que todo hubiera terminado bien al final.
Él solo tuvo que abrazarla y decirle una y otra vez cuánto la amaba. Y esta vez ella le creyó.
CAPÍTULO 22
E staban de pie en el puente sobre el canal de Caledonia. Por encima de ellos, las nubes se habían disipado y unos brillantes rayos de sol atravesaban el cielo. Había aparcado el coche un poco más lejos. Alejandro le había rodeado los hombros con un brazo y le cogía la mano con el otro.
—Hay tantas cosas de las que aún no hemos hablado —murmuró —. También tengo una sorpresa para ti.
Kendra levantó los ojos y sonrió.
—Si piensas presentarme a tu hermana y a tu madre, entonces llegas tarde.
—¿Qué quieres decir?
—Las conocí hace unas horas.
Se quejó.
—Debería haberlo imaginado —gruño Alejandro—. Mira que les dije que esperaran a que volviera.
—Por lo visto, no escuchan lo que les dices. —Sonrió.
—Ese parece ser un problema habitual de las mujeres que me rodean. —Le besó en la frente.
Kendra le dio una palmada en el costado.
—Eso ha sido mezquino.
Él se echó a reír.
—Lo siento. Así que ya las conoces. Espero que no hayan sido demasiado intensas.
—Yo no lo diría así, no. Son muy agradables.
—Puedo entenderlas. Después de todo, eres la primera mujer que he presentado oficialmente a mi familia.
—¿De verdad?
—Sí, así es. —Asintió con la cabeza—. No es que seamos católicos estrictos, pero tenemos presentes los valores cristianos. Mi madre nunca quiso saber nada de mis relaciones casuales. Siempre me decía: «Alejandro, trae solo a la mujer cuyo nombre tenga que recordar de verdad».
—Muy sabia. —No quiso aludir al hecho de que, de lo contrario, habría tenido que volver a olvidar a muchas chicas, porque ese era su pasado. Y Kendra tenía que aceptarlo y dejar de cuestionarlo. Eso era lo que había iniciado las dudas sobre sí misma en primer lugar, y ahora se habían acabado.
La giró suavemente hacia él y la besó con pasión. Kendra le correspondió. Se sentía tan bien teniéndole a su lado, sintiéndole. Su cercanía, su aliento, su olor. Dejó escapar un leve suspiro porque no podía saciarse de él.
—Te he echado tanto de menos —susurró Alejandro con voz ronca.
—Yo también.
—Ahora todo irá bien. Tengo algo más que decirte.
Ella escuchó.
—¿Sí?
—En realidad pensé que la granja podría ser el hogar perfecto, con los pastos, las vistas y la paz y tranquilidad celestiales. Pero eso nunca podrá ser.
—¿No? —Kendra enarcó una ceja.
Él sacudió la cabeza, con un gesto entre disgustado y cabreado. Era evidente que no sabía que pronto viviría en la casa de campo.
—Kenneth, ese idiota, ha alquilado la granja a otra persona. Sin preguntarme.
Sonrió.
—¡¿Cómo pudo hacerlo?! —dijo Kendra con una sonrisa tímida en su rostro.
—¿Qué tiene eso de gracioso?
Ella dejó un beso en la punta de la nariz.
—Que fui yo quien alquiló la granja.
—¿Tú?
—Si te portas bien conmigo, puedes visitarme. O mudarte.
Alejandro crispó las comisuras de los labios, la levantó y la hizo girar en el aire.
—Ah, conque esas son las condiciones… Esta noche te demostraré lo bueno que puedo ser.
Por desgracia, ahora tenemos que ir a ver a mi familia, si no te importa.
Sé de buena tinta que mi madre ya debe andar trasteando en la cocina de la mansión Keating y cocinando innumerables platos argentinos que nos hará comer. Es una cocinera excelente.
—¿Así que lo heredaste de ella?
Él sonrió.
—¿Entonces crees que mi comida es excelente?
—Pues sí. Para ser un hombre…
—Eh… —Alejandro entrecerró los ojos y de repente se puso muy serio—. Cariño, tengo algo más que decirte.
—¿Sí? —Kendra contuvo la respiración.
—Siento haberte dejado atrás. No era mi intención. De verdad que no era mi intención. Lo estropeé todo.
Ella le puso un dedo en los labios.
—Eso también es cosa del pasado. Comprendo que tuvieras que ir a Buenos Aires. Pero ¿por qué tan deprisa?
Se secó la frente con la mano.
—Porque ignoré las llamadas de mi representante hasta que fue casi demasiado tarde. Podríamos haberlo solucionado todo con calma si hubiera hablado antes con él. Me culpé terriblemente y me arrepentí por no habértelo explicado mejor.
—No pasa nada, de verdad. El tiempo para pensar me ha venido bien.
—¿Y a qué conclusión has llegado?
—Que te amo. ¿No es eso lo principal?
Le brillaron los ojos.
—Por supuesto. Nada más importa en este momento. —Volvió a besarla—. ¿Me acompañarías a la mansión Keating? Sé que hoy es un día difícil para ti, pero… ¿Lo pasarías conmigo?
—Tu madre y tu hermana prácticamente ya me han invitado.
Se quejó.
—Oh, Dios, ¿qué más han dicho?
—Que soy la mujer con la que quieres pasar el resto de tu vida.
No se rio, pero le dirigió una mirada penetrante. Tan penetrante que la atravesó. Le sujetó la cara con las manos.
—Sí, mi amor. Eres todo lo que siempre he deseado sin darme cuenta. Me haces sentir completo. Cuando estoy contigo, quiero ser una mejor persona. Para ti. Para nosotros.
El estómago de Kendra se apretó de anhelo.
—Yo siento lo mismo.
Entrelazó los dedos de ella con los suyos.
—Vamos a casa. Me encantaría ir directamente al dormitorio contigo, pero me temo que tendremos que posponerlo.
—¿Me sorprenderás a escondidas por la noche entonces?
—¿Te gustaría? —Sonrió.
—Quizá… ¿Por qué no lo intentamos? Al fin y al cabo, aún nos queda el resto de nuestras vidas para averiguar lo que realmente queremos.
EPÍLOGO
K endra y Alejandro despidieron a María y Valentina cogidos del brazo cuando salieron de la finca en su coche de alquiler. Alejandro acercó a Kendra un poco más a él.
—¿Estás bien?
Ella le sonrió.
—Nunca me he sentido mejor.
La besó.
—No sabes lo feliz que me haces.
Su teléfono móvil zumbó en el bolsillo trasero.
—Mierda —refunfuñó—, cada vez que nos caldeamos…
Kendra se rio.
—Vamos, podría ser importante.
Alejandro asintió y se dio cuenta de que la sensación de opresión ya no le invadía en cuanto alguien lo llamaba. Al ver que era Matt Keating, contestó de inmediato.
—Hola, ¿cómo estás?
—Hola, Alejandro, quería decirte que estaré por el pueblo a finales de semana. Quería volver a verte para hablar de los documentos.
—Sí, estupendo. Dime cuándo y lo organizaré para poder estar allí.
—Vivo y trabajo en Inverness, que está a solo una hora de Kiltarff.
—Ah, sí. —Tenía en la punta de la lengua la pregunta de por qué había vendido la casa, pero no la formuló. Al fin y al cabo, no era asunto suyo—. Por cierto, Keating Manor es una gran propiedad — añadió en su lugar.
Una mariposa pasó revoloteando junto a Kendra. Ella sonrió encandilada y se quedó mirando a la mariposa amarilla. El corazón de Alejandro se llenó de amor por aquella mujer. Se alegraba de que se hubieran reconciliado y hubieran dejado de lado todas sus diferencias.
—Sí, lo es —Matt Keating lo sacó de sus pensamientos.
—Si alguna vez te arrepientes, podría vendértela de vuelta.
—¿Qué? No. No. ¿Por qué? Te lo agradezco, pero eso… no creo que vaya a ocurrir. Todas las habitaciones… La historia…
—Lo comprendo. Te pido disculpas.
—No, no tienes por qué. Keating Manor es maravillosa, pero de algún modo tengo la sensación de que debería vivir allí alguien que lo apreciara todo más.
Al principio no hubo ninguna reacción del otro lado, luego un suave suspiro.
—Entiendo lo que quieres decir.
—Escucha, Alejandro, hablaremos de ello cuando llegue. Por desgracia, ahora tengo que ir al juzgado.
—Por supuesto. —Se despidieron el uno del otro, luego Alejandro caminó hacia Kendra y la acompañó hasta La Linterna.
Habían acordado que cambiarían un poco el menú y que solo abrirían por la noche.
Juntos, hasta que tuvieran un cocinero. Al mismo tiempo, trabajarían en el concepto de la granja, plantarían un huerto de verduras y hierbas y, por supuesto, empezarían una nueva vida con la cría de caballos y ganado.
Esperaba un futuro con ella en armonía con la naturaleza.
Caminaron cogidos de la mano por el puente del canal de Caledonia, donde se cruzaron con Ellie y Kenneth.
—Hola chicos, ¿cómo estáis? —preguntó Ellie alegremente.
Kendra sonrió.
—Muy bien, ¿y vosotros?
Kenneth suspiró y se pasó la mano por la frente.
—Acabamos de tener una cita con el jefe de Laurie, ya sabéis, el productor de cine.
—¿Y? —preguntó Alejandro.
—Parece interesante —explicó Ellie—, pero también es bastante complicado. Aún no estamos seguros.
—No lo dejéis pasar —convino Kendra.
—Pero ya hemos contratado a Donald como jefe de camareros de nuestro hotel, aunque tardemos un poco más en abrirlo. El hombre estaba encantado. —Kenneth sonrió.
Hablaron brevemente y luego cada uno siguió su camino. Cuando llegaron a La Linterna, Alejandro tiró de Kendra y la abrazó. El cartel chirriaba con el viento.
—Gracias por creer en mí —murmuró contra los labios de ella—. Haré todo lo que pueda para que seas feliz conmigo.
Le acarició la mejilla con la mano.
—Ya lo soy, cariño. Lo soy.
Y entonces sus labios se fundieron en un beso largo y sensual.