Epílogo #7
Kendra se mordió el labio y observó su habitación con otros ojos por primera vez en mucho tiempo.
No había cuadros en las paredes, ni siquiera un póster.
Nada de nada. Estaban desnudas. El viejo armario se erguía casi como un monumento en la habitación, con una manga de camisa colgando de él.
Nunca había estado especialmente ordenada.
La alfombra verde lima estaba tan desgastada en algunas partes que apenas se reconocía el dibujo.
Su estrecha cama no parecía muy acogedora y ni siquiera estaba hecha.
Había montones de papeles y carpetas sobre el escritorio.
Hacía mucho tiempo que no se sentaba ante él.
Las cortinas bloqueaban la luz. Incluso ella se sentía sombría.
Tras la muerte de Libby, había tirado todas las fotos, todo lo que le recordaba a ella.
Desde entonces, Kendra no había tenido fuerzas para cambiar nada, ni siquiera para embellecerla.
Apenas se atrevía a mirar a Alejandro y se balanceaba de un pie a otro.
Normalmente diría algo como: «Se está bien aquí».
Pero incluso en su cabeza, eso sonaba ridículo. Era triste.
Tragó saliva y respiró hondo. Alejandro se sentó en la cama y palmeó el espacio que había a su lado.
—Ven aquí, cariño —pidió casi con severidad.
Kendra se mordisqueó el labio inferior e hizo lo que le ordenó. Alejandro le cogió los dedos y le besó el dorso de la mano.
—No tienes por qué avergonzarte ni pensar que estoy juzgando, sea lo que sea.
¿Por qué parecía capaz de leerle la mente? Eran prácticamente desconocidos, eso era imposible.
—Yo… —No supo qué responder.
Alejandro se dejó caer sobre su espalda y la estrechó entre sus brazos.
—Sabes, crecí en una pequeña granja, a unos tres cuartos de hora de Buenos Aires. No crecí rico ni consentido. Y para ser completamente sincero, ni siquiera me gusta ser siempre el centro de atención. Al principio sí, todo me fascinaba.
Disfrutaba escuchándole. Él le acarició el pelo y Kendra cerró los ojos. Le gustaba estar cerca de él.
—Era joven y el éxito se me subió rápidamente a la cabeza — continuó—.
Claro que pasé por muchas cosas, pero nunca perdí de vista mis objetivos.
No fui a muchas fiestas salvajes, pero las hubo.
He visto mundo, Kendra, pero no hay lugar en el que prefiera estar ahora más que aquí.
Contigo. Espero que algún día me creas. Hasta entonces, trabajaré cada día para convencerte. Si eso es lo que quieres.
A Kendra le dio un vuelco el corazón: ¿cómo era posible que siempre encontrara las palabras adecuadas?
—Podría escucharte durante horas.
—Espero no adormecerte con esto.
Ella se rio y se dibujó pequeños círculos alrededor del ombligo.
—En absoluto. Entiendo por qué quieres escribir tus memorias, y estoy más que segura de que tu voz es la adecuada para contar tu historia. Gracias por compartirla conmigo primero.
La besó en la cabeza y le soltó los brazos.
—Espera un momento, voy a buscar mi teléfono, quiero enseñarte algo.
Kendra lo miró, apoyó la cabeza en la almohada y se quitó los vaqueros. Se metió bajo las sábanas. Cuando él volvió, ella se estaba quitando la camiseta interior, tirándola a un lado.
Sonrió al verla.
—Creo que es una decisión muy acertada. Y es maravilloso que tu cama sea tan pequeña, así puedo estar más cerca de ti.
Alejandro trepó con agilidad sobre ella y se deslizó en su interior. Encontraron su posición, estrechamente entrelazados, y entonces él desbloqueó su teléfono móvil. Kendra se sorprendió cuando empezó a enseñarle fotos.
—Esta es mi familia: mi padre, mi madre y mi hermana. Significan mucho para mí.
—Tienes sus ojos —apuntó Kendra. No solo se percató de eso, sino también de que, al igual que Alejandro, su hermana era de una belleza incomparable. Era igual de guapa que él pero en versión femenina—. ¿No echas de menos a tu familia?
Alejandro guardó silencio un segundo antes de decir:
—Sí, claro. La echo de menos, pero también estoy acostumbrado a no verla durante meses.
Kendra se preguntó si había alguna posibilidad de que Alejandro se quedara allí después de todo. Con ella. Lo deseaba.
Fue entonces cuando ocurrió.
Se había enamorado.
Cuando tomó consciencia, respiró más deprisa. Esperaba que él no se diera cuenta de lo que la ocurría. Sintió un mareo, aunque estaba tumbada en la cama. ¡Dios mío! Finalmente había cedido, lo había visto venir, pero no había podido hacer nada para evitarlo. Claro que no.
Quizá había ocurrido la primera vez que se vieron.
Aún recordaba la primera mirada, la primera sonrisa.
Ya entonces la había fascinado. Le parecía que habían pasado años desde aquel encuentro, aunque ni siquiera había pasado un mes.
No quería imaginarse cómo sería cuando él volviera a marcharse de Kiltarff.
Pero era inevitable, ¿no? Nunca había dicho que quisiera quedarse, solo que había venido a escribir estas memorias.
Kendra respiró hondo y cerró los ojos, luego los volvió a abrir.
—¿Los llamas a menudo? —preguntó con voz demasiado aguda.
—De vez en cuando… Depende. No tenemos un itinerario de comunicación, si te refieres a eso. —Ella oyó la sonrisa en su voz—. ¿Quieres que te enseñe algunas fotos de la granja? ¿De mis caballos?
Kendra asintió y se acurrucó contra él. Respiró su aroma único y su corazón se encogió de anhelo. Amaba a aquel hombre, quisiera o no, pero lo amaba. Amaba cada poro, cada pelo, cada pequeño detalle de él. Era completamente absurdo, más incluso después de tan poco tiempo, pero era cierto.
—Claro, enséñame la propiedad —suspiró. Había ojeado su perfil de Instagram hacía unos días, pero lo cerró inmediatamente al darse cuenta de que no era el Alejandro que ella conocía. Volvió a centrar su atención en él.
Alejandro se relajó y durante la siguiente media hora repasaron su vida, del Alejandro real, no del famoso.
Kendra se dio cuenta de lo mucho que le gustaba reírse, aunque él mismo solo salía en unas pocas fotos y sus padres, su hermana, sus caballos y la gente que los cuidaba aparecían mucho más a menudo.
¿Cómo podía suponer que quería aprovecharse de ella?
Ahora le parecía estúpido, aunque solo hubieran pasado unas horas.
En un momento dado, dejó el móvil, se echó encima de ella y la mantuvo cautiva con su cuerpo. Kendra nunca se había sentido tan cómoda y protegida. Tan amada. Levantó la vista hacia él y vio todo eso reflejado en sus ojos.
— Cariño —susurró él mientras le acariciaba con ternura un mechón de pelo de la cara—. Quiero estar cerca de ti, quiero sentirte.
Ella sonrió suavemente.
—Pues hazlo —respondió con tono burlón.
Alejandro selló los labios de ella con los suyos, y la realidad perdió nitidez; lo único que importaba eran ellos dos, su lujuria, la pasión que los unía.
Al llegar al clímax, Kendra abrió los ojos y se perdió en los de él. «Te amo», pensó, pero no pronunció las palabras. Alejandro se corrió con ella, abrazándola aún más fuerte y susurrando su nombre. Nunca había sonado tan hermoso como en aquel momento.
CAPÍTULO 15
E l fuego crepitaba en la chimenea del salón de la mansión Keating y Kendra yacía en brazos de Alejandro.
No recordaba la última vez que se había sentido tan bien.
Quizá nunca. Había disfrutado al máximo las últimas veinticuatro horas.
No solo el sexo era estupendo, también podía hablar con Kendra largo y tendido sobre cualquier tema.
Aun así, no podía deshacerse de la sensación de que ella todavía no confiaba del todo en él.
La estúpida nota que llevaba en el bolsillo no había hecho más que demostrarlo, casi se alegraba de que hubiera aparecido.
Sin embargo, sospechaba que Kendra le ocultaba algo que no podía explicar.
Tampoco sabía qué podía hacer para cambiarlo.
Quizá solo veía fantasmas. ¿O quizá tenía que subirla a un avión y presentársela a su familia para que creyeran que iba en serio?
La idea le atrajo. Ella se dio cuenta de que él estaba sonriendo.
—¿Ocurre algo? —preguntó ella, levantando la cabeza del pecho de él.
—¿Por qué?
—No sé, has hecho un ruido raro.
—Quizá porque tengo hambre —bromeó.
—Eso no es posible, apenas…
—Como ordenes… —La atrajo hacia su regazo y buscó sus labios —. Eres lo que más me gusta mordisquear…
Kendra se rio entre dientes.
—Laurie llegará pronto. Sería vergonzoso que estuviéramos desnudos en el sofá cuando llame.
—Lástima —dijo, y la besó de todos modos.
En ese momento, sonó el timbre de la puerta.
—Maldita sea —bramó mientras Kendra se deslizaba por sus muslos.
—¿Quieres que te acompañe?
— Mi casa es tu casa —respondió él en español, y Kendra frunció el ceño—. Mi casa es tu casa —tradujo él, y lo dijo en serio. Deseaba que Kendra pudiera estar siempre con él, tanto si tenía prisa como si no. Nunca había sido de los que se negaban deseos o dejaban los planes en un segundo plano.
—No estoy segura de lo que intentas decir —respondió ella.
Volvió a sonar el timbre.
—Voy a abrir —respondió. Decidió hablar de eso con ella más tarde, cuando estuvieran solos. Después de haberla amado ya una vez, no podía saciarse de ella. Era adicto a su cercanía, a sus labios y a su naturaleza sincera.
Cuando abrió la puerta, aún sonreía. No sabía cómo se había imaginado a Laurie, pero probablemente no así.
Era bajita, no más de un metro setenta de altura.
Llevaba gafas negras con cristales grandes en la nariz y el pelo gris ratón recogido en un grueso nudo.
Vestía un abrigo gris con pantalones oscuros.
—Eh, hola —saludó, parpadeando nerviosamente—, ¿es esta la mansión Keating?
Alejandro asintió.
—Buenas noches, tú debes de ser Laurie. Pasa, pasa, estábamos deseando verte.
Laurie sonrió tímidamente y cruzó el umbral.
—Buenas noches, ¿cómo estás?