Primavera en escocés (Pasión en el Lago Ness 3) Epílogo #19
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Epílogo #19

Bajó los hombros y abrió el grifo. Probablemente solo había una cosa que hacer: frotar la piel.

Quizá Carly tuviera una idea. Si era necesario, le pediría a su peluquera que la maquillara.

Kendra se metió en la bañera y corrió la cortina para ocuparse del accidente con la crema.

Eso le pasaba por querer tener un bonito cutis bronceado…

Dos horas más tarde, estaba sentada en la silla de la peluquería para tratar de disimular el desastre.

Ya que estaba allí, Carly podría lavarle y peinarle el pelo.

Kendra quería darse un capricho después del estrés de los últimos sucesos.

Era un día importante, aunque no fuera agradable.

Libby habría cumplido veinticinco años ese día.

Kendra quería ir más tarde a su tumba y leerle un fragmento de su saga favorita: Harry Potter.

Nunca lo había hecho, al menos no de este modo, porque sus padres siempre habían estado allí ese día del año.

Esta vez se encontraban disfrutando en Tenerife, cosa que no les envidiaba, pero hacía que Kendra se sintiera aún más sola.

Ni siquiera intentó reprimir el hecho de que también echaba mucho de menos a Alejandro.

Y él ni siquiera sabía que Libby existía.

Así que, desde luego, no se pondría en contacto con ella…

No después de que ella lo hubiera rechazado tan bruscamente.

Mientras Carly enjabonaba la cabellera de Kendra, ella cerró los ojos.

No conseguía relajarse del todo, sus pensamientos daban vueltas en círculos.

¿Debería haber reaccionado de otra manera?

¿Debería haberse ido con él? ¿No debería haberle hablado de Libby hace mucho tiempo?

¿Se habría quedado entonces? No, no se lo habría permitido.

Sabía lo importante que era para él salvar su reputación.

Se preguntó cómo le habría ido. Había intentado averiguarlo por Internet, pero estaba todo en español y no entendió ni una palabra.

¿Y por qué la había llamado el sábado? ¿En mitad de la noche?

¿Se había emborrachado en un bar y había pensado en ella?

Su corazón se apretó de anhelo.

Por mucho que no quisiera estar enamorada de él, lo amaba de todos modos.

Por desgracia, los sentimientos no podían controlarse. Simplemente estaban ahí, y ella tan solo lidiaba con ellos lo mejor que podía.

Se preguntó cómo se sentiría.

¿Seguiría pensando en ella?

Kendra suspiró.

El masaje craneal fue bueno, Carly pareció darse cuenta de lo mucho que necesitaba relajarse y la masajeó durante más tiempo de lo habitual. Además de los ruidos habituales del salón, el secador, la música de la radio y la charla, también captó algunos fragmentos de palabras.

—Imagínate… Acaba de comprar la mansión Keating y ahora quiere volver a venderla…

A Kendra se le cortó la respiración.

Oh, no. Hablaban de Alejandro.

¿Vender?

¿Mansión Keating?

Estaba claro lo que eso significaba. No quería quedarse, probablemente ya ni siquiera quería volver allí.

Kendra abrió los ojos.

—Un momento. —Carly le sujetó suavemente la cabeza entre las manos en el lavabo.

Kendra tragó saliva y cerró los párpados, resignada, mientras se esforzaba por oír la conversación. La otra voz debía de ser Flora, que trabajaba a la vez como agente inmobiliaria y peluquera. Una combinación extraña, pero parecía funcionar.

—Está de camino a una cita… No necesito hacer nuevas fotos…

Carly abrió el grifo y enjuagó el pelo de Kendra. Por desgracia, ahora no podía oír nada de la conversación. Maldita sea.

Su corazón se aceleró mientras su esperanza se desvanecía.

Así que iba a vender la mansión, lo que significaba que descartaba a Kendra. Probablemente se lo diría el sábado. El dolor de esta noticia era tan grande que le costó quedarse quieta en la silla. Pero lo consiguió.

El resto de la cita, el secado y la aplicación del maquillaje, pareció vivirla en tercera persona.

Cuando se miró al espejo al final, quedó asombrada.

A pesar de su estado interior, se veía guapa sin parecer exagerada.

Carly había hecho un buen trabajo. Sus rizos rojos enmarcaban con suavidad su cara en forma de corazón, sus ojos verdes estaban sutilmente resaltados y las manchas marrones ya no eran visibles. Y eso era bueno.

Kendra pagó, se despidió y salió corriendo del salón. Ya era mediodía, pero aún hacía fresco. Kendra pasó junto a La Linterna. Cuando vio el cartel de «Cerrado», parpadeó y se apresuró a seguir. Al llegar a casa, cogió el primer volumen de Harry Potter y se dirigió al cementerio.

Tal vez fuera una idea estúpida, pero al mismo tiempo no le importaba lo que los demás pensaran de ella mientras se sentaba con las piernas cruzadas junto a la lápida de Libby y abría el libro.

Una suave brisa rozó su piel como un saludo amistoso.

Un cuervo cantó en un árbol. Kendra levantó la vista y vio que el animal la miraba fijamente.

Suspiró y trató de no darle demasiada importancia a la situación, pero quizá Libby estuviera escuchando de un modo u otro.

Por supuesto, Kendra se dio cuenta de que su hermana muerta ya no existía en forma física.

Por mucho que la pesara. Pero la idea de que estaba en alguna parte, pensando en ella —en la forma que fuera—, era reconfortante.

Pensar que simplemente había desaparecido, se había borrado, era demasiado triste.

Kendra se consolaba suponiendo que el alma vivía en otra parte.

No era budista, pero le gustaba este aspecto de la fe.

—El señor y la señora Dursley estaban orgullosos de él —empezó a leer el primer volumen, que ya estaba bastante hecho jirones de tanto tiempo en sus manos.

Hablaba en voz baja pero clara, sin levantar la vista, concentrándose plenamente en el texto.

Al cabo de unos minutos, se relajó un poco, sintió que sus hombros cedían y que la monotonía de su propia voz la tranquilizaba.

Sintió que podía estar cerca de su hermana pequeña.

Como cuando se acostaban juntas en la cama y ella le leía antes de dormir mientras sus padres trabajaban en el pub.

Kendra se sobresaltó cuando el cuervo salió aleteando del árbol y se posó sobre la lápida de Libby. Sonrió y siguió leyendo.

CAPÍTULO 21

—¿C ómo que ya has alquilado el chalé a otra persona? — repitió Alejandro con asombro, mientras seguía intentando concentrarse en el tráfico. Tenía a Kenneth al otro lado de la línea—. No puedes hacer eso así como así, ¿sabes?

Por desgracia, no llegó a Inverness hasta el lunes por la tarde. Su madre y su hermana habían llegado antes que él, pues ellas aterrizaron el día anterior. Habían reservado el mismo avión, pero él perdió su vuelo en Buenos Aires en el último momento.

Alejandro ya no quería enfadarse, menos por esto.

Había cosas peores, y sin duda las dos mujeres estarían bien hasta que él llegara.

Amablemente, Ellie y Kenneth habían cuidado de ellas y las habían llevado a la mansión Keating.

Por suerte tenían una llave de repuesto.

De lo contrario, podrían haber pasado la noche en el castillo de Kiltarff.

—Alejandro, ¿cuál es tu problema? Tienes una mansión enorme, no necesitas una segunda casa.

Alejandro resopló.

—Quizá no necesite una segunda casa, pero, ¿y si no quiero quedarme en la mansión Keating?

—Escucha, ahora mismo estoy de muy mal humor. Y quizá deberías preocuparte menos por dónde te alojas y más por Kendra.

—¿Qué pasa con Kendra? —El corazón le dio un vuelco—. He intentado localizarla. ¿Está bien?

—«Bien» es relativo. Creo que es una pena que no estés con ella en un día como hoy. Vuestras diferencias no son asunto mío, pero después de que dijeras que ibas en serio con ella, supuse que estarías a su lado.

¿De qué hablaba su amigo?

—¿Qué es hoy? ¿Le pasa algo a La Linterna?

—¿No te dijo nada?

Alejandro perdió la paciencia.

—Por el amor de Dios, escúpelo y deja de darme largas —rugió.

Kenneth chasqueó la lengua.

—Hoy es el cumpleaños de su hermana.

—¿Tiene una hermana?

—Murió. De cáncer. Hace unos años.

Alejandro redujo la velocidad y agarró el volante con ambas manos. ¿Por qué Kendra nunca le había hablado de ella?

Él sabía la respuesta: porque ella no confiaba en él.

—¿Dónde está ahora? Voy para allá.

—Dale un respiro. Está en el cementerio, al menos estaba allí antes, y parecía que iba a quedarse un rato más. Aun así, deberías pensártelo dos veces antes de irrumpir allí como un toro en una cacharrería. Quizá sea mejor darle algo de tiempo primero.

—¿Tiempo para qué?

—Dios mío, yo tampoco soy un experto en mujeres. Si quieres consejo, llama a Ellie, ¿vale?

Alejandro sonrió.

—Sí, quizá debería hacerlo. Aunque prefiero hablar directamente con Kendra. Me parece que tenemos mucho que aclarar.

Aunque temía el encuentro por el miedo a que ella volviera a rechazarle, estaba deseando como un loco volver a verla.

Pero aguantaría y esperaría a mañana. Puede que ella aún no lo supiera, pero lo necesitaba a su lado tanto como él a ella.

La convencería de ello. Y luego le presentaría a su familia, con la excepción de su padre, que no había podido volar con tan poca antelación.

—D isculpe —se dirigió a Kendra una mujer con acento mientras caminaba por la acera. Aferró con fuerza su libro de Harry Potter y miró a esas dos caras amistosas que le resultaban vagamente familiares. Pero no recordaba de dónde eran.

—Sí —respondió Kendra. Su voz sonaba un poco áspera después de tanto leer.

—¿Puedes decirnos dónde está La Linterna ? —preguntó una de ellas.

Kendra se quedó boquiabierta al darse cuenta de a quién le recordaban aquellas mujeres. Alejandro.

—¿Eres Kendra MacKenzie? —preguntó la mayor de las dos. Se parecían, tenían los mismos rizos negros y los mismos ojos marrones aterciopelados.

¿La habría estado buscando?

No.

Eso no era posible.

Se lo habrá imaginado.

—Sí, soy yo —graznó y tragó en seco.