Primavera en escocés (Pasión en el Lago Ness 3) Epílogo #15
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Epílogo #15

—Para el aeropuerto de Inverness, el tiempo apremia. El programa es mañana.

—¿Programa?

—Te he dicho que te lo explicaré todo por el camino. Solo tenemos que recoger tu pasaporte y el mío, todo lo demás lo compraremos en Argentina…

Kendra inspiró, espiró y cruzó los brazos delante del pecho.

—No puedo irme de aquí.

Alejandro hizo una pausa. Algo estalló en su interior.

—¿Qué?

Ella echó una mirada demostrativa a la cocina.

—¿Crees que un bar como este funcionará solo?

Él se quedó con la boca abierta.

—Es muy importante, Kendra. Volveríamos al día siguiente, y… Además, quiero que conozcas a mis padres y a mi hermana.

—Ya te lo he dicho, no puedo irme de aquí.

Su actitud le hizo ver todo con claridad. Tragó saliva.

—¿No puedes o no quieres?

—¿No se reduce a lo mismo? No encajo en tu mundo, Alejandro. Aunque cerrase La Linterna, no abandonaría Kiltarff. Jamás.

—No te estoy pidiendo que te mudes a Argentina. Es una visita a mi familia… A lo mejor no vas tan en serio como yo.

Los ojos de Kendra se llenaron de lágrimas.

—Esas son tus palabras, Alejandro.

Él extendió la mano y cogió la de ella.

—Nunca lo has dicho, Kendra. ¿Me amas?

La vio tragar saliva. Pero ella no respondió.

La verdad le golpeó como un puñetazo en las tripas.

—Lo comprendo —se limitó a decir.

Kendra negó con la cabeza. Una lágrima resbaló por su mejilla.

—No, creo que no.

—Tengo que irme —gimió, abrumado por los sentimientos que le invadían. No quería que ella se diera cuenta del daño que le había hecho.

Alejandro se quitó la chaqueta de cocinero mientras caminaba, la colgó en el pomo de la puerta, se puso una camisa blanca de vestir, luego salió de La Linterna por la entrada trasera y se dirigió a toda prisa a la mansión Keating.

Metió apresuradamente el portátil en la mochila, que también contenía su pasaporte.

No lo había necesitado desde su llegada.

Unos minutos después, estaba en el coche camino de Inverness.

En el trayecto, envió un mensaje de texto a Nicolás y le dijo que solo necesitaba un billete.

Alejandro no tenía tiempo para nada más.

Cuando estaba ya a varios kilómetros de distancia de Kiltarff, recordó que tenía que decirle a Kenneth que no podría cuidar de los animales durante unos días.

Dudó y se dio cuenta de que aún iba bien de tiempo: ¿debería volver a Kiltarff?

K endra se sentó inmóvil en la cocina de La Linterna, con la cara enterrada entre las manos. No lloraba, ni una sola lágrima quería escapar por el rabillo del ojo. Estaba congelada, por dentro y por fuera.

El sueño se había hecho añicos. Había sucedido más rápido de lo que ella temía. Sin embargo, no entendía por completo lo que acababa de ocurrir. Le había pedido que lo acompañara a Argentina porque iba a aparecer en un programa de televisión. ¿Y también quería presentarle a sus padres?

Todo parecía tan apresurado, ¿o acaso él lo había sabido todo el tiempo y no se lo había dicho?

Había sucedido demasiado deprisa y ella entró en pánico.

No hablaba español, ni sabía cómo vestirse en sus círculos (¡como si tuviera ropa cara!).

Pero eso no era todo. La razón principal por la que no lo acompañó fue que él le había dejado bien claro que tenía que cerrar La Linterna el tiempo que estuvieran fuera.

No le había preguntado, no había indagado y no le había hecho ninguna sugerencia.

No, había dado por sentado que sus preocupaciones eran más importantes que las de ella.

Desde su punto de vista, incluso podía entenderlo; para él se trataba sin duda de contratos y dinero, de su reputación ante la opinión pública.

Para ella, sin embargo, había mucho más en juego que el dinero.

Su dignidad, por ejemplo. Y su tranquilidad.

Kendra respiró hondo. Se había ido. Lo echaría de menos. Sentía tristeza. ¿Debería haberse ido con él?

No, eso solo lo habría retrasado todo. En algún momento, ese tema habría terminado inevitablemente con su historia.

Estaba segura de ello, porque había sospechado desde el principio que su estancia aquí terminaría en el momento en que se resolvieran sus problemas o completara su objetivo: escribir las memorias.

Aunque había intentado prepararse interiormente para aquel día, el hecho de que él se hubiera ido con tanta rapidez la golpeó como un puñetazo en las tripas.

K endra había perdido la noción del tiempo, ni siquiera se había dado cuenta de si algún cliente había entrado en el pub y se había marchado sin ser atendido.

No le importaba, tenía que cuidar de sí misma.

Kendra salió de la cocina y cerró la puerta del local.

Le pareció que tenía cierto poder simbólico.

Desde luego no era un adiós definitivo, pero tal vez los días del pub tradicional estuvieran contados.

No quería pensar en ello ahora, no podía.

Se arrastró detrás de la barra y sacó el cartel que había colgado en la puerta la semana pasada.

Cerraba. No había fecha para su reapertura.

Sus padres volverían a casa dentro de ocho días, así que tenía que tener un plan de futuro para entonces.

Hasta ahora había tenido esperanzas, pero el castillo de naipes se había derrumbado y su confianza yacía enterrada bajo él.

—Qué asco —murmuró. Kendra había disfrutado de su tiempo con Alejandro, pero también había sido cuidadosa con sus sentimientos y confesiones. Ahora se alegraba de ello. Había protegido su corazón. ¿Por qué ella no lo sentía así?

Se dio cuenta de que había desconectado de la realidad por completo cuando se encontró en la calle, frente al cartel colgado de nuevo en la puerta. Con un suspiro, se recompuso. Dio un paso atrás y lo miró consternada. «Cerrado».

—¿Kendra? —dijo Colin, que acababa de salir con el caniche de su abuela. El animalito olisqueó una columna y luego levantó la pata. No había ni una nube en el cielo azul intenso y el sol brillaba con fuerza. Kendra pensó que debería estar lloviendo en un día tan sombrío.

—Ah, hola, Colin —respondió ella, esbozando una sonrisa que más bien parecía una mueca.

—¿Qué pasa? —quiso saber. Al parecer, no había conseguido fingir buen humor. Tampoco es que lo hubiera intentado con muchas ganas.

—Nada, no te preocupes. —Tragó saliva, pero el nudo en la garganta no desaparecía.

Colin se puso a su lado y señaló el cartel.

—¿Qué se supone que significa eso? He visto antes a Alejandro salir corriendo del pub… ¿Va todo bien?

Kendra exhaló y se estiró. En esta ciudad, nada permanecía en secreto durante mucho tiempo.

—Está de camino a Argentina.

Los ojos de Colin se abrieron de par en par.

—¿A Argentina?

Kendra casi se hubiese echado a reír si no estuviera tan triste.

—Sí, así es. La Argentina en la que vive.

—¿Y cuándo volverá?

¿Nunca más?

No tenía ni idea.

—No lo sé. —Ella hundió los hombros y luchó contra las lágrimas.

—Oh, oh —dijo Colin, tirando de ella hacia sus brazos—. Lo siento mucho. ¿Os habéis peleado?

Ojalá fuera así. Seguía aturdida por la situación. La última conversación apenas había durado más de un minuto y, sin embargo, lo había cambiado todo. Principalmente el hecho de que él la amaba. Apartó a Colin de ella y se enderezó.

—Oye, no pasa nada. Sabía desde el principio de que no duraría para siempre.

Colin enarcó una ceja y no pareció creer ni una palabra de lo que ella decía.

—Se ha comprado una casa, ¿no?

Ella se encogió de hombros.

—Esa parece ser la costumbre en su realidad, alquilar un piso de vacaciones sería estúpido, ¿no? —Se dio cuenta de lo amargada que sonaba—. Da igual —continuó, respirando hondo—. Se ha ido y tengo que pensar cómo voy a hacer con La Linterna. De todas formas, fue una idea estúpida dejarle cocinar.

—Mmm, me gustaban sus filetes. —Colin arrugó la nariz.

—Eso no ayuda, Colin. No ayuda. —Dirigió a su amigo una mirada sombría.

Él levantó las manos en señal de defensa.

—Vale, ya veo, mal tema. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudar?

—Si no puedes conseguirme un cocinero que sea realmente bueno y trabaje gratis, entonces no. —Suspiró.

—Eh —dijo.

—No te preocupes. —Le dio la espalda—. Es viernes por la noche, debes de tener planes, ¿dónde está tu otra mitad?

A Colin se le iluminó la cara.

—Sí, realmente lo es, mi media naranja. Ava sigue en la obra. Así que, si quieres emborracharte y necesitas compañía, tengo tiempo —sugirió con una amplia sonrisa.

Kendra estaba agradecida, pero prefería estar sola.

—No, me apetece más una comedia romántica y un paquete familiar de Cheerios.

¿Cheerios?

Frunció los labios.

—No me gustan las patatas fritas y el muesli tiene un crujiente parecido.

—Oh, Dios, eso suena asqueroso. ¿Ni siquiera con leche?

—Anda, vete a casa y déjame a mí con mis Cheerios. —Ella le abofeteó juguetonamente en la cara.

—De acuerdo, pero si necesitas algo, llámame, ¿vale?

—Por supuesto. Gracias, Colin.

Le dio otro abrazo rápido y siguió caminando, silbando suavemente para sí mientras el caniche lo seguía con pasos pequeños y lentos.

Kendra suspiró y volvió a casa. Allí la recibió el silencio y la soledad.

Cogió la caja de cereales y se acurrucó en el sofá de sus padres con una manta.

Descargó una película de un servicio de streaming que parecía desgarradora y tenía un final feliz, justo lo que necesitaba en aquel momento.

Kendra no quería pensar en Alejandro, pero la corriente de sentimientos que estaba experimentando no era fácil de canalizar.

Así que prestó poca atención a lo que ocurría en la pantalla.

No dejaba de preguntarse qué debería haber hecho distinto, y si realmente Alejando había desaparecido de Kiltarff para siempre.

Casi se sentía como si hubiera estado soñando durante las últimas semanas.

No quería despertarse, pero era demasiado tarde. Volvía a estar sola.